Augusto Torres en el Museo Torres García
El Museo Torres García pudo haber sido un museo monográfico ejemplar, con una biblioteca renovada y actualizada en su archivo, un activo centro de investigación sobre el maestro del constructivismo. No pudo ser. Cuando no tenía mayores pretensiones en sus anteriores locales (casonas del Cordón, el sótano del Ateneo donde hoy funciona el Teatro Circular, un piso de un edificio en la rambla Sur), austeros y silenciosos, se compaginaban con el temperamento del artista. Al adquirir notoriedad en el reciclado edificio de la calle Sarandí, que hoy ocupa, en ausencia de un orientador artístico capacitado, fue derivando, en años recientes, hacia un comercialismo mal entendido que privilegia la vulgaridad de la librería-boutique a la entrada. El desolado hall siempre fue de un diseño y decoración arbitrarios y sin sentido, mientras las dos salas dedicadas a Joaquín Torres García, que podrían ser una síntesis iluminadora de una trayectoria, están concebidas sin agudeza ni presentación atractiva. Un clima tristemente pobretón, desaliñado, recorre los cinco pisos del edificio que, para peor, tiene el inconveniente de un ascensor caprichoso que suele renunciar a su función por varias semanas.
No hay una programación firme. Ni puede haberla sin una gestión artística estable y competente, que proponga una planificación anual atenta a los cambios que se producen en el arte nacional e internacional, que ofrezca una coherencia de intenciones en la selección. Las salas temporarias reciben muestras del exterior y de artistas locales no siempre de un deseable buen nivel para un recinto museal. Rara vez se edita un catálogo (muy bien impreso, por otra parte) con textos que valga la pena leer, que sirvan para algo, y no una mera demostración de inútil palabrerío o divagaciones más o menos poéticas, sin orientar al público con un análisis conciso de lo que se exhibe. Aunque arrastra problemas económicos desde sus inicios, el museo nunca supo administrar con habilidad y elegancia las dificultades prefiriendo el camino fácil de las reproducciones de cuadros y juguetes de Torres García (poco felices) y la creación de talleres formativos, pero sin contar con un plantel de profesores (en teoría, en la práctica) realmente incitativo que consolide el prestigio de la enseñanza que tuvo décadas atrás. Y sobre todo, que apueste a la contemporaneidad de ideas estéticas y del montaje de las obras que deben ser, necesariamente, elegidas con rigor. La ayuda del Estado (y la que recibió de Cataluña), nada desdeñables, no contribuyeron a levantar las posibilidades de recuperación como centro activo de difusión cultural. El desacierto debe estar por algún lado, sin embargo. Y sería bueno que se reflexionara y se modificara la situación actual que no lo beneficia y atenta contra su prestigio fuera de fronteras.
Actualmente volvió, una vez más, Augusto Torres. Una muestra de pinturas y maderas de selección errática e irregular calidad y pobre montaje, en realidad un colgado desprolijo. No hay catálogo y a menudo las obras no están fechadas, ni siquiera en el año aproximado de su realización. No debería ser muy difícil, todavía hoy, identificarlas. También se advierten retoques y «arrepentimientos» en varias telas, como el deterioro de fragmentos que necesitan, urgentemente, la restauración.
Y no obstante los inconvenientes e improvisaciones, Augusto Torres (1913- 1992) es una figura importante del arte nacional, que en Barcelona, ciudad donde nació, ha tenido muestras de gran envergadura en la presentación. Segundo hijo de Torres García, siguió los avatares familiares con desplazmientos geográficos y culturales continuos (Barcelona, Nueva York, Italia, sur de Francia, París, donde el pintor Jean Helion le trasmitió el fervor por el arte precolombino y de los indios aborígenes estadounidenses). En la capital francesa trabajó en el Museo del Hombre clasificando una colección de cerámica precolombina andina y, por extensión, tuvo acceso al acervo y a la posibilidad de estudiar el arte tribal. Seguramente esta experiencia, compartida con su padre, permitió darle un nuevo rumbo a la obra del futuro maestro del constructivismo. Todavía se convirtió en asistente del escultor español Julio González, a la sazón en París, estudió dibujo con Amedée Ozenfant, uno de los inventores del purismo junto con Le Corbusier, hasta que volvió a Madrid en 1933 para recibir las primeras lecciones de su padre, de quien será colaborador permanente, desde su radicación montevideana en 1934, así como del arquitecto Antonio Bonet. Para no desmentir la tradición nómade de la familia, viajó, ya mayor, por Europa, Grecia, vivió en Nueva York, visitó una reserva de indios en el estado de Montana, dividiendo el tiempo entre Montevideo y Barcelona, además de entretenerse en México, Egipto, India y Nepal en los últimos periplos de su vida.
Como ya escribió en otro lugar el autor de esta nota, Augusto Torres es el disidente de la línea impuesta por Torres García. El más adherido a la figuración (quizá compartida con su hermano Horacio), a la tradición renacentista (Paolo Ucello, Tiziano), a la pintura española (Velázquez, Goya), a la representación perspéctica y de la luz, esos demonios que amenazaban la serenidad del constructivismo. Es probable que esa íntima rebeldía haya sido una afirmación individualista de encontrar un espacio propio. De ahí el conflicto interior que mantuvo y la insatisfacción permanente en la autovalorización de su obra. De esa lucha silenciosa y porfiada, pero también tranquila y escéptica, surgió una pintura de características singulares envuelta en un inquietante misterio, pues supo integrar, sin violencias estéticas, los genios del pasado que admiró con la voluntad de abstracción y la proyección de largas sombras de raíz metafísica italiana (Giorgio de Chirico). Pocas veces las naturalezas muertas o los paisajes urbanos desiertos (que luego aprovechará su discípulo Juan Storm con una muestra actual en el Molino de Pérez) adquirieron como en él, una perturbadora atmósfera de asombro, de tensión inesperada, de una situación aparentemente normal pero amenazada de desequilibrio e inestabilidad. Como si la paciente y rigurosa concepción del cuadro, el calculado dominio de la composición, la justeza de los tonos, la infalible armonía de los contrarios, estuviera sustentada en la provisorialidad de los seres y las cosas. En el piso tercero del Museo Torres García se pueden observar algunas notables maderas incisas (una en negro es muy significativa y de enorme invención) y varias telas disfrutables que por momentos disimulan el convencional, monótono desfile lineal para exaltar, aisladamente, el gratificante poder suasorio de su pintura. En el piso quinto, Gustavo Serra (montevideano del 66) que venía afirmándose en el territorio pictórico con suaves resonancias de sus maestros Augusto Torres y Francisco Mattos, resuelve hacer variaciones (los titula Pretextos) sobre obras de grandes clásicos europeos (Ucello,Velázquez, Aduanero Rousseau, El Greco, Matisse, Tiziano, elegidos de manera arbitraria, y se nota).
El resultado, aunque muy atendible como esfuerzo y ejercicio de estilos y/o traslación temática, parece poco inspirado y convincente en su ambiciosa formulación plástica en telas de apreciables dimensiones. *
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