HACE 65 AÑOS MORIA HORACIO QUIROGA

El maestro de territorios

Amó los cielos y la exuberante belleza del territorio selvático de las Misiones argentinas, el correr del rumoroso Río Paraná y los seres que pueblan estas regiones, que le sirvieron de paisaje y fueron personajes de sus cuentos alucinantes.

Su actividad literaria comenzó con un libro de poesías, escritas en Montevideo, «Los arrecifes de coral», publicado en 1901. Cuando al año siguiente sucede el desgraciado accidente que le cuesta la vida a su amigo el poeta Federico Ferrando –probando un revólver, Quiroga le asestó un balazo en el rostro–, el escritor decide radicarse en el Chaco argentino, con la intención de explotar plantíos de algodón. En esta aventura deja gran parte del dinero que había recibido de una herencia y que él dilapida en dos años.

En Buenos Aires

Dos de sus biógrafos, José M. Delgado y Alberto J. Brignone, afirman que la amistad que cultivó con Leopoldo Lugones –a quien admiraba– le abrió las puertas en la ciudad de Buenos Aires. Su inteligencia haría el resto.

En la capital porteña sería profesor de Castellano y Literatura en la Escuela Normal Nº 8, una tarea docente que ejercería durante cuatro años y que serviría para que dos décadas después escribiera una suerte de pieza autobiográfica: «El maestro de territorios».

Dictando clases, su arte de seductor la utilizaba, con frecuencia, para encandilar a sus alumnas. Allí enamora a la joven Ana María Cirés, quien, apenas salida de la adolescencia, se convertirá en su primera esposa.

La labor literaria

En 1904 publica su primer volumen de cuentos: «El crimen del otro», pero es recién en noviembre de 1905, cuando se incorpora a la revista «Caras y caretas», que encuentra el camino del narrador y del cuentista.

Aun cuando en sus novelas «Historia de un amor turbado» y «Pasado amor» se encuentra a un escritor con excelente dominio de prosa, con soltura de lenguaje y con una fuente inagotable de creatividad, es en el cuento donde Horacio Quiroga siempre ha sobresalido y donde más se le recuerda.

En esta disciplina literaria se halla su forma favorita de expresión, por lo directo y vivo, hasta en la violencia de su forma de decir y narrar los hechos se encuentra el fulgor y la magia de sus cuentos.

Aun cuando en muchos de sus trabajos se hallan influencias de Edgard Allan Poe, Dostoievski, Maupassant y Kipling, él logra imponer su personalidad para acreditarse como uno de los más intensos y personales narradores americanos.

En 1917 publica, con enorme éxito, «Cuentos de amor, de locura y de muerte», y es a partir de este momento cuando el terror, el horror, la sensualidad y el sadismo habrán de persistir en todos sus cuentos. Pero dentro de una narrativa donde siempre se valoriza lo bello y lo estético de la palabra.

En algunos de sus cuentos es posible pensar que imaginó su propia muerte. En «A la deriva» el personaje se halla acostado en un bote, picado por una víbora venenosa; en «La insolación», el personaje es víctima del fuerte sol de las Misiones; en «El hombre muerto», el personaje es atravesado por su propio machete cuando intenta cruzar un alambrado, mientras oye o cree oír, la voz de su hijo que lo llama. Todos ellos, escritos durante los años que vivió en medio de la selva.

El escritor Alberto Zum Felde sostiene: «No hay duda que, donde su genialidad encontró sus manifestaciones más originales y de mayor categoría, fue en los relatos de ambiente misionero».

Pablo Rocca, un estudioso de la tarea literaria del escritor, afirma en un prólogo a una edición de algunos de los cuentos de Quiroga, que su paso por las revistas «Caras y Caretas» y «Fray Mocho» fue importante para la definición de una prosa austera, obligado por los espacios limitados de líneas de textos que le solicitaban en las revistas.

«Adecuadamente entrenado en la redacción a espacio fijo, su prosa ganó en austeridad, pero asimismo en soltura, gracia, humor fino o punzante ironía. Sólo tenía que elegir tema. Se hallara en Buenos Aires o en medio de la selva, la realidad que nunca concibió encerrada en una oficina ni en un laboratorio era una fuente inagotable de excitaciones», afirma Rocca.

Triste y solitario final

Después de asistir a demasiadas muertes, la de su padre, cuando era un niño, la de su padrastro, cuando era un adolescente, la de su amigo Federico Ferrando, cuando era un joven, y al suicidio de su primera esposa, cuando era un hombre, todas situaciones límites que supo asumir con entereza y determinación, Quiroga decide una noche crear la suya.

El 19 de febrero de 1937, a los 57 años, estando internado en el Hospital de Clínicas de Buenos Aires, víctima de un cáncer de próstata, al llegar la noche, resuelve, como en los personajes trágicos de sus cuentos, poner fin a su vida tomando una dosis de cianuro. *

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