Partes del naufragio

Jorge Arias

Sólo a los diez minutos de comenzada la obra, cuando Rosita Freiría dice un chiste que, por lo que creemos, es del adaptador Omar Varela y no de Jandira Martini, oímos las primeras risas del público, que fueron también de las últimas.

A todo hemos de decir que no: la pieza no es divertida, no hace reír, no tiene gracia, ingenio, profundidad, ideas. Ni siquiera es teatral, porque la acción no se ve, sino que se cuenta.

La historia, aparentemente costumbrista, de las dos funcionarias que quedan sin saber por qué en un biblioteca abandonada que sólo frecuenta una devota de Horacio Quiroga, revlea una verdadera historia casi policial, que incluye el tráfico de drogas y que revela que aquella derelicción burocrática no era casual.

La originalidad argumental, basada en un baúl indiscreto, es la misma de aquellos sainetes de comienzos de siglo que arreglaban todos los problemas con las providenciales monedas de oro que caían del nonno, cuando sus famélicos descendientes lo desarmaban para hacer leña.

Pero los módicos enigmas de A la deriva no son nada comparados con esta piedra de Roseta, que nos desafía: ¿cómo y por qué esta obra llego al escenario del Anglo?

A la deriva, de Jandira Martini, en traducción y adaptación de Omar Varela, por la Compañía Teatral Italia Fausa.

Con Cristina Morán, Rosita Freiría y Elena Brancatti.

Iluminación y espacio escénico de Eduardo G. Cardozo, Paula Kolenc y Alejandra Fleurquin, dirección de Omar Varela.

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