La conquista del Plata

Jorge Drexler está sentado en la mesa del bar terminando una entrevista. Tiene cara de cansado. Viene de una gira por Argentina en la que hizo nueve shows en diez días. Y le tocó vivir en el medio de su recorrida, las drásticas medidas económicas que está padeciendo el vecino país.

«Todas las personas con las que trabajaba estaban en pánico, las personas para las que tocaba, las personas con las que viajaba en el ómnibus de una ciudad a la otra, los del hotel. Yo me sentía hasta avergonzado de estar ahí tocando», cuenta Drexler. «Los primeros shows fueron antes de las medidas. El segundo recital del Astral, en Buenos Aires, estuvo muy bueno, pero en otros que fueron después de las medidas de Cavallo, como los de Rosario y Córdoba había menos gente de la que esperábamos. Los últimos cuatro shows fueron muy duros, con un tercio de taquilla. La situación era terrible, había toda clase de rumores, desde que iban a expropiar todas las cuentas bancarias, hasta que muchos bancos habían quebrado. Una paranoia espantosa. Vi derrumbarse el país delante de mis ojos. Y todo eso estuvo mezclado con cosas rebuenas para mí. La revista Rolling Stone, por ejemplo, eligió Sea entre los mejores diez discos del año y me hizo una entrevista de cuatro páginas. La gira fue una experiencia muy interesante y muy dura. Aprendí mucho. Fue parecida a la primera gira que hice en España presentando Vaivén, donde tuve que ir a tocar a lugares, solo contra la tempestad, con mi guitarra. No me acompañaba nadie de la discográfica. Me esperaba alguien de la organización en la estación del tren, que me reconocía por la guitarra. Toqué en ciudades pequeñas por toda España en las discotecas, a veces sólo para cuatro personas que me escuchaban con atención. No sabés lo que aprendés tocando ahí. Hasta la quinta canción querés salir corriendo».

 

–Con todo lo malo que ha sido este año en lo económico, parecería sin embargo que en materia musical las cosa no anduvieron tan mal. Aquí hubo por ejemplo muchos buenos ciclos de recitales, como los de Fernando Cabrera y Eduardo Darnauchans…

–Yo fui a ver a Cabrera al Teatro Alianza cuando estuve en mayo y fue el mejor espectáculo que vi en años. Mi mujer que es española, y no es una fan particular de la música uruguaya, me decía «este recital y el que vimos en Estocolmo de Rickie Lee Jones es lo mejor que vimos en los últimos cinco años». Y lo que no vi es a gente desbordando la sala y peleándose para entrar, que es lo que debería pasar con un recital de ese nivel. Pero claro, ya tocar mucho en Uruguay es algo muy bueno. Yo creo que lo que está pasando en Buenos Aires con la música uruguaya le está dando una inyección muy grande a los músicos. Y también influye en la gente, que de repente ve a músicos uruguayos como Rada o Jaime Roos en los programas de televisión argentinos. Creo que gran parte de mi familia se tomó en serio mi carrera musical cuando me vio almorzando con Mirtha Legrand. Esa clase de cosas puede hacer que despierte en algunos las ganas de descubrir nuevos músicos.

Para nosotros todo está descubierto hace mucho tiempo, pero las cosas se están decantando recién ahora. Aunque la licuadora la haya inventado Mateo, hoy en día la gente está por fin utilizando el sistema y metiendo las cosas adentro. Hoy hay tambores en todos los barrios de Montevideo. Tal vez se toque peor el candombe que hace diez años, pero se toca mucho más. Dentro de diez años va a haber una nueva generación de percusionistas. Otra cosa es que la música uruguaya está descubriendo algo que tiene mucho mérito y que gran parte de los disparadores como Lazaroff o Mateo no supieron hacer en su momento, que es generar una capacidad de difusión. Con la admiración que siento por todos ellos y con el perdón de los próceres, tengo que decir que también admiro a la persona que sabe en qué riachuelo poner su barquito de papel. Venimos de una generación en la que la gente hacía su barquito de papel y lo escondía en la casa. De repente apareció una camada de gente que busca dónde poner ese barquito. Si lo tuyo es el diseño naval, es fácil decir «esto ya está inventado». Es obvio, pero hay que saber ponerlo en un sitio.

Hay cifras para mí enormemente reveladoras. Natalia Oreiro pasó el millón de copias vendidas en Europa del Este. Yo tengo mis gustos, prefiero a Fernando Cabrera. Pero nos guste o no estéticamente, ella hace música uruguaya, aunque no tenga códigos que te lleguen a vos. Es una uruguaya de un barrio de Montevideo que desarrolló una metodología para surfear en el ojo del huracán.

Yo escuché a Chocolate sonando a tope en el verano vasco. Para llegar ahí tuvo que pasar por Madrid, Barcelona y un montón de filtros. Y ahí si que hay códigos uruguayos, porque la impostación es murguera, los coros también y hay tambores de candombe aunque te parezca un desatino que aparezca una cuerda de tambores en una canción como «Mayonesa».

 

–Simplificando mucho, ¿te parece que el motivo que tu música se haya difundido mucho más que la de Cabrera, por ejemplo, es que supiste poner tu barco en el curso correcto?

–No lo sé. Creo que sí. También puede tener que ver con que yo soy un emigrante de primera generación en Uruguay. Mi padre no nació aquí, y yo repetí el ciclo, estoy viviendo afuera y tengo el apetito del recién llegado y a su vez la multiplicidad de información. Veo las cosas con perspectiva y eso me da una visión macroscópica muy importante.

 

–Con Frontera y Sea, tus dos últimos discos, se hizo mucho hincapié en el sonido, más electrónico. Sin embrago yo los veo como tus discos más uruguayos, ¿estás de acuerdo?

–Sí, totalmente. Esos discos son un ejercicio de reconexión. En España les llamó mucho más la atención el tema de la electrónica, «Doctor tecno» fue el título del comentario de El País de Madrid. Para mí lo más importante fue esa reconexión espacial, una vuelta a la región. Yo acababa de tener un hijo y me di cuenta de que eso era un lazo muy importante con España. Me planteé un montón de cosas. El hacer esos discos fue un nexo muy importante con Uruguay. Ahora tengo mi equipo de trabajo acá. Justo en el momento en el que tenía que haber apelado a grabar con un productor español vendedor de discos, con los que tengo mucho contacto, porque escribo para todo el mundo allá. Era lo que la compañía esperaba. En ese momento tuve una crisis personal que me llevó a esa necesidad de reconectarme con Uruguay. Cuando vivía acá nunca se me hubiera ocurrido grabar una cuerda de tambores en una canción mía, por pudor. En España, lo digo sin temor a represalias, he tocado el tambor chico en público, sabiendo que no lo sé tocar muy bien. Pero probablemente los españoles nunca vean nada más parecido al candombe que lo que vieron conmigo.

Todo eso significó darle la espalda a unas cuantas cosas y me lo cobraron. Comercialmente mi carrera se estancó en España. La gente no entendió, pensaron que hacía canciones «caribeñas» (así entendieron los aires de candombe, chacarera y murga) para vender en el verano. En Sea fue más difícil aún, porque el sonido era más pop, sólo entendés la vinculación con Uruguay si sos uruguayo o argentino. El tema «El tamborero» es un candombe sólo si vos le agregás lo que falta. Sólo si escuchaste el rumor de los tambores desde dos cuadras entendés que lo que suena es un candombe.

He ganado fama en España de ser un conflicto para las discográficas, de no vender muchos discos. Pero por otro lado he triplicado el número de ventas
de entradas y he ganado mucho en difusión y todo el mundo sigue pidiéndome canciones. Entre eso y que el mercado argentino se me abrió como una flor, creo que la opción no fue tan mala.

 

–Vas a seguir viviendo en Madrid entonces.

–A mí me gustaría vivir cada vez más tiempo acá. Pero ya no depende de cuestiones laborales. Yo podría mantener un buen nivel de trabajo en España invirtiendo el orden. Ahora estoy tres meses en Montevideo y nueve en España, podría hacer lo opuesto. pero eso depende de asuntos personales, de cómo se adapta mi familia española acá, y eso es más complicado que hacer un disco. *

 

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