Un fenómeno llamado Amélie
Jean Pierre Jeunet, ese curioso renegado de la Nouvelle Vague –está convencido que la corriente de Godard y los suyos le hizo mucho daño al cine francés– está causando una ola de sensación con su largometraje Amélie, protagonizado por la deliciosa Audrey Tatou y Nicolas Kassovitz.
No posee la estética enfebrecida, vertiginosa de Delicatessen, pero de igual modo el fluir del relato de Amélie alcanza momentos sublimes de resolución cinematográfica en esa suerte de fábula en un París alejado de los patrones de la realidad real.
Lo cierto es que esa muchacha de 22 años, camarera en Montmartre, una especie de celestina de los desconsolados (para citar una frase de la poesía de Eduardo Darnauchans), es quien decide la carnalidad de una historia con inobjetable caligrafía poética.
En su suceder esta entrañable y bienhechora Amélie Pulain (espléndidamente caracterizada por Audrey Tatou) tentará a los mecanismos siempre sorpresivos del azar y, por cierto, no habrá sitio en ese París con el sello de Jeunet en el que la mujer no intervenga a modo de cadena de favores.
El filme es vital, de amplias texturas y generosamente colorido, aplicada banda sonora, inteligente en la construcción de los diálogos y en el desarrollo de las criaturas, lo que determina un rotundo y altamente expresivo rendimiento actoral con gran sentido de las ambientaciones y de la respiración visual.
Si no fuera así, se desconocería el copyright estético de Jean Pierre Jeunet, aun cuando se trata del menos provocador proyecto del cineasta.
De igual modo Jeunet está en su mejor forma y, por lo tanto, Amélie es de esos títulos que transmiten un enfoque revivificador de las miserias de la condición humana, a través de esa jovenzuela con un definitivo toque naive que, en cierto momento, deberá toparse con su propios espejos que le van a disparar la realidad real.
En esa ruta humanista, de esa reconversión de la noción de lo romántico, Jeunet promueve diversas lectura y niveles de reflexión a partir de los quehaceres y de la amplia sonrisa de Amélie, la que parece va directo al Oscar. *
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