El Teatro de hoy enBuenos Aires
David Hare, un autor del que ya padecimos en nuestro medio Lucernario, acometió la poco inspirada idea de actualizar la poco inspirada obra de Schnitzler; el éxito de la adaptación en Broadway sugirió la adaptación local.
Manuel González Gil la dirigió y, como en todas sus puestas en escena, cualquier tontería disponible es potenciada con el mismo empeño con que se oblitera al ingenio y a la gracia.
El cuarto azul abunda en momentos de mal gusto, discurre entre bostezos, tiene una banda de sonido de molesta a desagradable, con un chirrido eléctrico para proclamar los orgasmos, la escenografía es de una azul monotonía, hay títulos y acotaciones proyectadas en una pantalla. No nos extenderemos: el lector debe saber que el espectáculo es parejo en deméritos.
Soledad Silveyra, una buena actriz que ha sabido interpretar bien a Brecht, no deja ver aquí su arte, preocupada por sostener una sonrisita tontuela que, hay que suponerlo dada la perfección de su silueta, la hace sentir casi una adolescente: Goldie Hawn, pero sin Goldie Hawn.
Nuestro compatriota Osvaldo Laport, que comienza, por lo que sabemos, su carrera de actor de teatro, tiene todo o casi todo el oficio por aprender: por supuesto, no se lo convocó a esta obra por su arte de intérprete sino por sus biceps, trapecios y pectorales.
Dos anotaciones marginales y una comprobación.
La primera anotación es que el teatro argentino municipal, el que ofrece el teatro San Martín, es claramente más contestatario que nuestro teatro en general, tanto el oficial como el independiente.
La segunda, que el frenesí de cortes, podas, tajos y puñaladas con los que se hieren y mutilan las obras, parece menos grave en Buenos Aires que en nuestro medio: «Mein Kampf, farsa» dura tres horas e «Ifigenia en Aulide» algo más de dos. La comprobación es que el teatro lo hacen los dramaturgos, y lo mejor (Ifigenia en Aulide dirección de Ruben Szuchmacher, con Patricio Contreras; «Oleanna», dirección de Héctor Urquijo, con actuación de Gerardo Romano) perteneció a los mejores dramaturgos, como Eurípides y Mamet.
Siempre se supo; pero por razones demagógicas algunos autores han sobrevalorado al actor y casi todos los directores se sobrevaloran a sí mismos, tan superiores a los dramaturgos que no se entiende por qué no escriben sus propias obras.
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