DESDE EL INFIERNO, DE LOS HERMANOS HUGHES

El regreso de Jack el Destripador

Rodada por los impecables hermanos Hughes, «Desde el infierno»‘ es un retrato sobre Jack el Destripador, quien se ufanó de «parir el siglo XX» con sus homicidios. Grata reconstrucción de época, intensa acción dramática en una Londres en tinieblas, lluviosa y con lujos varios de vestuario y de montaje. Un plato fortísimo que cumple con las reglas del género y tensa a los espectadores.

Este flamante filme de los hermanos Hughes, denominado «Desde el infierno», es protagonizado por un elenco de lujo: un perturbado y obsesivo Johnny Depp, la sensualísima Heather Graham, el excepcional Ian Holm, Ian Richardson se encargan de introducir a los espectadores en una historia de trazo ya legendario.

Se trata del abordaje de la sangrienta peripecia de uno de los asesinos seriales que, en su desorden psicopático, admitió que con el asesinato secuencial de prostitutas en las calles casi en tinieblas de Londres había parido el siglo XX. Lo cierto es que se trata de un retrato quirúrgico (nunca más apropiado tal término) de Jack el Destripador y, en su desarrollo, se acerca más que nunca a una de las versiones más fidedignas que se trazan en la perspectiva histórica de semejante caso: todas las muertes, en rigor, tienen relación con un ritual de la masonería (en el que están involucrados médicos de la nobleza, la propia Policía, el servicio secreto y la mismísima reina hasta que dijo basta).

Y a la vez una suerte de terrible venganza del Estado monárquico ya que por entonces el príncipe Edward había contraído no solamente sífilis en una relación con una de las prostitutas, sino que había tenido una hija de nombre Alice.

«Desde el infierno» se centra en las investigaciones que practica el sagaz inspector que encarna Johnny Depp (como el taciturno, perturbado Aberline), adicto al opio y a su derivado el láudano, quien posee además visiones de lo que está ocurriendo aunque no puede capturar en sus «trips» el rostro del sanguinario asesino.

De igual modo, paso a paso, acumulando pistas y datos, el inspector irá atando cabos hasta dar con ese ritual que posee la permisividad real y que tendrá un desenlace de alto voltaje dramático.

Con muy buena reconstrucción de época, hábil manejo de las cámaras y de un montaje rápido y una fotografía deliberadamente densa en las secuencias más intensas y también con ambientaciones entre ominosas e hiperreales, el filme alcanza una potencialidad impresionante. Impresiona, en efecto, de igual modo que el rendimiento coral de los actores que hacen de las callejuelas de Whitechapel el escenario o la ceremonia enceguecida de la muerte serial. *

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