Primero los niños

ANDRES TORRON

 

El escritor Ignacio Martínez es una de las caras más visibles de la literatura nacional dedicada a los niños y jóvenes. Con casi una veintena de libros editados, otras tantas versiones teatrales de sus obras y un proyecto de revista, El Tomate Verde, que distribuida por suscripción edita más de cuatro mil ejemplares, Martínez parece dar la razón a quienes hablan de un boom de la literatura uruguaya dedicada a los más pequeños.

Martínez que estuvo -dictadura mediante- muchos años en el exterior del país y hoy vive exclusivamente de su actividad de narrador dice que «hay un puñado de escritores que venimos trabajando sistemáticamente y que ya estamos establecidos. El libro tiene la autocensura del precio en un país donde las posibilidades económicas son muy pequeñas. Pero hoy se nota que el niño está leyendo».

Recientemente el autor ilustró una nueva versión del clásico de Paco Espínola, Saltoncito, una experiencia inédita para él.

¿Cómo empezaste a escribir literatura infantil?

-Fue una casualidad. Yo daba clases en Venezuela y me quedé sin material. Escribí unos cuentos para dar en clase. Alguien los vio, gustaron, y se terminaron editando en una editorial en Suecia, hecha por la colonia Uruguaya que en aquel momento era muy numerosa. Estamos hablando del año 1980. A partir de ahí empecé a publicar en forma sistemática. El impulso grande lo hice ya estando aquí en Uruguay. En el año 1988 saqué dos libros y a partir de ese momento he editado 16 libros para niños y jóvenes y cuatro para adultos, más las versiones teatrales de prácticamente todos los libros. Y un trabajo sostenido con las escuelas y los liceos, la UTU el Iname y el magisterio en particular, haciendo vistas diarias a escuelas de todo el país.

-¿Por qué no te gusta el término literatura infantil?

-Porque tiene una carga peyorativa, que la ubica dentro de un sub grupo dentro de la gran literatura. Para mí la literatura es una sola, en al cual podés distinguir una predisposición a pensar y crear para niños y jóvenes, pero la realidad es que esos libros pueden ser perfectamente disfrutados por un público adulto o al revés, libros pensados originalmente para adultos se pueden leer con absoluta libertad en la escuela. ¿Quién no puede leer a Galeano en sexto de escuela, por ejemplo, o a cualquier poeta? Yo reivindico las palabras de Paco Espínola que decía «a los niños hay que darles buena literatura, que de la mala se encargan ellos».

-¿Cuál es la sensibilidad que un escritor debe tener para acercarse al mundo infantil?

-Te puedo contar mi experiencia. Me siento más cómodo escribiendo para niños. Hoy en día he llegado a la terrible conclusión de que trabajar para adultos es una pérdida de tiempo. Creo que el mundo en el que vivimos hoy, requiere un trabajo mucho más comprometido con los niños. Si ellos son el futuro, ¿mientras tanto, qué? Yo no me quiero quedar esperando un futuro que no llega, quiero ir a buscarlo. La literatura puede contribuir sensiblemente en esa búsqueda. Esa actitud está emparentada con la sensibilidad que tengo hacia los chicos y el gusto por hacerlo. Han confluido lo que debo hacer con lo que quiero hacer y con lo que puedo hacer. Quiero y puedo trabajar para niños, me gusta hacerlo y siento que debo hacerlo. Ojalá en la vida nacional y latinoamericana se emitiera un decreto concibiendo a los niños como prioridad nacional.

-¿El escribir es un arte o un oficio?

-Ambas cosas. El manejo de la palabra, como el de los colores o de la música es parte del arte universal, pero a la vez es un oficio. Hay días que sale un punto y una coma y hay otros que salen páginas enteras. Lo importante es sentarse disciplinadamente a trabajar.

-¿Hasta qué punto enfocar el trabajo hacia los niños y considerarlo un «deber», pueden limitar la libertad artística?

-Lo de deber es en el sentido de hacer lo que creemos, en el momento en que nos toca estar entre los nuestros. Eso para nada coarta la libertad y las ganas. Cuando voy a las escuelas voy con una actitud de aprendizaje. Cuando un niño me dijo «lo más lindo es que sos un escritor vivo, porque yo pensé que eras un escritor muerto», eso me permitió darme cuenta que los escritores estamos muy lejos del universo de los niños. Los niños son conscientes que están viviendo en un mundo que está caminando al abismo y se sienten libres de toda responsabilidad, pero están a la búsqueda. Esos son los temas que me preocupan.

Allí vamos a otro tema que es el didactismo, que muchas veces existe en la literatura para niños…

-El libro debe tener antes que nada la posibilidad de ambientar una conmoción, no necesariamente un regocijo. Porque no está mal que un niño llore con un libro. La buena literatura está escrita en un lenguaje que llega, que comunica, que invita a sentirse a si mismo en todas las facetas. A veces conocer el lado oscuro del mundo y de la vida también puede generar placer, en un niño y en un adulto.

Yo busco una literatura que invite a pensar, pero siempre desde la calidad de las palabras. Si Neruda en lugar de decir «me gusta cuando callas porque estás como ausente» hubiera dicho «cuando te callás la boca, me copás», no hubiera llegado a la esquina, pese a que el mensaje es el mismo.

¿Pensás en tu público por edades?

-Para nada. Sí puedo decir, después de escritos, que están más recomendados para algunas edades.

-Se habla mucho de la perdida del hábito de lectura en los niños, ¿eso es así?

-Las cosas no son blanco y negro. Hay periodos de mayor auge, otros de mayor chatura. Hoy me parece que se lee mucho, y eso es mérito de los escritores, de los ilustradores, de las editoriales y -muy importante- de los maestros. Además las aguas han vuelto a su cauce. El deslumbre con las tecnologías terminó y estas han quedado en el lugar que corresponde, que es el de las herramientas insustituibles y fantásticas, pero que no compiten con el libro.

-¿El predominio de lo audiovisual juega en contra del libro?

-La televisión es un instrumento fantástico. A veces lo que tiene adentro es nefasto. Si no hay en el universo inmediato del niño otros referentes, puede ocurrir que esos puntos de referencia sean negativos. El niño no tiene pasado, no puede comparar con su propia experiencia todo lo que está recibiendo. Si el mundo que se le muestra en la pantalla es difícil de entender, o cuyo relacionamiento interhumano es a los golpes, ahí si puede haber una contribución a valores negativos.

Supongo que te deben haber preguntado miles de veces qué pensás del fenómeno Harry Potter…

-Yo saludo que esos libros «gordos» tengan una recepción tan grande en los niños. Después la opinión del personaje en particular y de las novelas en general, creo que prefiero la creación nacional que también está llena de magia y fantasía. Aquí se ha producido una excelente literatura y a veces nos deslumbramos con los creadores de afuera y no vemos que tenemos otros tan buenos a la vuelta de casa. Pero como contribución a la lectura me parece formidable. Mi último libro, agradeciéndole a Harry, tiene 224 páginas. Antes de Harry Potter parecía imposible que un libro para niños fuera tan largo.

¿Tenés autores que tomes como referentes?

-Sí, estoy lleno de influencias. Cuando me dicen que algún libro mío se parece al de algún otro autor, me parece bárbaro. Si mi libro Los piratas del Atlántico sur remite a Salgari, me parece fantástico. Si otros cuentos tienen algo de Quiroga me parece bárbaro. Hay
autores como Poe o el propio Quiroga que me acompañan desde niño, lo mismo que los poetas españoles, que son una influencia muy fuerte. Pero los que más influyen en mi son los niños. Además uno no es solamente escritor, es ciudadano, padre, amigo y está permanentemente recibiendo cosas. Esta conversación es ya una influencia. *

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