Un músico genial
Nació el 29 de febrero de 1792 en Pesaro, una pequeña ciudad italiana sobre las costas del mar Adriático. Si bien en sus años maduros este compositor fue un individuo de carácter alegre, modales mundanos, aficionado a la buena comida y un irresistible don Juan, sus orígenes fueron modestos y sus conocimientos musicales llegaban directamente de su familia.
Su padre tocaba la trompeta en la banda municipal y era empleado de un matadero, mientras que su madre era cantante profesional. A los diez años sus padres se mudan a Bolonia, un importante centro musical de Italia y allí concurre al Liceo Musical, revelándose como un talento para la composición.
En 1810, hace su debut operístico con la comedia lírica «La cambiale di matrimonio», que escribió en pocas semanas. Entre sus 18 y 37 años escribió más de una treintena de óperas que se dieron con variado éxito en los teatros líricos de Italia y gran parte de Europa. Autor y obra eran aclamadas por entusiastas espectadores y exigentes melómanos.
«Rossini es un talentoso compositor de melodías. Su música se aviene al espíritu frívolo y sensual de la época y su productividad es tal que sólo ha de menester de tantas semanas, como los germanos necesitan años para componer una ópera», afirmaba el genio de Beethoven.
Esto no era exageración, se decía que Rossini manifestaba: «Dadme la lista de la lavandería y le pondré música». No tanto, pero casi. Escribía a una velocidad endiablada. En sólo 13 días compuso una de sus óperas clave: «El barbero de Sevilla», lo que puede ser considerado un récord mundial absoluto de escritura sobre un pentagrama.
Algunos de sus biógrafos recuerdan que un aria de la ópera «Tancredi», llegó a ser conocida como «el aria del arroz», ya que la compuso mientras su cocinero preparaba la comida que le había ordenado.
El retiro del compositor
La tensión y la prisa con que trabajaba en cada obra hubo años en que llegó a crear cinco óperas comenzaron a reflejarse en un deterioro de su salud, cuando apenas había cumplido los treinta años.
Antes que exponerse a un colapso nervioso decide retirarse de la actividad de compositor, pero ya había logrado deslumbrantes triunfos artísticos con «Guillermo Tell», «La urraca ladrona», «La cenicienta», «La italiana en Argel», «El asedio de Corinto», muchas de ellas famosas por sus oberturas, llenas de ritmos vivos y cambiantes, de bromas musicales, junto a la solemne ternura que inunda, muchas veces, la melodía.
En 1823, Rossini pasa a retiro de la creación lírica y se establece en París, donde compone alrededor de 200 piezas para piano, dos obras religiosas y varias canciones. El las identifica como «pecados de mi vejez».
En la capital francesa pasa los cuarenta y cinco años siguientes, en medio de una alegre y elegante vida social acompañado, primero, de su esposa, la cantante lírica española Isabel Colbrán y luego de su amante la actriz Olympe Pélisier, quien consagró su vida al músico hasta la muerte de éste el 13 de noviembre de 1868.
A lo largo de toda su trayectoria de compositor ennobleció el arte escénico, creando un estilo propio y su extraordinaria vena melódica tuvo fuerte y definitiva influencia entre los músicos que lo sucedieron.
Pero, entre el redoble del tambor y la luminosa marcha que abre «La urraca ladrona» y la emocionante pastoral de la obertura de «Guillermo Tell», ha quedado en la historia un tronco común: la música y la personalidad de uno de los más vivos y geniales músicos de todos los tiempos. *
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