¿Exito versus calidad?
GUSTAVO IRIBARNE
Según Luis Cadelane en Sistemas de comunicación. Intercambio y dependencia, la posibilidad de sistematizar el transporte de una noticia (personal o de interés público) de un lugar a otro en el menor tiempo posible, «puede provocar alteraciones notables en las costumbres y en la organización cultural» de cualquier comunidad globalizada. En este caso, sin embargo, resulta posible que el término cultural intente una acepción antropológica porque –en el presente– lo específico (que podría quedar «reducido» a la actividad artística propiamente dicha) no parece recibir mayor consideración en los medios comunicacionales y los cambios reales se estarían dando en un plano de dominante subcultura banalizada.
A no ser por aquellos momentos que los mismos medios consideran como especialmente jerarquizados dentro de «lo cultural» –la entrega del Oscar, el Premio Nobel de Literatura o el remate de un Van Gogh en cinco millones de dólares– el resto, salvo honrosas excepciones, suele impresionar como un barnizado relleno en clave ornamental. Como si la cultura no fuese noticia, el lanzamiento de un libro, por ejemplo, rara vez trepa a primera plana aunque se trate de la obra más removedora de toda una década.
Al parecer las catástrofes y los goles de un clásico venden más que un filme (aunque las estadísticas demuestren que la gente va tres veces más al cine que al estadio). Lo que los medios parecen entender por arte y/o cultura es la cáscara de toda esencia que hace al posible corazón de la cosa. Así se prioriza la muerte de George Harrison, la encuesta del American Film Institute o los diez libros más vendidos de la semana. Se trata, en definitiva, del aspecto cuantitativo que gira sobre todo tipo de producción cultural; una mirada que apuesta a lo recaudado, al filme más taquillero y a cualquier cosa que se parezca al éxito (o noticia que importa) por encima de otras calidades sobresalientes a subrayar.
En este estado de cosas, la confusión puede mezclar la astrólogía de Cristoff con la pintura de Iturria, el neotropicalismo de Los Fatales, un jingle publicitario compuesto por De León, la prosa poética de Courtoisie, la emisión radial de Malos pensamientos, una puesta en escena de Jorge Denevi, la arquitectura de Dieste, el programa Periscopio de Julia Moller o la obra del cantautor Eduardo Darnauchans.
La cuestión, en teoría, pasa por si se vende o no; si es muy escuchado o no, etcétera. Algo así plantea Florence Tousssaint en Televisión sin fronteras al sugerir que los mismos medios de comunicación serían un «componente global del entretenimiento». Y es aquí donde parte de dicha confusión puede intentar aclararse, ya que el entertainment es –al parecer– el único sentido que las grandes empresas transacionales, «transportadoras» de la información, parecen darle al sufrido término «cultura».
Quizás sea por eso que el periodista Carl Bernstein haya señalado el probable «triunfo de la cultura idiota». Si uno toma en cuenta que todo lo que circula — incluyendo la «información cultural»– pasa por megaempresas como el Grupo Televisa (Revista Vanidades; Telehit; Fonovisa tropical, etcétera); News Corporation (Today; Twentieth Century Fox, etcétera); Rede Globo (Radio Globo, Net Brasil, etcétera); Viacom (MTV, Paramount Pictures, etcétera) entre otros «monstruos» a la manera de Bertelsmann AG, American Broadcasting System o Time Warner Turner, que producen y –a la vez– promueven sus objetos de consumo por diferentes vías, es comprensible que nos domine el gusto de lo que se vende al por mayor. En fin. *
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