Soplo de vida y alegría
El espectador termina por sentir tanta animación, tanto entusiasmo por vivir como los personajes que, extraídos de «El conventillo de la Paloma» y «Juancito de la Ribera», nos propone Vacarezza. Pero a través de toda esa alegría, de la que participaron también los actores, queda un interrogante, que no alterará el placer de los espectadores por más que despierte inquietud en el crítico y conteste a la interrogante del título «¿Qué importa una loca más?», con otra interrogante: ¿Es en serio o en broma?
Probablemente los originales de Vacarezza ya son en broma, y pueden verse como una parodia de los sainetes de Trejo, apreciados desde el punto de vista, no del conventillo ni de los guapos, sino de los jóvenes de clase media que comenzaban a reírse de ellos.
Pereira, cuya aguda inteligencia nos es conocida, ha comprendido la dificultad; pero, como también es un diestro organizador, ha empaquetado todo con el papel de seda del dinamismo y la animación, sin que ello impida que su divertida comedia parezca una síntesis, no ya de dos, sino de cinco o seis.
Hay una comedia para Rancagua (Alvaro Pozzolo) todo un drama para Filomena (Elsa Mastrángelo) y para Magdalena (Adriana da Silva), un sainete para la volátil Margot (que ya es por sí sola dos o tres personajes), a cargo de Bettina Mondino, una parodia frontal de Pedro Piedrahita cuando es Aberasturi que poco tiene que ver con su Juancito de la Ribera, que se juega en el canto hasta la guitarra contra Luiyín de la Batería (Daniel Cabrera).
Y todavía, si atendemos a la época, comienzos del siglo XX, vemos a los inmigrantes tratando de asimilarse a los criollos, tarea en la que fracasan con sus cómicas dificultades de lenguaje y su choque de costumbres, lo que da lugar a una parodia, ahora de una mala imitación, lo que es algo así como una parodia en segundo grado.
Hay en «¿Qué importa una loca más?» un atractivo especial, del que disfrutaron tanto los actores como los espectadores, quizás sin tener una clara consciencia de lo que estaban gozando: la sensación de realidad cotidiana, muy elocuente en el número de personajes.
Es bueno que estas obras vuelvan a representarse, aunque más no sea para que la platea sienta qué ocurre cuando se abre una ventana y entran el aire, el viento y hasta el polvo de la calle y del mundo.
No estamos reivindicando imaginarias virtudes docentes del conventillo y del boliche, porque Vacarezza, que no vivió en ellos, no aprendió su admirable arte de versificación sino donde podía aprenderlo, en la lectura de los clásicos de la lengua.
Los autores de comienzos de siglo, cuya ingenuidad es a veces manifiesta, tenían un claro sentido de que el teatro es el hombre; y el éxito de «¿Qué importa una loca más?» está, en buena parte, en su intuitiva afirmación de esta verdad.
La interpretación, con la única salvedad de que las múltiples ideas estéticas que componen la pieza no permitieron un estilo unificado, fue de lo mejor del espectáculo.
Todo el equipo mostró solvencia en todos los registros.
En el canto, Bettina Mondino, que tiene las condiciones necesarias y además el entrenamiento específico, se destacó claramente; pero todos los momentos musicales estuvieron muy bien logrados. *
¿QUE IMPORTA UNA LOCA MAS? versión libre de Sergio Pereira sobre textos de Alberto Vacarezza, con Bettina Mondino, Alvaro Pozzolo, Elsa Mastrángelo, Pedro Piedrahita, Rosa Simonelli, Adriana da Silva y Daniel Cabrera. Escenografía y luces de Claudia Tancredi, vestuario de Cristina T. Cruzado, Trabajo Corporal de Ileana López, música de Alfredo Leirós, banda sonora de Alfredo Leirós y José Raúl Rodríguez, dirección general Sergio Pereira.
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