La pluma de Rayuela
ALDO ROQUE DIFILIPPO, MERCEDES
Enseñó por cinco años en varios colegios, y posteriormente dictó clases de literatura francesa en la Universidad de Cuyo, en Mendoza. Renunció en protesta contra el régimen peronista, trasladándose a Buenos Aires, para irse posteriormente a París, donde murió. Con un sello muy personal se constituyó en uno de los referentes literarios de la segunda mitad del siglo XX, manteniendo la actitud del niño inquieto que escribía para enamorar «esas niñas con trencitas».
Comenzó a escribir a los nueve años para «esas niñas con trencitas de las que yo me enamoraba fatalmente, con un amor que sólo podía terminar con la muerte», para culminar cautivando a los lectores más dispares del mundo entero.
El 12 de febrero de 1984 murió Julio Florencio Cortázar (1914-1984). Había nacido en Bruselas en el mismo mes en que los alemanes invadían la capital belga. En ese año James Joyce publicaba «Dublineses», Kafka comenzaba a escribir «El proceso» –que se publicaría después de su muerte–, mientras que en América nacían Adolfo Bioy Casares, Nicanor Parra y Aníbal «Pichuco» Troilo, a quien Cortázar admiró.
Datos para nada menores en la vida de un hombre que vivió consustanciado con su tiempo, asumiendo desde la literatura su postura ética y estética frente al mundo. «Puesto que soy escritor, –expresa Cortázar– es lógico que mi reacción y mi esperanza se manifiesten en el campo de la escritura, en parte porque es una manera de fijar mejor las circunstancias y condiciones de esas paravisiones, favoreciendo quizá su repetición más fecunda, y también porque el relato de mi propia experiencia puede ser útil a otros, fijar la atención en esas desatenciones, concretar paradójicamente la facultad de distracción, despertar una permeabilidad que la inteligencia razonante, la vida diaria y las rutinas bloquean implacables».
Mundos porosos
Integrante del boom latinoamericano, Cortázar escribió en forma torrencial dejando relatos memorables, como «El perseguidor» y «Casa tomada», todo un clásico. Analiza Jorge Luis Borges: «Los personajes de la fábula son deliberadamente triviales. Los rige una rutina de casuales amores y de casuales discordias. Se mueven entre cosas triviales: marcas de cigarrillo, vidrieras, mostradores, whisky, farmacias, aeropuertos y andenes. Se resignan a los periódicos y a la radio. La topografía corresponde a Buenos Aires o a París y podemos creer al principio que se trata de meras crónicas. Poco a poco sentimos que no es así. Muy sutilmente el narrador nos ha atraído a su terrible mundo, en que la dicha es imposible. Es un mundo poroso, en el que se entretejen los seres; la conciencia de un hombre puede entrar en la de un animal o la de un animal en un hombre».
Un mundo tramado a partir de lo lúdico, desde ese juego casi juvenil que predominó en su obra y en la alegría y el compromiso del creador frente al arte. «La imaginación comporta alegría y no es un hecho lúgubre», afirma Julio Cortázar, y esa alegría, esa visión de niño inquieto, se percibe en sus relatos. Como en «La caricia más profunda», uno de sus relatos donde el lector como el personaje del cuento comienza a «hundirse» lentamente en el relato sin poder hacer nada, mientras que se hunde de la forma más natural. «Un día había tenido la impresión de que al cruzar el patio iba llevándome algo por delante, muy suavemente, como quien empuja algodones. Al mirar con atención descubrió que los cordones de los zapatos sobresalían apenas del nivel de las baldosas».
Su amigo, el escritor Carlos Fuentes, reflexiona: «Lo más importante ahora es recordar que él fue un hombre que se reservó un misterio. ¿Cuántas páginas magistrales quemó, desfiguró, mandó a un cesto o a un archivo ciego?»
«Hay tanta música en la obra de Cortázar que podemos decir que escribía también de oído, otra singularidad de cronopios», afirma Daniel Viglietti como preámbulo de una entrevista que le realizara en 1983.
«Yo me he divertido a veces en pensar que la música ha sido revolucionaria desde que nació, desde que el primer hombre de las cavernas produjo algo que se dio cuenta de que era una melodía, y el resto de la tribu la repitió, y nació el primer cántico, o el primer himno de adoración a los dioses o para propiciar la cacería o lo que fuese. Pienso incluso en ese episodio de la Biblia en que la ciudad de Jericó cae cuando suenan las trompetas. En la Biblia dice «sonaron las trompetas», creo que siete veces, una cosa así. Bueno, pero qué quiere decir eso. Para mí es que esas trompetas sonaron haciendo música». *
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