El Beaubourg cumplió 25 años
Los años de prosperidad de la presidencia de Georges Pompidou no fueron propicios para la arquitectura y el urbanismo de la capital francesa. En tiempos de bonanza económica se construyó mucho y mal, se destruyó también mucho (el famoso mercado de Baltard), proliferaron los supermercados, se alzó la horrorosa torre de Montparnasse (el Manhattan francés), el inhumano barrio de La Défense. La mercantilización inmobiliaria y la vulgaridad surgieron por todos lados y solamente la sede del partido comunista de Oscar Niemeyer en la plaza Colonel-Fabien, los inmuebles-jardín de Jean Renaudie, en Ivry-sur-Seine, el primer aeropuerto de Roissy de Paul Andreu o la Universidad de París-Tolbiac de Andrault y Parat, quedaron como excepciones. Teniendo como consigna una frase terrible, «No es el automóvil que debe plegarse a París sino París que debe plegarse al automóvil», Pompidou transformó varias zonas de la ciudad alterando buena parte de su tradicional fisonomía.
Curiosamente, el más denigrado de todos los edificios es el que consigue hoy mayor aceptación: el Centro Georges Pompidou o Beaubourg. Se sabe que el presidente quedó desilusionado por el fallo del jurado al elegir el proyecto de los arquitectos Renzo Piano y Richard Rogers. Pero con elegancia democrática lo aceptó: se evaporó entre estructuras de high-tech el acariciado sueño de una columnata de mármol.
Fue una arquitectura subversiva e innovadora, franca y llamativa, inaugurada el 31 de enero de 1977. Los ataques fueron numerosos en diarios, revistas y libros. Entre infinidad de motes, quedó uno: la refinería. Una arquitectura desventrada, donde todo está a la vista. Los tubos pintados de colores puros obedecen a códigos específicos para una determinada función: los conductos del aire, en azul, los cables eléctricos, en amarillo, los tubos de agua, en verde, las zonas de circulación y la escalera mecánica envuelta en vidrio transparente, en rojo. Pero así como arreciaron las críticas adversas, incluyendo las políticas por el padrinazgo del MOMA neoyorkino, el público lo convirtió en el lugar de los lugares, en el paseo predilecto para ver, desde las terrazas, un panorama incomparable y divisar (casi) todo París. Pensado para recibir 5 mil visitantes por día, al poco tiempo treparon a 25 mil. Ocho millones al año, mientras el nuevo Louvre con la pirámide de Pei, accedía a la módica suma de cinco millones anuales.
El barrio dieciochesco de Le Marais, con la plaza de Los Vosgos, la más perfecta del mundo, degradado y periférico se renovó (hoy es la zona más cara), se contagió del dinamismo cercano del Beaubourg convertido en centro de la movida cultural. Las galerías de arte se apresuraron a instalarse en sus aledaños, los museos se renovaron (el delicioso Carnavalet tan querido por Italo Calvino), así como restaurantes y cafés (el desaparecido Café Costes, obra maestra de Philippe Starck con los más originales baños, frente a la Fuente de los Inocentes, lugar de encuentro de jóvenes e intelectuales), aunque al anochecer y durante algún tiempo, las calles no eran nada aconsejables.
Un cuarto de siglo después, el Beaubourg conserva algunos de los rasgos característicos de su actividad establecidos por su primer director, el sueco Pontus Hulten, inclinado hacia lo espectacular. La ostentosa exhibición de muestras únicas internacionales han disminuido por razones presupuestales y por seguridad en el traslado de obras. A diferencia del imperio Guggenheim, deslizado hacia el comercialismo y el oportunismo frívolo, el Beaubourg, conducido por el inteligente Jean-Jacques Aillagon desde 1996, es un complejo interdisciplinario con su museo (enriquecido y actualizado en su colección permanente con la incorporación de nuevos lenguajes), sala de exposiciones temporarias, conferencias, cine, conciertos, librería, biblioteca y videoteca, diseño industrial y experimental de música. No es un centro perfecto ni está bien adaptado a las instalaciones, a pesar de haber sido reciclado hace dos años. Pero tiene la marca indeleble de calidad europea. En un bloque anexo se instaló el taller del escultor rumano Brancusi y al exterior, la gran explanada, es un continuo desfilar de espectáculos improvisados.
La actualización de las instalaciones no mejoró en la inmensa planta baja, muy desamoblada y tristona, aunque la colección permanente (Museo Nacional de Arte Moderno), en poco espacio, tiene trechos de alta intensidad expresiva en Matisse, Dubuffet, Rauschenberg, Beuys, además de un repaso sintético de las principales corrientes estéticas entre 1905 y el presente. El público también se modificó. Ya no va masivamente a disfrutar del panorama de la ciudad sino que interviene activamente en las exposiciones que se ofrecen en un arco de opciones diversas. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad