
Como réquiem o elegÃa a Schinca, todo un honroso capÃtulo en la historia del teatro uruguayo, nada podemos hacer sino sumarnos al coro; pero la crÃtica tiene sus fueros. La predilección de Schinca por oscuros textos clásicos, muy poco significativos en la producción de sus autores, como “El acero de Madrid”, de Lope de Vega o “Don Gil de las calzas verdes” de Tirso de Molina, ha dejado en sombras aún más oscuras, sin duda involuntariamente, a “La estrella de Sevilla” de Lope o a “El condenado por desconfiado” de Tirso, que son muy superiores.
En “Turcaret” está todo muy bien: nada hay que decir contra ella, salvo que no entiendo justificada su presentación. Los personajes son convencionales: hay un anciano avaro, Turcaret, que se parece a Harpagón, y es vÃctima de una tardÃa pasión por la otoñal baronesa; hay criados pÃcaros, amantes atrevidos, amigas complacientes, esposas ocultas. Lesage, que fue abogado de profesión, conoce la alquimia que destila en los laboratorios de la chicana, y remata la obra con una pérfida maniobra jurÃdica que, curiosamente, es casi idéntica al falso juicio que arma Vautrin para obtener dinero del barón Nucingen en “Esplendores y miserias de las cortesanas”. Pero estas comprobaciones son mundanas, no artÃsticas: permiten un guiño de complicidad entre colegas, una suficiencia del estar en el oficio ante la evidencia de que Maître Lesage ha pasado largas horas, hasta al palidez o el desmayo, sobre su código de procedimiento; y bien podrÃamos establecer un rápido paralelo entre Turcaret y las empresas de crédito, los Turcaret impersonales de hoy. Pero el arte no es sociologÃa, ni crÃtica social, ni polÃtica, ni reflexiones filosóficas.
Como escritor, Lesage es pulido, sobrio, conciso, inteligente; como dramaturgo es ingenioso, diestro y laborioso como buen abogado; todo está bien dicho, bien tramado, bien atado y desatado. Todo un profesional, categorÃa reverenciada en el teatro de hoy: pero el dominio de todos los resortes, aún el del idioma, no es, todavÃa, el teatro.
La interpretación es tan buena como sucede siempre con la Comedia Nacional, pero también aquà hay convenciones, gestos y poses de personajes que vienen hechos, como vienen hechos los caracteres desde el fondo de siglos de literatura; la mÃmica y las inflexiones de la voz llegan tan trajinadas por años de personajes similares. El espectador evoca los trajes de confección que antes bien disimulan su notable soporte corporal que no permite su realce. Sin embargo, otra vez tenemos que destacar la labor, un tanto disonante en relación al estilo general, de Catherina Pascale, que irradiaba vida, verdad y alegrÃa desde su pequeño y casi incidental papel.
El director Daniel Spinno Lara cumplió una labor seria y esmerada, bien trabajada y pulcra, con claridad de conceptos y buen armado y resolución de escenas. La escenografÃa de Hugo Mazza, muy ingeniosa y agradable de ver, tuvo el negativo de poner casi toda acción en primer plano y a los actores de frente al público, lo que produjo una sensación última de monotonÃa. Pero si el resultado no fue más apasionante, ello no puede imputarse a los oficiantes, sino al libreto. *
TURCARET, de Alain René Lesage, por la Comedia Nacional. Con Gloria Demassi, Catherina Pascale, Luis MartÃnez, Oscar Serra, Levón, Fabricio Galbiati, Andrea Davidovics, Luis Manzione, Alberto Sobrino, Duilio Borch, Isabel Legarra, Claudia Rossi y Cristina Machado. EscenografÃa de Hugo Mazza, vestuario de Hugo Millán, música original y selección musical de Sylvia Meyer, luces de Hugo Leao, dirección de Daniel Spinno Lara. Estreno del 2 de junio, sala Verdi, Soriano 914.
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