El gran camaleón ilustrado
El vigésimo quinto disco en la carrera del más andrógino e inclasificable artista del universo pop-rock vuelve a mostrar a un camaleón feroz, hambriento de nuevas músicas y –como si fuera poco– rodeado de grandes estrellas, sin apartarse de la elegancia que caracterizó siempre a su carrera.
David Robert Jones –a partir de ahora David Bowie– ya tiene 55 años de edad y ha logrado que la sorpresa sea un lugar común cuando hablamos de él. El asunto es que este hijo de Brixton, Inglaterra, irrumpió en las bateas con Heathen, su nuevo e influyente disco y nuevamente (y van…) se da el gusto de redondear un trabajo de alta clase. El más camaleónico personaje del mundillo del rock hace de éste, su disco Nº 25, uno de los más importantes de este año. Veamos por qué. En primer lugar, Bowie se tropezó con Tony Visconti, el productor que hizo de sus primeros discos verdaderas explosiones de originalidad. Recordemos que de jovenzuelo nuestro héroe se venía presentando en cuanto antro le franqueaba la entrada, siempre arropado en sonoridades muy cercanas al jazz, hasta que en 1967 salió su primer disco, para dar a luz, dos años después, Space Oddity, una verdadera odisea sónica –y eso que Ziggy Stardust todavía no había llegado para hacer historia–. Luego vendría su despareja etapa actoral, pero ésa es otra historia, aunque El ansia no estaba mal y Catherine Deneuve todavía era dueña de una belleza inusual. El tiempo pasó y el último disco en el que participara Visconti data de 1980 (Scary Monsters). Ahora, en el mismo camino, dejan claro que algunas buenas asociaciones (Jagger-Richards, Lennon-McCartney, Gilmore-Waters, por nombrar sólo algunas) siguen dando los mejores frutos de ese árbol un poco desvencijado que es el rock and roll. Estancados en el tiempo quedaron algunos proyectos un poco pálidos, como la banda Tin Machine o algunos discos desmesuradamente pretenciosos como Outside, Earthling o Hours.
El otro motivo por el cual el ex Duque Blanco sigue haciendo grandes discos es que acepta tranquilamente su madurez y por lo tanto evoluciona siempre, sin detenerse jamás, abonando el camino para los demás, que generalmente tienen menos genio que él. «No me importa ser viejo y cambiar mi forma de pensar», le dijo al semanario Spin y habrá que pensar que tiene razón. Es decir, Bowie no tiene por qué ceñirse a moda alguna. El es la moda.
Alejado ya del universo intoxicado que fue su hábitat natural durante más de veinte años, este Bowie 2002 se muestra con una pureza de estilo propia de los más grandes. Para ello también hay que reconocer su natural habilidad para rodearse de gente que le refresque las ideas. A saber: el mitológico guitarrista Pete Townshend ya no se sacude como en los mejores años de The Who, pero sigue siendo una referencia indestructible. Lo demuestra en la formidable Slow Burns, una de las mejores canciones de Heathen. Por otro lado esta el bueno de Dave Grohl, la leyenda posNirvana, devenido en estrella con vida propia gracias a los notables Foo Fighters, que pone lo suyo en Slip Away, al tiempo que Moby y los franceses etéreos de Air hacen su trabajo en Sunday y A Better Furniture. Otras canciones destacadas son las versiones de Cactus, de los Pixies (¿se acuerdan de aquella banda de Boston que trajera nuevos aires a finales de los ochenta?) y de I’ve Been Waiting For You del formidable Neil Young. Otras joyitas, como I Would Be Your Slave, están dentro de lo mejor que Bowie ha hecho en los últimos tiempos.
Heathen es el disco de uno de los genios más irrenunciables de todos los tiempos. Alguien que hizo de la innovación su marca registrada, al tiempo que avanzaba hacia su propia inmolación y aun así sigue despilfarrando claves para las nuevas generaciones. ¿Qué más se le puede pedir? Nada o quizá todo. *
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