El doble mensaje de Hollywood
Forlán Lamarque
División de honores. Hollywood dejó atrás su tendencia conservadora y galardonó a Belleza americana, un filme con un guión quirúrgico sobre los efectos del modo de vida norteamericano.
El american dream hecho pedazos casa adentro. Pero en los rubros técnicos también fueron cuatro para La Matriz, el título de los hermanos Wachowski.
Cuatro estatuillas para este formidable relato: mejor película, mejor director (Sam Mendes), mejor actor (Kevin Spacey) y mejor guión original (Alan Ball). Fuera quedó la estupenda Annette Bening, pero puede comprenderse: la performance de Hilary Swank es tan conmovedora en Los muchachos no lloran, que no deja lugar a ningún tipo de objeción.
Tampoco deja margen de dudas el Oscar obtenido por el inmenso británico Michael Caine por su labor en la estupenda Las reglas de la vida, aunque más controversial puede ser el galardón a Angelina Jolie por su trabajo en Inocencia interrumpida, ambos candidatos en la categoría de mejor actor de reparto.
Se trató de una ceremonia que más que nunca fue un tributo al cine y vaya si uno se conmovió cuando se premió la trayectoria del maestro polaco Andrzej Wajda y se proyectaron secuencias de su memorables filmes. Y hay que celebrar, por ejemplo, que Pedro Almodóvar se llevara el Oscar en la categoría mejor película extranjera, un premio al talento y la creatividad incesantes.
Pero hay que atender, más allá de las restantes premiaciones, que Hollywood articuló a partir de los galardones otorgados en «le Shrine Auditorium» un claro doble mensaje: reconocemos a los maestros eurpeos y nos ponemos de pie para ovacionarlos (el caso puntual de Wadja) y, al mismo tiempo, construimos una doble ruta de creación del espectáculo cinematográfico.
Una de ellas se permite la reflexión epocal y la crítica en un plano de real desenfado y profundiad (Belleza americana) y otra es la que apuesta al más noble ‘entertainment’ y a la labor coordinada entre efectos sonoros y visuales, dirección, guión, montaje rápido y caracterizaciones (el caso de La Matriz).
Quiere decir que Hollywood otorgó luz verde a esa línea del cine crítico y a la vez meticuloso, creativo, de espléndidas labores actorales como viene a ser Belleza americana. Pero, a su vez, Hollywood subraya esa línea demarcatoria para una saga de títulos donde la tecnología ha pasado a ser un componente esencial para el relato de historias. Y lo es de cara al a nuevo milenio.
En definitiva se puede ser crítico, contestatario y por cierto autocrítico de un modo de vida que seguramente trasciende a la superfice estadounidense en este mundillo globalizado: desde luego que Belleza americana es la punta del iceberg de otros títulos candidatos de impronta denunciatoria que amerita meditación en el espectador como El informante o El huracán o sensiblemente de Los muchachos no lloran.
Y asimismo se puede desplegar el gran espectáculo donde la tecnología, y es algo que ocurrió en forma saturadora con Episodio 1: La amenaza fantasma, en rigor se transforma en un personaje más, casi decisivo, pero sin que llegue a devorarse –digámoslo así– la performance en esta oportunidad de los protagonistas de La matriz, los casos de Keanu Reeves y Lawrence Fishburne.
Posiblemente este comportamiento o mensaje va en contra de, por ejemplo, el decálogo del Dogma que postuló el autor Lars Von Trier (dicho sea de paso el cineasta acaba de comenzar a rodar un nuevo filme y no respetará los mandamientos del Dogma, según anunció), pero indudablemente el mensaje fue más bien contundente. Basta comprobarlo con el memorable montaje al inicio de la ceremonia con Billy Cristal metiéndose en varios filmes y conversando con personajes célebres como Chaplin, el Travis Bickle de Robert De Niro en Taxi Driver o con el Vito Corleone de Marlon Brando en El Padrino, por citar solamente algunos ejemplos.
Hollywood subrayó, por lo tanto, que está abierta a todas las manifestaciones del arte de modelar cine. Que seguirá aceptando las superproducciones, pero que está muy atenta a otras variantes provenientes del cine independiente (el caso de la cineasta Kimberley Peirce y Los muchachos no lloran; el caso de Spike Jonze y su ¿Quieres ser John Malkovich?, por ejemplo), pero que seguirá patrocinando ese correo comunicativo entre la tecnología de última generación (los efectos de La Matriz son verdaderamente impresionantes) y toda la estructura cinematográfica, para lograr títulos de inocultable impacto a nivel popular y con historias estupendamente bien narradas.
Del mensaje de los votantes se desprende, entonces, a partir de esta reciente entrega de los premios Oscar en el Shrine Auditorium que todo es válido siempre y cuando tenga una grata resolución.
Belleza americana, la gran vencedora, provoca en los espectadores casi una mecánica de espejos y un claro fluir reflexivo. El arsenal tecnológico y las corridas de Reeves y el resto en La Matriz apuestan a una producción de adrenalina para el más auténtico sentido del espectáculo y el entretenimiento.
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