En busca del buscón
En ella no termina de pasar nada que no sea algún pasadero latrocinio de pasas o de confituras, cuando no de garbanzos perdidos, lances todos firmados por estoques, calzas atacadas, cuchillos y golpes, y tan envuelto el conjunto en desechos y descartes de la más necesaria índole, que sólo repulsión puede caber al ánimo más templado.
Por cierto, no habéis de hallar en la puesta en escena de maestre Marcelino Duffau nada de lo que el libro contiene, que bien ha cuidado que ni se lo reconozca, lo que debe reputarse como momento de inspiración, azar benéfico y hasta prenda segura de que el Señor vela por nosotros; pero pareciónos que cuando esperábamos que, al menos, nos fuera presentado el licenciado Cabra, espejo de educador que ya querría para sí la hambreada escuela pública de estas Indias, y suponíamos que se nos sirviera, no ya los menguados caldos del licenciado, sino algo de lo que, de creer en el título, podríasenos otorgar; y el solo punto en que el desprevenido espectador recordó a don Francisco de Quevedo fue un fragmento de otra obra de este mismo autor, llamada, sin rubores, «Gracias y desgracias del ojo del culo» donde se analizan, verbo asaz adecuado al tratamiento de tan delicado tema, todos los aspectos de la vida, milagros y accidentes de ese órgano, que es como nuestra base, nuestro asiento y, si no resultarános la metáfora un tanto incómoda, y quizás áspera, la piedra fundamental de nuestro ser.
Sorprendiónos también las considerables destrezas y habilidades que para no poner en escena al escritor español se convocaron. Los actores no sólo demuestran finas condiciones, y Eduardo Migliónico añade a su arte de actor el de virtuoso del violín, instrumento que no es mencionado una sola vez en el librejo clásico y del que dudamos haya honrado, en aquella ardua época, la música de las Españas.
Un cómico de la legua, de no pocas luces, asaz educado y pacífico pero que conmueve nuestras tablas, esto en un sentido tanto literal, dado su peso, como figurado, dado su arte, con el impropio nombre de Eduardo Guerrero, se encargó de remedar al mismísimo Quevedo, cosa de la que no es capaz, porque nada podrá superar la fealdad del poeta, según los respetuosos cuadros de la época nos avisan. Los trajes y la escena, de doña Ana Arrospide, diestra en ropillas, calzas, toquillas, paños y gregüescos, fueron admirables y los actores muy sueltos y suficientes; pero, como decía don Francisco en el Buscón, «….sin pan y sin carne no se sustenta buena sangre». Y no quieran v. m. saber más. *
EL BUSCON, de Francisco de Quevedo, adaptación de Marcelino Duffau, por Teatro del Mercado. Con Eduardo Migliónico, Alejandra Weigle, Héctor Hernández, Eduardo Guerrero y Jimena Pérez. Escenografía y vestuario de Ana Arrospide, iluminación de Eduardo Guerrero, música de canciones de Gisella Cor, música incidental de Héctor Hernández, canciones de Quevedo y Duffau, muñecos de Leonardo Infantini, dirección general de Marcelino Duffau. En Teatro del Mercado, San José 1312, tel. 099 240 161.
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