Cine 2001: primer balance cinematográfico del siglo XXI
Probablemente uno de los estrenos más significativos del primer año del siglo haya sido Como barril de pólvora, un filme franco-greco-macedónico-yugoslavo de Goran Paskaljevic al que la crítica especializada había accedido anteriormente en el festival esteño Europa, un cine de punta y que volvió a deslumbrar en su proyección capitalina. En resumen, un desgarrador friso de Yugoslavia en tiempos del cólera donde la mirada de Paskaljevic supo retratar –en clave emblemática– las heridas abiertas de una comunidad martirizada por la guerra de los Balcanes. No menos importante resultó el regreso de Abbas Kiarostami con A través de los olivos, otro filme que también había conquistado los corazones de la crítica por el poético despojamiento de su puesta en escena. El largometraje en cuestión –realizado en 1994– terminaba de completar una trilogía de obras rodadas en pequeñas comunidades iraníes mostrando al mundo entero el potencial estético de un cineasta que hoy por hoy se ha convertido en referente de culto.
El otro cine
Pero tampoco hay que olvidar a Wong Kar Wai el director chino de Felices juntos y, sobre todo, a través del filme Con ánimo de amar, un cineasta que deslumbró a la prensa especializada por el tratamiento audiovisual de una historia sobre pasiones desencontradas que marcó toda una estética propia e inconfundible. De lo mejor del año, sin dudas. Algo similar podría decirse de Y tu mamá también del mexicano Alfonso Cuarón, un largometraje «on the road» que registró el particular viaje de descubrimiento entre un par de adolescentes y mujer madura con notable criterio narrativo y gran inteligencia en el tratamiento del tema. El aplauso se extiende –además– a El círculo del iraní Jafar Panahi que relató crudamente el calvario de la mujer en su país, conmoviendo hasta las raíces y conquistando el Premio Oficial y el Premio de la Crítica en el último Festival de Cinemateca. La emoción también tuvo que ver con Voyages (Memoria) ópera prima del francés Emmanuel Frinkiel que supo contar, con singular maestría, la historia de varios personajes entrecruzados por las vueltas del destino. Con Lamérica de Gianni Amelio, mientras tanto, se reiteró el suceso de otro Festival de Cinemateca donde este largometraje tomaba una anécdota sobre italianos perdidos en Albania para ilustrar crudamente sobre la realidad de dicho país. Otra obra mayor, sin duda.
Imposible omitir, además, al maestro Eric Rohmer que volvió a dar clase de cine con la magistral pureza de títulos como Cuento de Otoño, completando así su serie de los «Cuentos de las Cuatro Estaciones» para beneplácito de su legión de admiradores. En resumen, una joyita para aplaudir largo y tendido. No menos efusivo, por cierto, resultó el aplauso para La lengua de las mariposas de José Luis Cuerda donde la Madre Patria hizo –nuevamente– acto de presencia con una propuesta de alto vuelo (y dolorosa resolución) en medio del recuerdo de la guerra civil española, una herida que parece no cerrar nunca en la memoria ibérica.
La lista continúa
También Pan y tulipanes del italiano Silvio Soldini dio cuenta de un sensible autodescubrimiento de vida gracias a la destreza actoral de Bruno Ganz y Licia Maglietta. No resultó lo mismo con El hotel del millón de dólares del laureado Win Wenders, un fallido largometraje que –sin embargo– mostró algunos chispazos de magia en el retrato de una decadente galería de personajes. Un leve desencanto que se transmitió a ¿Dónde estás, hermano? de los Coen y a Inteligencia Artificial de Spielberg, que tampoco convenció demasiado a la crítica especializada. Más interesante resultó Mistery Train, un Jarmusch fermental que llegó con doce años de atraso para mostrarnos un filme poblado de criaturas peculiares cuyos destinos entrecruzados tejieron una telaraña argumental ampliamente disfrutable. En otro orden de cosas podría señalarse que El doctor y las mujeres del venerable Robert Altman hubiese merecido mayor repercusión, ya que supo ser una ácida radiografía de mujeres (y hombres) que dijo varias cosas por su nombre en forma sutil con un deslumbrante final alegórico incluido. Repercusión que tampoco tuvo Una relación particular de Frédéric Fonteyne, a pesar de sus quilates narrativos.
En realidad los ecos funcionaron por el lado de Letras prohibidas. La leyenda del Marqués de Sade, una –apenas– correcta mirada de Philip Kaufman sobre el aristócrata que escandalizó al mundo con su literatura, película que alcanzó sobredimensionada difusión gracias a las nominaciones para el Oscar y la intensa actuación del camaleónico Geoffrey Rush. Por suerte apareció el filme sueco Bajo el sol de Colin Nutley que también había sido nominado al Oscar de Hollywood como Mejor Película Extranjera y quedó como interesante recuerdo cinéfilo. Algo que también ocurrió con la laureadísima Solas del español Benito Zambrano, emotivo largometraje sobre enfrentamientos generacionales de madre e hija con sordo marco de violencia doméstica y entrañable amor en la tercera edad de la vida.
Argentina también aportó lo suyo con filmes estupendos a la manera de La ciénaga, una removedora «ópera prima» de Lucrecia Martel, Nueve reinas de Fabian Bielinsky y la emotiva El hijo de la novia de Juan José Campanella, otro título inolvidable.
En otro orden de cosas, con Brillo de luna del tadjikistanés Bakhtiar Khudojnazarov, la singularidad estuvo dada –quizás — por un folclorismo exótico para estas latitudes aunque la referencia modélica de Kusturica resultó innegable y las imágenes, en algunas oportunidades, parecieron perder su calidad de cita para transformarse en calco moderado. Más original resultó El viaje de Felicia de Atom Egoyan, inquietante relato que permitió el disfrute de un excepcional Bob Hoskins. Por su parte, largometrajes como Traffic de Steven Soderbergh enfrentaron a la crítica con opiniones divididas a nivel de posibles calidades en la narración de un mundo contaminado por el narcotráfico.
Quizás menos discutible haya resultado el premio de Hollywood como Mejor Actor Secundario para Benicio del Toro por la ajustada interpretación que le valiera un Oscar, pero ya se sabe que toda consideración estética puede resultar opinable. La virgen de los sicarios de Barbet Schroeder repitió la temática aunque desde un particular ángulo más intimista, intentando recrear ese infierno tan temido.
Esta apretada síntesis tampoco debe olvidar a Billy Elliot de Stephen Dalry (aunque a muchos críticos no les gustó nada de nada); El beso de Judas de Sebastián Gutiérrez (un trhiller de aquellos, con Emma Thompson y Alan Rickman); Con sólo mirarte de Rodrigo García (premio de Cannes con gran despliegue actoral de Glenn Close y Holly Hunter, entre otras); La musa de Albert Brooks (divertida sátira cinéfila con Sharon Stone y Andie Macdowell); El jardín de la alegría de Nigel Cole (sólo por la notable interpretación de Brenda Blethyn); La comunidad de Alex de la Iglesia (un españolísimo director de culto homenajeando a Hitchcock); Ladrones de medio pelo de Woody Allen (siempre el mismo, siempre diferente) y Cerdos y diamantes de Guy Ritchie (un filme absolutamente delirante). No fue un mal año después de todo.
En el último mes del año, se estrenó Requiem para un sueño, del cineasta independiente Darren Aronofsky, que es un crudo retrato de la sociedad moderna con todos sus agobiante
s traumas.
El filme, que narra una historia de adictos a la droga, la comida y la televisión, es una desencantada mirada a los escenarios contemporáneos gobernados por el consumismo y las apócrifas recetas contra la angustia de un destino cargado de incertidumbres. *
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