Las patológicas obsesiones
Todo depende –a lo sumo– del estilo o la identidad. No es lo mismo un filme del legendario maestro inglés Alfred Hitchcock que sigue siendo un auténtico referente o del cineasta francés Claude Chabrol (de quien viéramos recientemente la inquietante Gracias por el chocolate) que algunos de los productos menores procedentes de la siempre prolífica megaindustria estadounidense, que suelen anegar nuestra cartelera cinematográfica.
Como en cualquier otra manifestación del arte, también en el cine la calidad está asociada al talento, la sensibilidad y la capacidad del realizador para elaborar su obra y conmovedor al observador-consumidor.
En Harry, un amigo que te quiere bien, el director francés Dominik Moll (recordado por Intimité) ratifica que ningún género está realmente agotado cuando se aporta imaginación, buen gusto y creatividad.
En éste, que es su segundo largometraje, el realizador galo mixtura el cine policial con la comedia negra, en un relato en que la tensión dramática corre paralela con el suspenso.
La historia comienza como cualquier comedia convencional: una joven pareja integrada por Michel (Laurent Lucas) y Claire (Mathilde Seigner) inicia sus vacaciones junto a sus tres pequeños hijos. La familia pernoctará en una granja de su propiedad situada en plena campiña francesa, donde aguarda encontrar la tranquilidad tan deseada.
El matrimonio parece extenuado por un intenso año de trabajo e incluso hasta los niños experimentan por momentos el síndrome de saturación de los mayores.
Sin embargo, en una tregua en plena ruta, el joven se encuentra casualmente con Harry Ballestero (Sergi López), quien asegura haber sido su compañero de estudios e incluso recuerda algunas anécdotas de la juventud de ambos.
Al grupo se suma Plum (Sophie Guillermin), la atractiva pero más bien banal esposa del extraño Harry. Las familias acuerdan modificar sus planes y proseguir viaje juntas.
Harry –que es un millonario de origen latino ocioso y sin proyectos a la vista– parece obsesionado por su amigo. Busca solucionarle todos los problemas e incluso le ofrece ayuda económica para que culmine una novela que comenzó a escribir en su adolescencia.
Dominik Moll manipula con destreza los hilos narrativos, mientras diseña el perfil psicológico de los personajes y sus conflictos subyacentes. Afloran, entonces, las frustraciones de Michel y su abortada vocación por la escritura, la sumisión de su esposa al borde del hartazgo, la erótica superficialidad de Plum y las enigmáticas conductas del magnate, que también ocultan un nunca explicitado complejo de inferioridad.
Como si se tratara de una tragedia griega, la tensión dramática crece hasta límites insospechados, con tres nuevos personajes: los dos padres que tratan a Michel como si fuera un joven y desvalido incapaz y un hermano frívolo y despreocupado.
Varias misteriosas muertes consecutivas aportan al relato al indispensable condimento habitual en el género de suspenso.
Sin embargo, el drama no parece rozar demasiado la sensibilidad de los protagonistas. A lo sumo, lo sucedido agudiza contradicciones y modifica actitudes. Moll construye una historia cruda y a la vez compleja, en la que toma la trama policial como un mero pretexto para observar con agudeza algunas conductas habituales en un tiempo estigmatizado por los vértigos y las incertidumbres.
Sin renunciar del todo a los estereotipos que a menudo suelen aportar algunas interesantes lecturas de la realidad, el realizador diseña un paisaje humano agitado por las pasiones, en que el fracaso, las frustraciones y los sentimientos aviesos gobiernan las emociones más allá de las fronteras de lo racional.
El realizador incorpora a su historia algunos atinados apuntes sobre el eterno conflicto entre la creatividad y las rutinas familiares o sociales, como la escena en que Michel escribe recluido en el baño, en lo que comporta toda una metáfora del aislamiento y la incomunicación, dos de los más dramáticos traumas del siglo XXI.
La paleta artística de Moll también asume –por momentos– pinceladas de sesgo surrealista, cuando el escritor experimenta pesadillescas visiones que recrean los fantasmales personajes de su novela inconclusa.
Con lenguaje moroso y pausadamente calculado, el filme evoluciona entre el drama, el suspenso y la comedia de trazo negro, proponiendo un relato de atmósfera inquietante y escritura por momentos transgresora.
Como es habitual en el cine europeo, la violencia aflora en dosis mesuradas. La cámara se detiene particularmente en la gestualidad de los actores, cuyas emociones van edificando la arquitectura de un conflicto grupal que asume rasgos si se quiere hasta existenciales.
Dominik Moll, salvando naturalmente las obvias diferencias de prestigio y trayectoria y quizás sin proponérselo, desarrolla un ejercicio con intensas apelaciones al cine de Alfredo Hitchcock y de Claude Chabrol, dos auténticos paradigmas del añoso género de suspenso.
Una estupenda fotografía de exteriores y un reparto parejo con particular destaque interpretativo para el actor catalán Sergi López, transforman a Harry, un amigo que te quiere bien en un filme interesante. *
HARRY, UN AMIGO QUE TE QUIERE BIEN. Francia 2000. Producción: Michel Saint-Jean. Dirección: Dominik Moll. Reparto: Laurent Lucas, Sergi López, Mathilde Seigner y Sophie Guillermin. Duración: 117 minutos.
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