HACE 86 NACIA JULIO SOSA

El día del varón

Desde las doce hasta los dieciocho años hice de todo: lustré zapatos, vendí diarios, hice rifas, repartí pan, fui ayudante de farmacia, trabajé de mozo, fui pinche de cocina, vendí sandwiches de chorizo en el hipódromo, fui guarda de ómnibus, podador de árboles de la municipalidad, trabajé cargando pedregullo en los camiones de la cantera de mi pueblo. Duraba muy poco en los trabajos, pues lo que quería era cantar –recuerda Sosa en sus memorias, editadas en abril de 1964–. Caminé días enteros vendiendo cuadros, mejor dicho, tratando de vender, porque nadie me compraba ninguno». Agregando más adelante. «Desde que abandoné la escuela hasta que cumplí dieciocho años, hice de todo, pero debo confesar que jamás permanecí más de dos semanas en cada empleo. Mi vida de gorrión callejero y mi natural rebeldía me impedían soportar órdenes despóticas y vivir esclavizado por el despertador. Lo único que me gustaba era cantar».

Poseedor de un peculiar registro vocal que lo convirtió en uno de los recios del tango, y para su pesar de una vida conflictuada y tortuosa. Murió quizá persiguiendo esa felicidad que no pudo alcanzar en los tres casamientos. Felicidad que iba más allá de la fama y el éxito que su voz despertaba en la platea y que lo convirtieron en un ídolo de toda una generación. En 1949 cruza el charco buscando nuevos horizontes ingresando a la orquesta Franchini-Pontier, y de ahí en más su carrera se convirtió en vertiginosa. Apenas 15 años le bastaron para convertirse en uno de los referentes del tango, dejando grabado 142 temas.

 

Con ojos más buenos

Una faceta poco recordada de Julio Sosa es la de poeta. Si bien publicó un único volumen de poemas. («Dos horas antes del alba», Editorial Logos, 1960), estos constituyen una verdadera muestra de esos conflictos internos del cantor. Compuesto por veinticuatro poemas, Julio Sosa explica al comienzo: «Cuando mi alma a punto de asfixiarse o mi corazón a punto de estallar, bajo el mandato de la alegría o el lapidario peso del dolor (más por éste, que por aquella), necesitó de la sangría que le aliviará, mi pluma obró el milagro de devolverme la paz, me enseñó a enfrentar la vida con más valor y a mirar a mis semejantes con ojos más buenos». *

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