Poética de un humanista
Raúl Forlán Lamarque
Ese lector apasionado de Pushkin desde tempranísima edad, ese individuo que ha hecho de la poesía un patrón de vida, es el único argentino de una familia de ucranianos con los que aprendió que ética y estética van juntos.
Juan Gelman, Premio Nacional de Literatura en 1997 en la Argentina, el poeta vivo más grande en lengua española, ha fundado su obra a partir de una máxima de ese otro imprescindible que fue –y será– Paul Elaurd: «Yo escribo poemas solamente cuando la circunstancia exterior coincide con la circunstancia interior», connotando así que su pretendida «poesía social», que la hay, tuvo que ver con determinados incidentes epocales. Porque básicamente Gelman es un poeta de horas completas que ha confesado que se siente casado con la poesía y es de los que insisten en señalar que nunca corregiría nada de lo escrito.
Desde su primer libro, Violín y otras cuestiones, ha transcurrido mucho tiempo. El furor utópico, sin embargo, no se ha fosilizado ni tampoco ha logrado pegar esas volteretas de los que se acomodan a las situaciones. Animal herido de palabras incandescentes y desgarrantes, coloquial y vallejianamente adherido en muchos casos a una política de uso de neologismos, el sistema escritural de Juan Gelman es el de un poeta mayor.
Tal ha sido su influencia en el campo de las letras y, al mismo tiempo, tan inmensa se transformó su calidad de individuo que alguna vez en uno de sus regresos a Buenos Aires le confesó al poeta Daniel Freidemberg, del Diario de Poesía: «La gente me mira como si yo fuese Jesucristo».
Esa frase tan contundente, de algún modo refleja que Gelman –tanto el hombre y el poeta, que son la misma esencia y los mismos contenidos– se ha transformado a pesar de él en un referente o más concretamente en un modelo frente al rodar de los intelectuales o al rodar de los ciudadanos comunes.Gotán (1962) y Cólera Buey (1963).
Libros estos que ciertamente lo ligaron a una corriente de la poesía latinoamericana, de carácter rebelde, como la calificaron en los insurgentes sesenta y en los que convergían otros poetas como Roque Dalton, Paco Urondo (uno de sus entrañables amigos), Antonio Cisneros, Mario Benedettí, Nicanor Parra, Roberto Fernández Retamar, entre muchos otros.
Lo cierto es que Gelman excede claramente a la acorraladora clasificación de poeta rebelde o insurgente. Su modo escritural habrá tenido ciertamente el impulso de la cólera, el estrépito de una palabra más que encendida por los avatares de la cotidianidad o por una situación histórica en contra cuando llegó la dictadura militar y debió marchar a su exilio en México y con el plus del terror sobre su cabeza y sobre su familia del cual, más de dos décadas más tarde aquí, en Montevideo, pudo reecontrarse finalmente con su nieta. Pero también es un poeta amoroso y del desamor. Gelman es ese individuo de mirada honda y escudriñadora, inquietísima y a la vez veteada de un barniz melancólico que lo ha hecho andar de la luz a la sombra o, en todo caso, sobrevivir con la dignidad al pie en la claroscuridad que de algún modo se palpa en su poesía.
El temblor de su poesía, sí exactamente ese temblor del apalabrar –como decía Jorge Luis Borges– la mayor de las certezas: la certeza de la duda. La duda del durar, la dureza del durar. Del andar mundos exteriores e interiores para fundar una voz propia y una rotunda forma de la belleza a partir de su poética. Citas y comentarios, preguntas y más preguntas, afirmaciones y confirmaciones y más que nada constataciones hacen al hueso de la poesía gelmaniana.
Confiesa entonces el poeta desde Incompletamente (1997): «Ciudadanos /entreguen su dolor para hacer tiempo/ insoportable es todo viaje / al fondo del cubil / caliente / su pescuezo en la mano que aprieta / abran el sueño que no quiere dormir» o también «¿dónde indican las luces / que todo fue nomá sombra de pájaro / no pájaro / sonido / de agua sin agua? / ¿dónde // pájaro y agua como piedras / golpean la herida dispersa del mundo? / en este suelo soy / sombra de sombras que en el nombre fueron la no palabra».
Preguntar y preguntarse, resolviéndose en la carne del mundo para confesarse: «¿Dónde estamos? / ¿en qué infierno pasado o por pasar? / ¿en qué espanto? / ¿en qué amor?» y asimismo dolidamente «¿qué aquietará la furia del perdido / ¿lo roto por dónde se fue?».
De los incidentes, de los tajos del sentido de la experiencia (el fluir de la peripecia humana) va diciéndose la poesía de Juan Gelman. El fracaso incontinente de su escritura, torrencial, fue una forma de no perderse ni el sonido ni la furia ni perderse en sus propias tinieblas (las del yo particular) en (des)tiempo de tinieblas que lo alojaron de su país gotán.
Ahora es momento propicio, así es Juan Gelman, de «pondré mi espanto lejos / debajo del pasado / que arde / callado como el sol» y entonces cantarle a su nieta que «amarte es esto: una palabra que está por decir / un arbolito de hojas / que da sombras» y por cierto que «en tu candor / sale el mundo del mundo» y definitivamente «lo amado crea lo que se amará».
Juan Gelman nació de poesía. Todas las variantes del ejercicio poético habitan a su obra más que luminosa, más que esclarecedora, más que calurosa como un abrazo, más rectora que la propia materialidad de la lengua.
Gelman no es una forma del lenguaje, es la lengua misma en su mayor dimensión. Bastaría solamente practicar la lectura de la conmovedra Carta a mi madre para comprender definitivamente los andares y decires de la hondura más honda, de las palabras más siéndose y estándose en el corazón de la comedia y la tragedia humana, esos polos tan lejanos y tan cercanos que lo visitan y visitarán para seguir fundando una voz que se intuye y se sabe, se olfatea, se ensombrece, se ilumina hasta comer el carozo del durazno, razón más que suficiente para pronunciar lo impronunciable de la aldea y el mundo desde su posición de poeta.
Compartí tu opinión con toda la comunidad