CIEN AÑOS DEL NACIMIENTO DE NICOLAS GUILLEN

El escritor de Camagüey

Escogido, anotado y enjundiosamente prologado por Angel Augier, el libro es una propuesta excelente en este año del centenario del vate camagüeyano, porque si bien él no fue únicamente un maestro del son literario no hay duda del aporte que en esas estrofas sonoras plasmó no tan sólo para la poesía, sino para el complejo tejido de la cultura cubana.

Tres lustros después de la aparición de «Motivos de son» (1931) Guillén contó cómo en una singular madrugada despertó reclamado por una frase persistente: negro bembón. Ese fue el detonante. Al amanecer ya estaba listo el motivo que ha sido un manjar para nuestros compositores e intérpretes, especialmente para numerosos coros que lo tienen como pieza principal en sus repertorios. Y ese mismo día surgieron los otros diez.

Un año después «Sóngoro Cosongo» confirma su temprano magisterio. Desde el inicial Llegada, una voz segura nos conduce por anchos caminos. Ahora el humor se trenza con el drama popular en Chévere y en ese Quirino, el trasero, cuya madre Paula, como pronto comprendió el gran intérprete de la poesía Luis Carbonell, no vive el festejo, sino que «suda, envejece, busca la frita».

En otra zona del poemario los sones dejan el paso al caudaloso texto tocado por la vanguardia y centrado en Kid Chocolate o bien el brevísimo Caña, que alzan el filo de la protesta social, no como súbita consigna, sino como una convicción que lejos de esfumarse, como ocurre con los espíritus débiles, se afianzará con el tiempo.

Ya en «West Indies Ltd.» (1934) el son sale al combate en la voz de Juan el Barbero y transita por la sobriedad peleadora de Caminando. Mucho después el uruguayo Daniel Viglietti musicalizará el son que denuncia «me matan si no trabajo/ y si trabajo me matan» y lo esparce desde su país donde la dramática realidad social refleja una situación aún más penosa que la que vivía la Cuba de entonces.

Décadas más tarde, un guaguancó de Nicolás terciaba en el debate entre poesía social, íntima o de cualquier otro significado: «yo nunca digo/ que mi canción es de protesta/ yo siempre dejo/ que lo diga ella».

Con la charanga del fígaro Juan, con el directo José Ramón Cantaliso, el son enseñaba diversos rostros y le descubría una realidad apenas oculta a los montunos soldados, mostraba a los turistas los solares o cuarterías donde «El reverbero está sin candela,/ muy disgustado con la cazuela»; rendía homenajes a la guitarra con «su voz de profunda madera/ desesperada, que más allá del cabaret sombrío alzaba su cabeza fina,/ y universal y cubana,/ sin opio ni mariguana,/ ni cocaína».

Y, cómo no, buscaba en lo profundo del monte el Ebano Real, y rescataba del olvido el corazón oscuro y fuerte de un símbolo vegetal: «Ay, ácana, con ácana,/ con ácana», así como la gallardía de la palma sola en el patio familiar.

En Agua del recuerdo, el son se adelgaza y triunfa el madrigal. Aunque una musicalidad melancólica sostiene el poema y no sobra ni una sílaba, todo el rumor del tiempo que pasa y nos desvalija está en los versos que musitan: «pasó una mulata de oro,/ y yo la miré al pasar».

Hay sones antillanos y sones para el Ecuador, la tarde que pide amor, La Pasionaria, un negro que canta en Nueva York, y por la Revolución triunfante: «Te lo prometió Martí/ y Fidel te lo cumplió», para condenar el bloqueo yanqui, exaltar la lucha libertaria en Angola y para esa noche inmensa y morada que sueña sobre el mar, por la reluciente islita de Turiguanó, la vecina humilde que pierde su única gallina.

Y destella el antológico Son número seis «Yoruba soy, lloro en yoruba, lucumí/ como soy un yoruba de Cuba,/ quiero que hasta Cuba suba mi llanto yoruba,/ que suba el alegre llanto yoruba/ que sale de mí».

Nicolás Guillén, el bueno, no es el poeta de una sola cuerda, sino como él dijo en su arte poética, el del múltiple trino, y supo darnos toda la melancolía y toda la fuerza del son en la fiesta antillana, en la feliz o desgarrada estrofa de amor, en la exaltación de nuestras íntimas esencias, en su sostenida vocación internacionalista, en las urgencias de la lucha social, y estuvo siempre presto a cantar «desde el pueblo así en la calma/ de la serena tarde,/ como en el alba fría o en el desierto anochecer». *

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