Se estrenó ayer en Cinema Paradiso un filme polémico y removedor

"El odio"

Una fauna social ajena al confortable universo burgués, con su particular argot y sus propios códigos de conducta, asomó en este filme y abrió paso a otros empeños en pos de un realismo ausente en la producción cinematográfica más comercial.

A la altura de su segundo largometraje, el joven director Kassovitz se introdujo en un universo casi inédito, esa «banlieue» parisina a donde van a parar los desempleados, los inmigrantes, los perdedores, los postergados por un sistema de vida ferozmente competitivo.

Tres jóvenes marginales (un negro, un árabe y un judío) vagan por los suburbios de París, recorren un decorado violento, tropiezan con la policía y con algún grupo de skinheads.

Los fantasmas de Spike Lee y Martin Scorsese han sido invocados como referentes de esta incursión en el infierno ciudadano, pudiendo sostenerse incluso que el director Kassovitz hizo por su entorno lo que Haz lo correcto hizo por la etnia negra de Brooklyn o Calles peligrosas significó para la Little Italy neoyorkina.

Se señaló entonces el mérito de su inquietud social, de su empeño en querer ir más allá de la facilidad y el conformismo para detectar con la cámara desajustes, injusticias y violencias. Y pudo elogiarse todavía el dominio formal del director, su capacidad para mover cámaras, crear una atmósfera tensa y realzar a través de una ciudad fotografiada en blanco y negro el carácter inquietante y sombrío de su asunto.

Una nota del crítico argentino Carlos Valina en la revista «Film» describe El odio en los siguientes términos: «La insurrección urbana de París, de grupos étnicos oprimidos por la indiferencia, la desocupación y el desprecio, implica batallas callejeras con la famosas fuerzas del orden.

Los títulos pequeños, con tipografía de máquina portátil, fragmentan la percepción del espectador a la manera de los noticiarios. Duelos verbales, piedras lanzadas a los escudos, gases y bastonazos parecieran ser siempre un acto del renovado azoramiento».

«Si se impone además un blanco y negro que se extenderá no sólo a la pantalla sino también a las pieles de los seres, se obtiene un verosímil abismal que exhibe la misma situación una y otra vez sin jamás colmar el significante–agrega–. Estos fragmentos del mundo van componiendo un azar calculado, arman una totalidad golpeada por los sonidos que producen las iras de sus protagonistas: una bolsa de box da paso al cierre de la presentación del trío en los miserables y kafkianos «proyectos» edilicios, esa forma animalizada de instalar suburbios guéticos para las comunidades supuestamente externas».

El mismo Valina sostiene más adelante que Kassovitz «nos lleva a la zona de Tarkovski a través de estos tres guías interétnicos, cuyas nucas están montadas en una zorra imaginaria, como cuando visitan la comisaría y se suspende el tiempo. Los ralentis sutiles se combinan con planos lejanos y muy próximos y las tomas aéreas nos dan un complejo edilicio nada parecido al mundo plástico de HBO, pero sí con sus recursos. Un paseo a través del cable, con sus estaciones de Vía Crucis contemporánea: MTV, el informativo de veinticuatro horas, el sorteo que sospechamos algún día nos va a tocar».

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