Temporada 2001: un balance estimulante
Si el año que termina quedará registrado en la historia, social y económicamente, como uno de los más catastróficos que se tenga memoria, donde todo lo sólido se disuelve en el aire como afirmó Marx, en una clara alusión (y advertencia) al secular sistema capitalista que adquirió un aspecto salvaje con el actual neoliberalismo, que ya da muestras fehacientes de su inminente descomposición, donde el terrorismo, la globalización financiera sin solidaridad productiva y los estallidos sociales crecientes son las derivaciones más clamorosas de un modelo cruel, alentando, desde dentro del sistema, el fundamentalismo y la corrupción, y que no supo dar respuestas justas y necesarias, teñidas de sensatez y racionalidad, a los problemas de todo el mundo y no de una parte privilegiada de él.
Oponiéndose a ese ensayo del día después del fin de (un) mundo, de una concepción del mundo, el arte continúa a dar una respuesta de energía creadora de excepcional vigor inventivo. Los encuentros internacionales se multiplican y aparecen nuevos museos, hay artistas e intelectuales empeñados en configurar una nueva imagen surgida del espíritu de su tiempo. No son muchos, es cierto. Siempre es una minoría que interrumpe códigos y crea otros, inventa soportes y abandona los tradicionales, para intentar recorrer un lenguaje representantivo de la sensibilidad naciente, vislumbrada como a través de un vidrio oscuro. A las tradicionales Venecia, San Pablo y Kassel, se agregan Valencia, Lyon, Dakar, Tokio, Estambul, Alejandría, Johanesburgo, Sydney, La Habana, Buenos Aires, Cuenca, Porto Alegre, Lima, Caldas da Rainha, Santa Fe, Barcelona, entre otras más de medio centenar de bienales que proliferan en los diversos países. La aparición de centros culturales e instituciones museísticas en ciudades secundarias o periféricas (Bilbao, Las Vegas, Oporto, Badajoz, Basilea, para citar ejemplos recientes) son elocuente demostración, más allá de una indesmentible contaminación comercial y turística, que el acceso a la actividad artística es cada vez más amplio y articulado, potenciadora en su difusión a través de Internet.
Aunque Montevideo, es decir, Uruguay, no ha sido tocado por esos aires renovadores (en contraste con los países vecinos que instauraron sus propias bienales y museos privados) la Temporada 2001 deja, inesperadamente, un balance positivo y hasta estimulante. Pocas veces el Museo Nacional de Artes Visuales consiguió presentar, en simultáneo, la más avanzada contemporaneidad (videos originales de Bill Viola y la visita de Jannis Kounellis, el maestro italo-greco del arte povera, dos deslumbrantes personalidades que, sin embargo, no fueron, ni por ciertos críticos, suficientemente estimadas), continuar con la sabiduría de los grabados de Piranesi y la demoledora visión antibélica de Otto Dix. Estas muestras, dignas de cualquier museo de Nueva York, Londres o París, no fueron las únicas. El fotógrafo canadiense Yousuf Karsh dejó el testimonio de su capacidad retratística, mientras el video se adueñó de la sala de proyección todo el año y difundió, por primera vez, aspectos de la arquitectura actual, de artistas internacionales y nacionales que atrajo a numeroso y variado público. Es una revolución silenciosa de los nuevos soportes dentro de una institución tradicional que supo también integrarlos al recuperado Salón Nacional de Artes Visuales luego de 17 años de ostracismo para acompañar, al finalizar la temporada, con una propuesta novedosa de montaje para la colección y recordar las nueve décadas transcurridas de su fundación.
El video, los cedés y el net art dominaron buena parte de la actividad anual, extendiéndose por el Instituto Goethe, la Colección Engelman Ost y el Centro Cultural Dodecá (con el regreso temporario de Héctor Solari desde Alemania), y acompañar a la selección nacional en la III Bienal del Mercosur, con nuevo montaje que suscitó exaltados elogios de colegas, como uno de integrantes del grupo argentino Art Detroy, por el trabajo de Alvarez Cozzi-Pellegrino. Las nuevas tecnologías parecen incontenibles y cada vez se perfeccionará la forma y se adensarán los contenidos.
La pintura resiste. A veces para constatar que tuvo una función social, como instrumento de poder cultural de la burguesía desde la aparición del cuadro de caballete, con la deseabilidad de los objetos representados, en revisiones descuidadas, meramente aproximativas que, no obstante, demostraron una manera de pintar hoy imposible de recuperar y practicar. El poder suasorio de Amalia Nieto, Héctor Sgarbi, Hilda López, Juan Storm o la primera época de Guillermo Fernández son únicos, incorporados definitivamente a la historia. Los sobrevivientes, epítomes prolongados de una estética en derrota, manejan, algunos, con sensibilidad los materiales y apuntan, en una inesperada vuelta de tuerca local ya insinuada en años anteriores, al comercialismo que los aflige y los incorpora al periplo turístico.
La fotografía, de buena calidad, en pocas ocasiones transgrede los códigos propios (Magela Ferrero, Roberto Fernández, Carlos Costa) apostando a la experimentación y no solamente a la hermosura del registro. Algo similar ocurre en el campo del grabado. Lo interesante es verificar la emergencia de talentos jóvenes que, si no son muchos, ostentan solidez de propósitos.
Hubo propuestas curatoriales reales y ficticias. Entre la guerra y la paz, Fragancias textiles (Cabildo), Danza de los espíritus (Museo de Antropología), Juan Manuel Blanes (Museo Blanes), Homenaje a Akira Kurosawa (Centro Municipal de Exposiciones) estuvieron legitimadas por la seriedad de enfoques. Y dos grandes personalidades, Mario D´Angelo (el más activo y prolífico inventor de instalaciones en espacios nada convencionales como en la Plazuela Liber Arce) y Agueda Dicancro demostraron que pertenecen a una categoría superior, por el profesionalismo y las ideas siempre en proceso.
Un par de nuevas galerías (en lugares fuera del circuito habitual) y una nueva sala de exposiciones temporarias del Museo Zorrilla enriquecieron la actividad, así como la multiplicación de buenos catálogos (los pequeños e ingeniosos de Lezlan Keplost), con cuidada diagramación e impresión (Editorial Doble Emme), que hasta hace poco eran rara avis. Junto con la aparición de una nueva revista y la edición de libros-objetos, el arte uruguayo indica que hay habilitados senderos para recorrer.
Varios hechos curiosos marcaron la temporada. La escasa laboriosidad de los responsables de la Intendencia Municipal, quizá entretenidos en otros ámbitos, con o sin afinidad con la materia, aunque el ciudadano reclame una retribución más atenta y servicial de los impuestos que paga, lo que no resulta nada elegante desde el ángulo ético, al mismo tiempo que falta una apertura a otros investigadores que no estén afiliados al pensamiento único del elogio superlativo e incondicional. Tampoco se compadece la abusiva presencia de textos de un mismo autor en instituciones diferentes que conduce al descreimiento y saturación de un estilo. Son los feos lunares de una temporada estimulante como pocas en una mirada retroperspectiva. *
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