El arte de llenar butacas

ANDRES TORRON

 

El director argentino Juan José Jusid, autor de Tute Cabrero y Asesinato en el senado de la nación, llegó a Montevideo para presentar su último filme, Apasionados, protagonizado por Pablo Echarri y Nancy Dupláa. La película se estrenó el 6 de junio en Buenos Aires. Desde esa fecha Jusid está promocionando la película en una serie interminable de entrevistas. Dice que a veces no sabe muy bien con quién está hablando ni en qué lugar geográfico se encuentra.

La película, como la mayor parte de los proyectos cinematográficos industriales argentinos, ha sido coproducida por un canal de televisión (Telefé en este caso) y por capitales españoles y de la multinacional Buena Vista.

«A diferencia de los otros proyectos que hice con la gente de Telefé, ésta es una idea mía» – cuenta el director- «No es como en las películas anteriores donde ellos me hicieron una propuesta -en la que yo colaboré, pero eran hechas en función de un proyecto armado por la productora. En este caso fue una idea mía que luego elaboramos con el productor Mentasti y con los tres guionistas que trabajaron conmigo. El libreto tiene ocho meses de trabajo y creo que profesionalmente se nota. Hay libretos que se han hecho en sesenta días y tienen el problema de la falta de estacionamiento, como el vino. El guión se va puliendo en el proceso, se van decantando cosas».

 

–Tú empezaste a hacer cine a fines de los sesenta, ¿cómo ves hoy a la distancia esos comienzos?

–La mal llamada industria cinematográfica argentina es una industria agónica, que ha tenido sucesivas crisis. Más que industria es un taller de artesanía en cine. En aquel momento el grupo con el que empezamos a hacer cine, en 1968, con Tute Cabrero, era un grupo independiente muy resistido por la industria tradicional. Resistido en términos pesados por el sindicato de la gente de cine. La película tuvo tal repercusión que forzó la entrada de gente a esa industria. Fue el primer papel en cine de Pepe Soriano y Luis Brandoni por ejemplo.

Los sesenta se caracterizaron no sólo por un tipo de cine independiente posible sino por un proyecto de utopía, que en aquel entonces veíamos a la vuelta de la esquina. El cine independiente en Argentina tuvo en aquel momento mucha repercusión, pero era muy difícil la continuidad de un cine hecho a pulmón. Es muy fácil que se hagan primeras y segundas películas en esas condiciones, pero es muy complicado que un director pueda desarrollar una actividad que también es un medio de vida, sin que lo que haga tenga una convocatoria. Este es un debate que se ha dado en las cinematografías de todo el mundo. Salvando las distancias, los realizadores independientes norteamericanos tratan en algún momento de entrar en una industria que los distribuya.

–Tus últimas películas están más metidas dentro de lo que se podría llamar cine industrial…

–Sin duda. Tienen que ver con una parte del cine que yo siempre estimé mucho, que es el entretenimiento. Mi formación como espectador, desde la niñez, está influida por los musicales y los westerns. Cine que más allá de los contenidos me daban un inmenso placer siendo adolescente. Creo que ese es el cine que ama la gente y me atrevería a decir que lo necesita. Y en Argentina, en este momento, tal vez más.

Yo he oscilado entre ese cine y otro más comprometido. Hace unos cinco años hice Bajo banderas, una película que trataba un tema fuerte, el del Servicio Militar, que tuvo una pésima respuesta de público. Es muy difícil hacer cine de espaldas a la gente. Creo que lo que fue modificando el cine que yo hice, más allá de las propuestas que la realidad me hizo para filmar, tiene que ver con la necesidad de que el cine tenga una convocatoria. Cada vez descreo más del cine que se hace para grupos selectos de gente. Es una experiencia que viví y conozco los límites que tiene.

–¿En ese proceso el director pierde su carácter de autor o puede mantener su independencia?

–Yo en lo particular he tenido bastante poder sobre las películas que hice dentro de la estructura industrial, porque más allá de que los contratos especifican que el productor tiene la decisión final sobre el producto, nunca hubo que recurrir a eso en las cuatro películas que hice con Telefé. Siento que esta película, Apasionados, tiene mucho que ver con otra que hice en 1992, Dónde estás amor de mi vida, que trata los problemas afectivos de la gente, las relaciones humanas. En los últimos años recibí muchos ofrecimientos para hacer cine y los he rechazado porque no me interesaban, no creía en eso. Cada vez más, cuando leo la primera versión de un libreto, trato de pensar si yo iría a ver ese filme. Esto, que parece una estupidez, es para mí el fiel de la balanza. La respuesta que han tenido mis últimas películas me demuestra que no metí mucho la pata.

Hace un par de años me encontré con una frase del viejo Hitchcock que me quedó grabada. Le preguntaron que era para él el arte cinematográfico y él respondió que era «el arte de llenar todas las butacas del teatro».

Hay un malentendido con eso del cine autoral. El director de cine es un contador de historias, una especie de Sherezade, al que si la historia le sale mal le cortan la cabeza. Hay algo arrogante en los directores o en algunos críticos, de considerarse autores. Pueden serlo, pero a pesar suyo. Pero no todos los directores están en condiciones de decirle a la gente cosas, cual filósofos. Yo conozco la catadura intelectual de mis colegas y sé que no hay muchos filósofos dentro de la profesión.

–Siempre se ha hablado de una dicotomía entre el director de cine «artista» y el artesano…

–Es una etiqueta. He visto, en la productora donde trabajo, desfilar a muchos directores de cine «artístico», que quieren trabajar en el cine industrial y muchas veces no pueden. Yo no descarto que en algún momento me pueda volver a embarcar en algún proyecto independiente, si me surge algún proyecto en el que creo y no obtengo financiación.

–¿Y qué te parece lo que se ha dado en llamar el nuevo cine argentino?

–Algunas películas me entusiasman mucho y otras creo que están muy sobrevaloradas. La respuesta que han obtenido de la gente tiene que ver con eso. Excitan a muchos críticos pero realmente no le interesan al público. Pueden ser películas que tiene de pronto una gran honestidad en sus contenidos, pero tienen serias falencias en su narración. Son obras con problemas de estructura, lo cual es razonable en gente que hace su primera película. De cualquier manera han abierto un camino en un sector de la crítica y de la salas de arte en el exterior, que es muy importante. No es bueno que se haga un solo cine. La diversidad siempre es bienvenida. Son películas además que tienen un muy bajo costo, lo cual da mayor libertad al director. Cuando uno maneja un presupuesto millonario siente que hay una presión para que la gente vaya al cine, para que el productor al menos recupere la inversión.

–En la Argentina de hoy, ¿es viable hacer una película de alto presupuesto como Apasionados?

–La película se encaró antes que pasara lo del corralito. Nos agarró dando el salto en el aire. Hubo una actitud audaz y hasta inconsciente del productor de seguir adelante. Empecé a filmar el 22 de enero sin dinero, parecía una película independiente. Estaba trabajando para una multinacional y parecía una de la producciones más pobres en las que había participado. Era una situación bastante esquizofrénica. El aporte de España significó que pudiéramos filmar afuera, lo que era imp
osible con los medios de la producción nacional. Fue durísimo. Habíamos empezado en octubre con la preproducción. Yo estaba en Ibiza buscando locaciones, cuando me llamó el productor y me contó lo que estaba pasando con los bancos. Era una situación ridícula, yo estaba en la playa y el contándome la situación y resolviendo qué hacer.

–Pregunta inevitable, por la que tiene que pasar todo argentino: ¿ves alguna salida a corto plazo para la crisis argentina?

–Yo tengo una mirada bastante pesimista. En Argentina y en Latinoamérica en general hay una necesidad de pensamiento mágico. «Viene fulano y lo arregla todo» es un eslógan nacional que se lo fueron atribuyendo a distintos políticos. Estamos tocando fondo, con problemas muy serios de verdad que involucran a mucha gente, y que, creo, van a convivir con nosotros mucho tiempo. Esto que está mostrando Argentina no es sólo lo que sale en los diarios. Yo estaba en España terminando la filmación cuando salió la famosa foto que recorrió el mundo de la gente carneando una vaca. Tenía un encuentro con un grupo de productores en Madrid. Eso fue en la Semana Santa, al mismo tiempo que por primera vez en la historia se agotaron todos los pasajes, todos los hoteles y más de quinientos mil argentinos se fueron de vacaciones a Córdoba. Un disparate en el contexto de la miseria que se vivía. Quiero decir que Argentina es un país lleno de contradicciones y de cosas complejas, donde la gente de mi película existe en la mitad del conflicto.

Tengo la sensación de que la salida va a ser lenta y larga. Lo más grave es que uno no ve a la gente capacitada con posibilidades de acceder al poder. No es que no haya tipos inteligentes y capaces en Argentina, pero la clase política en las últimas décadas ha expulsado a todo aquel que es honesto o tiene alguna idoneidad. Los políticos son lo menos creíble del país. Hay un sector que presiona para que haya elecciones y no hay ningún candidato confiable. No estoy hablando de la honestidad, sino de idoneidad para agarrar el timón. Lo que está pasando es grave, además de toda la presión internacional que también juega. De cualquier manera los países no cierran, ni quiebran. Hay que seguir haciendo películas, seguir viviendo. *

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