Paneo de exposiciones
Varias exposiciones renovaron la cartelera montevideana. La fotografía volvió a figurar luego de una cierta ausencia. En el Museo de Arte Contemporáneo, Analía Piscitelli, una argentina radicada desde 1998 en Uruguay, expone su sensibilidad para efectos de laboratorios, imágenes fundidas y sobrepuestas y un ensayo titulado Lazos de sangre, no enteramente logrado, aunque de indudable interés. En la Sala Menor del Centro Municipal de Exposiciones tres mujeres (Nelbia Romero, Ana Tiscornia, Graziella Deambrois que no aparece debidamente destacada en los créditos del desdoblable) se reúnen en torno a Gestos dispersos. Se trata de fotografías digitales, muy minimalistas, incluso en el montaje, que atrae por la sobriedad. Pero en el catálogo bilingüe no hay sino palabras de confusa enunciación con pretensiones filosóficas. Los trabajos son más sencillos y si en algunos casos parecen crípticos (Deambrois fotografía fragmentos, al parecer, del cuerpo de Romero) de una elegante opacidad, mientras que Tiscornia es más explícita en su contenido dramático. Nada importante, salvo para los críticos amigos que nunca escriben y que de repente surgen con notas extensas para agregar más confusión a la divagación digital.
Gustavo Tabares titula a la muestra en el Cabildo Después de la tormenta. Despliega en las tres salas de la planta baja todo un arsenal hecho de objetos encontrados (puertas, maderas, trozos de pared), trabajos por el tiempo, telas pisadas por cabras o elefantes, o elaborados por el artista, que de pintor entusiasta del comic pasó a una estética neodadaísta, con dependencias rudimentarias a Díaz Valdez o Riva Zucchelli o Guinovart, según los casos. Más que experiencia es un experimentalismo desfasado del tiempo y lugar, deliciosamente anacrónico.
Una sorpresa agradable es la muestra Capicúa en Galería Del Paseo. El arquitecto Alvaro Gelabert abandona los rígidos y fríos planteos que lo caracterizan desde hace varias temporadas y abre el juego de relaciones formales de seducción visual.
Los signos (de lejano recuerdo de Capogrossi) se abren y se enfrentan en espejos o sobre papeles pintados con un exquisito sentido del dominio espacial. Muy bien presentada, es uno de los aciertos de la temporada.
Lo más singular de la semana duró apenas 20 minutos y asistió poca gente y ningún crítico, salvo el que escribe. Sucedió el sábado a las 16.00 en el Museo Nacional de Artes Visuales en un breve ciclo denominado Apagado/Encendido organizado por Enrique Aguerre y Fernando Alvarez Cozzi. En el primer programa se proyectaron cinco videos (de un minuto a diez de duración) de Ar Detroy, el notable grupo argentino, donde se pudo comprobar la sutil creatividad de sus integrantes, el aura poética que saben impregnar a sus trabajos, el despertar de asociaciones y reflexiones que provocan en cada visión. Aunque Un acto de intensidad (1999) fue pensado como un políptic para pasar en pantallas gigantes como sucedió en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires en ocasión de su estreno, aquí en una proyección normal tiene, aminorado, el impacto inicial. Habría que repetir el programa al finalizar el ciclo que sigue el próximo sábado con la obra de Brian Mackern, mientras a las 17.30 continúa Historia Universal del Arte en Video, con la presentación de Vermeer. *
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