CAETANO VELOSO EN EL CINE PLAZA

El hombre de los brazos abiertos y la enorme sonrisa

Apartir de ese instante, centenares de personas rendidas a sus pies reaccionan al unísono al menor movimiento de sus ojos o bailoteo de sus pies.

El hombre, sabedor de la influencia que ejerce sobre su auditorio, de la atracción que sienten sus ojos, del placer que invade sus oídos, permanece durante dos horas frente a ellos, dando mucho, mucho, mucho más de lo que cualquiera de ellos espera.

Y en esa comunión se pasa el tiempo. Caetano bailando con las manos en alto, abriendo y levantando los brazos, moviendo los labios a veces sin emitir sonidos, sentado al frente sólo con su carisma.

Caetano abre el fuego con temas de su último disco, Noites do norte, título que parafrasea al poeta brasileño Joaquim Nabuco y celebra el fin de la esclavitud.

Y así se suceden Noites do norte, 13 de Maio, Zumbi, Zera e reza, Rock´n Raul. No faltan joyas de su discografía como Manhatâ, Desde que o samba e samba, Haiti o Tren das cores.

Pero luego del espectáculo, cuando el hombre delgado de la cabeza poblada de canas y la enorme sonrisa vuelve al escenario para agradecer el aplauso de cinco minutos que sólo pide una canción más, empiezo a pensar que lo que ocurrió en las pasadas dos horas en el Cine Plaza es producto de mi imaginación.

Porque no se puede cantar en silencio, como lo hizo Caetano en Tren das cores.

Porque no es posible mover un auditorio entero con el vaivén de los ojos.

Porque no debe haber tambores que suenen como los de Marcio Vitor, Josino Eduardo, Eduardo Josino y André Júnior.

Porque debe ser fruto de la imaginación el solo de violoncello de Jacques Morelembaum en Cajuína.

Porque el abrazo de un hombre y una guitarra no pueden provocar un silencio tan cerrado como el que envolvió las versiones de O Leâozinho o Angelitos negros.

Porque no se puede disfrutar tanto al cantar como lo hizo Caetano durante Zumbí.

Porque no entra tanta fuerza en una sola canción, como la que levantó en vilo la sala en Rock´n Raul o Haiti.

Porque no debe ser cierto que Caetano se tiró al piso a aplaudir a tres morenos bailando sobre el escenario.

Y además porque un día, al escribir Pra ninguém, Caetano proclamó: «Melhor do que o silencio só Joâo». Y el domingo eso cambió durante dos horas.

Pero si el trance inducido por el hombre delgado de la cabeza poblada de canas y la enorme sonrisa realmente ocurrió, la esperanza es cerrar los ojos y ponerse a escuchar Noites do norte para ver si el milagro vuelve a repetirse. *

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