Hasta la victoria, siempre
Los espera el fracaso: Debuisson traiciona a la causa, Galloudec muere de gangrena luego de la amputación de una pierna y Sasportas es ahorcado.
Leí algunas manifestaciones escépticas a propósito de «La Misión», que sería la carroza fúnebre o el Réquiem de guerra de una utopía, el socialismo, ruiseñor que se suicidó tras el derrumbe del muro de Berlín. Creo que, bien entendido el sentido de la obra, bien entendida además la misión de la obra, es exactamente lo contrario. Heiner Müller no es optimista, en el sentido del conductismo del Selecciones del Reader’s Digest y las «actitudes positivas» de moda. Müller es un pesimista, pero a lo Shakespeare y Montaigne, y atesora una muy razonable esperanza.
La obra reivindica, a través del fracaso, a la misión. Misión es la creación de la vida, su muerte y transfiguración. Aquí Müller se acerca al existencialismo, a la necesidad de un proyecto para sabernos hombres. La misión en el faro, la brújula, el esperar contra toda esperanza, la lucha por un mundo mejor.
Como escribió Kenneth Clark, no se concibe al hombre sin una cierta irradiación desde su pasado y sin un arco abierto al futuro. Algunos, como el Marinero, carecen de misión: el Marinero dice ser sólo un marinero, como el protagonista de «Mephisto» concluye diciendo que él es sólo un actor; hombres sabidos y vividos, de vuelta, a lo Discépolo (literalmente, el Marinero, digno del cafetín de Buenos Aires, dice que el mundo es una porquería); no cree en la política. Antoine (Juan Carlos Worobiow), un ex republicano, ahoga su dolor por el fracaso de la revolución en el alcohol y la lujuria; Debuisson (Delfi Galbiati) traiciona a la causa, no tanto por maldad cuanto por una regresión al pasado, una involución infantil hacia el seno materno con «Primer amor» y la aurora roja.
¡Cuántos marineros, cuántos Antoines, cuántos Debuissons entre nosotros! La misión fracasa: estamos en la era de Bonaparte, señor de Europa, que ataca a Rusia. Cuando llega el desenlace de la obra, nada queda en la Convención, de Robespierre ni de Danton; pero los espectadores conocemos el paradójico final.
La revolución triunfó: todos somos republicanos y demócratas, y hasta las monarquías, para sobrevivir, adoptaron el ropaje y el lenguaje de la república. La revolución triunfó a través de su negación, con Napoleón derrotado; ha triunfado, todavía más allá del fracaso y más allá del éxito de Napoleón. La revolución ha sido derrotada, al Directorio sucede un cónsul y luego un emperador, ese emperador lleva en sus manos, como un pájaro herido, una idea que iba a transformar al mundo.
El capitalismo que hoy vivimos es una pesadilla; ayer fue el sueño de unos pocos, no menos utópico que el socialismo. Graves filósofos afirmaban antaño el derecho divino de los reyes, nadie imaginaba el inmediato fin de la nobleza.
La historia de toda misión es la historia del fracaso de esa misión. El espermatozoide tiene una misión, por la que ha de morir, el embrión humano tiene un destino escrito en el código genético, que es nacer, vivir y morir, para que se cumpla en nosotros el ciclo de la vida y la muerte. Si la historia se repite, a la revolución rusa de octubre de 1917 le espera todavía el triunfo, más allá del Terror y la reacción Termidoriana, más allá de la sangre en sus manos, como las había en las de Sasportas – Robespierre.
La tesis de Müller estaba escrita en «El 18 Brumario de Luis Bonaparte» de Marx: los hombres hacen la historia, pero no en cualquier forma. En cambio, ingresan a un libreto a la vez preestablecido en sus lineamientos generales y modificable, quizás decisivamente modificable.
Alberto Rivero tuvo en «La Misión» a la mejor de las puestas en escena de su ya considerable carrera de director. La pieza tuvo armonía, síntesis, claridad de exposición e impacto final.
Con una escenografía (grupo EPA) muy dinámica y sugerente, con sus escaleras y su ascensor, que une la idea de una obra en construcción con su propio taller, sugestiones marítimas de muelles y puertos con el patíbulo, Rivero ha estado a la altura de la admirable inventiva poética y conceptual del autor. Encuentro, esto sí, que, sin perjuicio de los méritos anotados, no hay nada particularmente innovador o imaginativo en la dirección, pese a las libertades que, desde un libreto mínimo, el autor parece propiciar. La excepción más clara a la fidelidad al texto es el reparto de Sasportas entre dos personajes, él mismo por un lado y por el otro «el hombre del ascensor» que interpreta Estela Medina, bipartición fantástica, ciertamente, pero a la que no se pudo ver un sentido claro, porque el hombre del ascensor fracasa tanto como Sasportas.
Todavía, y sin que esto signifique un reparo, atraía la idea de que Rivero hiciera con Müller lo que Müller hizo con el pasado, como en «Máquina Hamlet», «Horacio», «Ayax»: una visión del ayer con la luz de hoy.
Rivero logró un ajuste y una armonía general en la interpretación. Estela Medina estuvo más allá de todo elogio en un papel muy distinto a aquellos que se supone son su fuerte: conviene ver «La Misión» para aventar para siempre ese craso rumor que hace circular alguna gente de teatro –que por supuesto, no suele ir al teatro– de que Estela hace siempre lo mismo. Todo el elenco supo brillar, en la medida de las fulguraciones verbales que Müller, como pocas veces en su muy poética obra, empleó para «La Misión». Delfi Galbiati compuso brillantemente a Debuisson, que tiene al final de la obra un fragmento de antología («Temo la belleza del mundo, Galloudec…»), Worobiow puso fuerza y dolor en el monólogo del comienzo del atormentado Antoine y Lucio Hernández compuso convincente y dinámicamente al conflictual Sasportas. Miguel Pinto, Elisa Contreras, Pablo Varrailhon y Angela Alvez dieron sus partes con el mismo noble nivel de los demás actores. *
LA MISION, de Heiner Müller, por la Comedia Nacional. Con Estela Medina, Pablo Varrailhon, Juan Carlos Worobiow, Angela D. Alvez, Delfi Galbiati, Lucio Hernández, Miguel Pinto y Elisa Contreras. Escenografía de grupo EPA (Eduardo Cardozo, Paula Kolenc, Alejandra Fleurquin), vestuario de Nelson Mancebo, música de Alejandro Balbis, luces de Papariello, dirección de Alberto Rivero. Estreno del 1º de junio, Teatro Erwy, Luis P. Ponce 1282.
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