La caravana de la muerte
El denominador común de estos fenómenos que han escrito la historia a sangre y fuego, es la globalización del odio.
Todo es posible cuando se aniquila a miles de inocentes por el «pecado» de estar en dos edificios que simbolizaban el imperio financiero o se arrasa cobardemente a pueblos indefensos, mujeres y niños en un país lejano y culturalmente diferente.
El infierno bíblico tan temido está en la Tierra, en una recurrente ecuación de causalidad. El hambre y la desocupación de hoy en la balcanizada América latina, nacieron del ominoso vientre del autoritarismo, ese flagelo que desgarró las entrañas de nuestro Uruguay, la hermana Argentina y el Chile de utopías asfixiadas por una banda de asesinos encabezada por el ex dictador Augusto Pinochet.
El periodista español Gustavo Sánchez, que adquirió notoriedad por registrar en su obra las terribles secuelas de conflictos bélicos contemporáneos, asume en esta oportunidad el desafío de denunciar los aberrantes crímenes cometidos por la dictadura chilena.
La caravana de la muerte es –en efecto– un documento que impacta por su crudeza y la elocuencia de su lenguaje gráfico y escrito.
En el prólogo de este libro, el Premio Nobel de Literatura José Saramago –una de las plumas sin dudas más comprometidas de la literatura contemporánea– reflexiona acerca del dolor, la injusticia y sus ominosas consecuencias.
También es valioso el aporte de la escritora chilena Patricia Verdugo, autora de numerosas investigaciones sobre las atrocidades perpetradas por los uniformados que ultrajaron al pueblo chileno.
La caravana de la muerte evoca la masacre protagonizada por un grupo de militares que recorrió parte de Chile a bordo de un helicóptero Puma poco días después del golpe de Estado al mando del general Sergio Arellano, uno de los más feroces perros de presa del tirano.
Este auténtico comando de exterminio recaló en Calama, Antofagasta, Copiapó, La Serena y Cauquenes, asesinando a 74 opositores con irracional saña criminal.
Muchas de las víctimas de esa «cruzada» del odio integran –aún hoy– la nómina de los más de tres mil desaparecidos registrados por familiares y organizaciones de derechos humanos. Otros, en cambio, ya tienen tumba con nombre y apellido, luego que sus cuerpos fueron encontrados en profundas fosas comunes.
Renunciando a toda pretensión literaria, Gustavo Sánchez recopiló los numerosos testimonios de familiares, amigos y allegados de las víctimas que se incluyen en este libro.
El autor registra el intenso dolor de los damnificados con sus propias palabras y sin inconvenientes maquillajes. Por estas páginas desfilan padres, madres, hijos y familias enteras destrozadas por el oprobio y estigmatizadas de por vida.
Sánchez no soslaya nada, asumiendo que este es un libro de denuncia que rescata los dispersos fragmentos de la memoria de un pueblo que fue sometido y humillado por el terror del patológico mesianismo.
Para incrementar la tensión dramática y emocional de esta obra sin dudas removedora, el escritor español aporta documentos gráficos que muestran los rostros casi fantasmales de esas almas en pena que –exhibiendo las fotos de los seres queridos asesinados– claman por justicia y una razonable reparación a tanto sufrimiento.
La transcripción de los numerosos testimonios contenidos en esta obra, desnuda en toda su dimensión la tragedia de un pueblo que aspira a preservar la memoria de lo sucedido y a reencontrar su identidad.
Los relatos resultan –en algunos casos– pesadillescos. Las víctimas de la denominada «caravana de la muerte» fueron aniquiladas con métodos que ciertamente impresionan por su crueldad. Hubo fusilamientos en masa, pero muchos fueron asesinados a puñaladas y horriblemente mutilados.
El autor no se detiene en la mera descripción de la masacre. También captura la pesadilla de los familiares que, además de la irreparable pérdida, debieron padecer persecución, marginamiento y hasta hambre. Algunos, incluso, quedaron dementes o se suicidaron.
La caravana de la muerte es una crónica de terror, que procura –de algún modo– contribuir a ir restañando las heridas derivadas de una tragedia colectiva que aún nos conmueve. Uruguay, que tiene sus propios muertos y desaparecidos, bien sabe que el desafío es seguir reconstruyendo la memoria para cerrarle el camino a la impunidad. *
(Ediciones del Grupo Trecho)
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