Los mejores discos extranjeros del año
La musa dylaniana irrumpió con una hondura poética en un disco maravilloso y si se quiere conmovedor como Love & Theft. Son canciones-faro, canciones de una extraordinaria resolución en su fase letrística y en su fase musical. El judío sigue soplando en el viento canciones tan profundas, tan canciones-espejo que revelan notablemente el suceder de la época y sus incidentes.
Otro de los discos superlativos del año es, evidentemente, No More Shall We Part del brillante compositor australiano Nick Cave. Junto a su banda The Bad Seeds fundó una suma de canciones oscuras y melancólicas, regadas de una belleza tortuosa: un exorcismo con melodías fundadas desde el hueso, canciones rotas, desgarradoras sobre el suceder de las pertenencias y las desolaciones afectivas. Impresionante.
Impresionante regreso el del canadiense Leonard Cohen, luego de una larga mudez discográfica:su disco New Ten Songs marcó la sorpresa del año y la comprobación de que el cantautor sigue manteniendo una vigencia y un modo de componer y decir incomparables. Uno de los poetas mayores en lengua anglo, Lenny Cohen –junto a la producción y las voces de la exquisita Sharon Robinson– produjeron una perla nocturna, como para escuchar esos materiales con una receptividad reflexiva, algo que vale para los discos de Dylan y Cave.
Y si hay que elegir un disco de mejor banda ese es, por supuesto, Amnesiac de los Radiohead. Su líder, Thom Yorke se ha convertido en una referencia indispensable para cualquiera que se piense artísta. Es un ejemplo –junto a su excelentísima agrupación– estético, ético e intelectual, además de ser el poeta por excelencia de lo que fuese la década de los noventa. Si alguien definió a los noventa ese fue Thom Yorke en el disco de los Radiohead, OK Computer. Después llegó el tono radical, de cuño experimental en Kid A y finalmente este año los Radiohead se mandaron otra obra mayor como Amnesiac, como para repotencializar sus fuente creativa y ser un grupo hartamente creativo y vigente en los primeros tramos del siglo XXI.
La compositora islandesa se despegó netamente de otras colegas con la edición del finísimo Vespertine, un disco donde la peculiarísima cantautora trabaja en direcciones estilísticas diversas con resultados y magníficos y manifestándose desde una poética evanescente con un fluir vocal impactante. Pero otras mujeres, no obstante, se lucieron notables como P.J. Harvey y su letánica y a la vez cristalina poética en el hechizante Stories From The City, Stories From The Sea, la siempre imprevisible Tori Amos se despachó, con ese nivel de experimentación sonora y vocal que la caracteriza, con un discazo hecho de covers (versiones) denominado Strange Little Girls.
El gran regreso lo marcó una de las mayores compositoras de toda la historia de la cultura rock: Laurie Anderson. Su disco Life On A String es pura poesía. Hay una predisposición a la densidad de contenido de poético, que a sus siempre estructuras sonoras experimentales. La Anderson, una fuera de serie, volvió para sacudirte la modorrra y las telarañas del alma con refinamiento y hondura. Macy Gray, en cambio, con la edición de The Id consolidó que -junto a Lauryn Hill- son la celebración más importante y festiva, por cierto rigurosa del soul y el funk. Muy bueno su compacto.
Otros discos tan importantes como sus autores de regreso a las bateas: las hermosas variaciones compositivas de ese ser luminoso que viene a ser Caetano Veloso y que exigen atención y reflexión crítica, el más puro goce en su cosecha de canciones para el muy buen disco Noites Do Norte, que no llega a los niveles de excelencia de Estrangeiro o Circulado, pero que demuestra que el bahiano tiene cuerda para rato por su infatigable caligrafía poética y sus envolventes músicas. El Próxima estación: esperanza, de Manu Chao, es cierto que obtuvo críticas divididas. Algunos le objetaron a Manu –el más notable ejecutante de una estética nomadista, en franco y persistente on the road– que se estaba repitiendo, luego del merecido impacto mayor de su anterior trabajo Clandestino. Si el compositor sigue repitiéndose con esa calidad y esa forma de manejar métricas simples y despojadas, al igual que su letrística y que sigan funcionando en la estructura de canción popular, pues bienvenido sea. Impecable.
Y para no olvidar: Look In The Eyeball nos ha devuelto, por fin, al mejor David Byrne (el ex líder de los inolvidables Talking Heads): mestizaje sonoro, ecos de los Talking, experimentaciones y textos espléndidos. El disco latino del año: Silver Sorgo, del maestro Luis Alberto Spinetta, un guerrero que jamás detiene su marcha y te abofetea con su enorme sentido poético y musical. *
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