LIBROS

El guerrero del crepúsculo

La literatura es –por antonomasia– una partera de ficciones. Sin embargo, se nutre recurrentemente de la indispensable materia prima de la realidad, para fraguar pacientemente un complejo mosaico de emociones humanas.

El arte de las letras se alimenta habitualmente también del universo de los sueños, de esos laberintos oníricos que transitamos involuntariamente cuando nuestros extenuados párpados caen cada noche como inexorables sentencias.

En ese momento, el freudiano inconsciente se apropia de los territorios de la conciencia y todas las imágenes impresas en nuestras retinas y memorias parecen acudir simultáneamente a los paisajes del presente.

El escritor uruguayo Hugo Burel es un narrador de fina sensibilidad, capaz de «invadir» con su osada pluma los espacios cotidianos. Aunque sus personajes son ficticios, suele soplar sobre ellos un aliento de vida tan intenso que los transforma en criaturas de la realidad.

En El guerrero del crepúsculo, obra por la que cosechó recientemente el prestigioso premio de narrativa Lengua de Trapo en España, el autor compatriota construye una novela de trazo tan dramático como despiadado.

Renunciando deliberadamente a toda referencia de tiempo y espacio, el creador de El vendedor de sueños, El elogio de la nieve y doce cuentos más, Los dados de Dios y El autor de mis días entre otros recordados títulos, sumerge al lector en la peripecia de un vendedor de libros que acaba de ser sometido a una delicada operación de cerebro.

Al abandonar el hospital donde presuntamente ha permanecido internado durante un prolongado lapso, el hombre siente la angustiosa sensación de haber perdido el dominio de algunos de sus sentidos, lo que sería razonable durante el período de convalecencia.

Esta primera secuencia de imágenes que se precipitan como cataratas, sitúa al lector –al igual que al personaje– en un auténtico espiral de confusiones y recuerdos, quizás amputados por un bisturí que sepultó parte del pasado del protagonista en un aséptico quirófano.

Mientras deambula sin rumbo procurando recuperar parte de la vida perdida y retomar contacto con sus escenarios habituales, el vendedor de libros ingresa en otras dimensiones, como si se hubiera apropiado de la ecuación del tiempo. Un cine clausurado y reciclado en templo religioso le da la pauta del inexorable devenir y los cambios culturales ya instalados en sus territorios cotidianos. De la antigua sala de exhibición apenas sobreviven algunos descascarados murales, donde el guerrero del crepúsculo simboliza, quizás, la rebeldía de quien desafía a la resignación.

La sala de espera de un consultorio médico que se transforma en un infierno, la autoritaria recepcionista, una actriz devaluada y sumida en la demencia y un neurocirujano alcohólico y decadente, asumen en la pluma de Burel la estatura de fantasmales presencias.

El escritor construye pacientemente una compleja arquitectura de fantasías reales despojadas de toda lógica y geometría, asumiendo que el caos es –en definitiva– sólo la representación simbólica de la materia en desorden.

Imprimiendo a su pluma un sesgo surrealista, el autor hace descender a su personaje a las catacumbas de la desesperación, en una prolongada secuencia de situaciones aparentemente absurdas pero no tan inverosímiles: una cena en un restaurante de mala muerte que puede transformarse en una improvisada sala de operaciones, el encuentro con dos patológicos policías que cazan imaginarios conspiradores y la visita a un prostíbulo, que se transforma en una experiencia erótica casi mística. Hugo Burel juega con los diálogos, las emociones de los personajes y el tiempo. Sin advertirlo previamente, sorprende al lector tomando imprevistos atajos, transitando intrincados laberintos y demoliendo los límites de lo previsible.

Todos los personajes del relato –de un modo u otro– representan la frustración: el vendedor de libros que no vende, la recepcionista que gana un ficticio espacio de poder a cambio de la humillación, la demente actriz que ya abandonó el mundo de los cuerdos y el anciano médico, que es apenas un mero despojo humano agobiado por la decadencia y el vicio.

Burel manipula la tensión dramática hasta límites claustrofóbicos, lanzando a sus personajes a una pesadilla donde las emociones parecen abolidas por la perentoria emergencia de sobrevivir.

El guerrero del crepúsculo es una novela de fina y acendrada escritura, que desnuda el alma de seres irredentos enfrentados a su destino, en paisajes de contundente e inhóspita desolación.

En esos territorios que sugieren reflexionar sobre la frivolidad posmoderna, el autor ensaya una nada estridente apología de la cultura libresca. *

 

(Editorial Lengua de Trapo)

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