El arte en América Latina existe
Hay muestras de interés por varios lugares (Sol LeWitt en Fundación Proa, Berni y Raúl Lozza en Centro Cultural Borges, el V Premio Klemm, en la Fundación homónima, un par de buenas propuestas, en especial Palabras perdidas, en el variopinto Centro Cultural Recoleta, la inauguración del monumento de Dennis Oppenheim en el Parque de la Memoria, apertura de nuevas galerías en la calle Arenales, la espléndida arquitectura de César Pelli, el puente de Calatrava en Puerto Madero), aunque el imán más poderoso se concentra en el recién inaugurado Malba (Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires, sede de la Colección Costantini, en buena parte conocida en Montevideo). Es un hermoso edificio. Son excelentes la fachada, entrada, terraza escultórica, auditorio y cafetería, todo cuidado en los detalles y contemplando a los visitantes con movilidad reducida y, sin embargo, a regañadientes cumple funciones museísticas. Se privilegió en el Interior un amplio espacio triangular intensamente iluminado que absorbe cualquier obra colocada en el vestíbulo, en detrimento de las salas de exposiciones (permanentes o temporarias) demasiado estrechas, en especial los corredores, donde no hay distancia suficiente para la recepción adecuada de cuadros o fotografías. El precio de la entrada es bastante alto para estas latitudes (4 pesos o dólares) aunque los mayores de 65 años se benefician de la rebaja del 50% y los jubilados tienen acceso gratuito. Pero es el público joven al que se dirige o pretende captar, sin duda el más proclive a los nuevos lenguajes estéticos, que no siempre cuenta con las posibilidades económicas (menos en estos momentos) y puede ser un factor desestimulante.
La Colección Costantini (centrada en la modernidad y las vanguardias históricas, integrada por 228 obras) está presentada de manera convencional, con varias piezas, poco enjundiosas, de un mismo artista que resultan innecesarias. Los que se destacan, por la alta calidad, son los maestros uruguayos (Sáez, Barradas, Torres García, Carmelo Arden Quin, Rhod Rothfuss, y Figaris menores), aunque esta tónica de calidad no es la dominante en los restantes trabajos, salvo en Tarsila do Amaral, Berni, Xul Solar, Kosice, Blaszko o De la Vega y las generaciones recientes. Como panorama histórico no es muy convincente. De cualquier manera, esta colección particular es un orgullo para el país que hay que conocer y disfrutar.
El último miércoles se sustituyó la mitad de la colección para dejar paso o espacio (ya se notan las limitaciones) a la primera exposición temporaria Políticas de la diferencia. Arte iberoamericano fin de siglo. Es, junto a la muestra Caribe insular, organizada por María Lluïsa Borrà s y Antonio Zaya, durante 1998 en Badajoz y Madrid,, uno de esos acontecimientos renovadores y significativos que abren nuevos caminos de conocimiento y comprensión de una realidad artística largamente postergada. Ahora se puede afirmar, sin ninguna duda, que el arte en América Latina y el Caribe existe y tiene creadores de una imaginación personal e inconfundible.
Surgida de Diálogos Iberoamericanos realizado en Valencia en 2000 y organizada por el Consorcio de Museos de la Comunidad Valenciana con el formidable impulso e intrepidez de Consuelo Císcar, subsecretaria de Promoción Cultural de la Generalitat Valenciana, la muestra Políticas de la diferencia. Arte Iberoamericano fin de siglo consigue la admiración y el deslumbramiento inmediatos del especialista. Por varios motivos. Uno de ellos es evitar los lugares comunes (como lo hizo Caribe insular, aquí extrañamente silenciada) de una visión lineal y geográfica y otro, recurrir a figuras escasamente divulgadas en el ámbito internacional. Así, el visitante puede descubrir personalidades atractivas surgidas en la década de los noventa, años en los que se concentra la exhibición, por artistas de 26 países, entre los que se encuentran Antillas Holandesas, Curaçao, Costa Rica, El Salvador, Haití, Jamaica, Martinica, Nicaragua, República Dominicana, Suriname y Trinidad, territorios de los cuales se ignora (casi) todo.
En principio pareció una idea divagante, de difícil concreción y una sonrisa escéptica se dibujó entre los asistentes al escuchar la novedad. No obstante, los coordinadores de la muestra, Kevin Power y Fernando Castro, en colaboración con nueve curadores de la región condujeron, durante año y medio, con mano firme una investigación de envergadura que quedará registrada como un hito en la historia del arte de América Latina y el Caribe. Se disuelven las rígidas fronteras de los lenguajes tradicionales y, mientras la pintura de caballete se evapora, emergen las instalaciones, la nueva fotografía (mucha a la sombra de Cindy Sherman), las acumulaciones escultóricas, videos e imágenes digitales.
La exposición se desenvuelve en torno a cinco ejes temáticos: El lenguaje del cuerpo, observado o tratado en su aspecto social e individual, en la sexualidad femenina, masculina y homosexual. Un ejemplo claro y contundente es el paraguayo Ricardo Migliorisi y sus fotografías ya conocidas en la Bienal del Mercosur del 99; Identidad, historia y memoria y los aspectos cambiantes que adquieren las referencias identitarias que ya no son lo que eran; Voces de mujer, la aparición de mujeres artistas, un fenómeno que caracteriza a todos los países; Problemas sociales contextuales y la constante preocupación por el entorno social sembrado de violencia, corrupción, la denuncia política y desastres ecológicos de diversa índole; Retorno de la subjetividad como una manera de dar respuesta, desde adentro, a una realidad opresiva y opresora. Entre los seleccionados hay varios que viven en Estados Unidos.
Como de costumbre hay un enorme, pesadísimo y poco manipulable catálogo de 686 páginas con profusas ilustraciones, excelentemente diagramado e impreso, que recoge textos de los curadores y de 17 críticos de varios países, en gran parte desconocidos y con reflexiones inteligentes en la mayoría de los casos. Algunos subrayan especialmente y con sensatez, la falsa pretensión de que la selección sea representativa del conjunto de la actividad artística del país (Cuauhtémoc Medina, México) o de la inutilidad de hablar de arte latinoamericano o centroamericano, sino de arte en América Latina y de Centroamérica (Virginia Pérez Ratton, Costa Rica), más ajustado a la diversidad que los caracteriza. o el abandono de la ética en los medios artísticos (Aracy Amaral, Brasil). Todos hacen referencias a las características generales del arte de los 90 y destacan aquellas personalidades significativas, algunas de ellas seleccionadas para la exposición.
Por Uruguay participa un buen cuarteto: Alejandra del Castillo, Ricardo Lanzarini, Mario Sagradini y Ana Tiscornia, radicada en Nueva York. A excepción de Lanzarini, están más cercanos a la década del ochenta, mientras que la ausencia de Marco Maggi, viviendo en Nueva York, Héctor Solari en Alemania y Mario D´Angelo correspondiendo a la emergencia de los noventa, con una densidad conceptual y una innovadora formulación, son realmente insoslayables y debieron tener por lo menos una referencia escrita. Señalar nombres de un doble centenar de presencias, sería injusto. Lo importante (a pesar de una distribución apretada de las obras, por momentos perjudicial) es la visión de conjunto, la variedad y riqueza de los participantes bien articulados en los diferentes items, que parcialmente han integrado los envíos a las bienales del Mercosur y Caribe Insular, entre otras posibles. La muestra merece una visita y permanecerá habilitada hasta el 17 de febrero, además de la planificación de conferencias y proyección de cine lat
inoamericano durante su permanencia, para recorrer luego San Juan de Puerto Rico, Caracas, México y Valencia, ya en 2003. El Museo Malba, situado en Figueroa Alcorta y San Martín de Tours, a pocas cuadras de la Recoleta, está abierto lunes, jueves y viernes de 12.00 a 19.30, sábados, domingos y feriados de 10.00 a 20.00 y los miércoles (entrada gratuita) de 12.00 a 21.00, siendo los martes el día de descanso. *
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