Crónica de un cineasta que demolió los burdos estereotipos de Hollywood
La película exhibida hace unos días es una versión más cercana a lo que el director en verdad pretendía, con el añadido de algunas escenas que fueron en su momento amputadas de la original, por las implacables tijeras de la distribución. El filme marcó — en su momento– todo un hito en la historia del cine negro policial, por su particular estética y su magistral escritura narrativa.
El tema de la justicia, su concepto, sus alcances, quiénes deben ejercerla y hasta dónde pueden llegar, ha sido recurrente y profusamente abordado por el ser humano desde diversas disciplinas, entre las cuales el cine no ha sido ciertamente la excepción.
Su innegable validez transforma a una película como Sed de mal, ciertamente una de las más grandes obras del mítico cineasta Orson Welles, en un crudo alegato que conserva plena vigencia a más de 40 años de su creación.
Esta versión, que tuvo lamentablemente un efímero pasaje por nuestra nutrida pero devaluada cartelera cinematográfica, no es exactamente la estrenada en 1958, sino que incorpora escenas que fueron censuradas en su momento, quita secuencias de otros directores que habían sido incluidas para reemplazar a las faltantes y se acerca mucho más al clima opresivo y oscuro que en aquel entonces pretendió crear el gran Welles.
La propuesta del célebre cineasta, auténtica figura de culto dentro del universo cinematográfico, era demasiado revulsiva para su época y de una crudeza desmesurada para lo que por aquel entonces pretendían las grandes compañías.
Una gran parte de las realizaciones de Welles sufrieron mutilaciones o despiadados cortes. Por ese motivo, se tornó aún más valioso el fugaz estreno de esta obra, que nos acercó una visión más acorde a ese Welles en estado químicamente puro que, en general, resulta tan esquivo a sus admiradores.
Desde su primera irrupción en la pantalla hace ya 43 años, la versión que se ofreció al público fue salvajemente mutilada por los productores. La cinta padeció un corte de 15 minutos con respecto a su metraje original, que fueron suplantados por escenas realizadas por otro director: Harry Keller. Posteriormente, el propio Welles difundió un memorando en el cual dio algunas especificaciones sobre cómo hubiera querido él que fuese el filme. Esta renovada versión, además de incorporar veinte minutos de metraje que no fueron incluidos en la copia de estreno, incorpora en el montaje algunas de las sugerencias de Welles, lo cual la torna más fiel a lo que realmente pretendía su director.
«¿Quién custodia a los custodios?»
Desde el comienzo del filme, una inquieta cámara escruta cada vericueto y rincón del escenario espacial donde se desarrolla la acción. Este recurso visual permite ir desnudando la degradación y decadencia del medio claustrofóbico y opresivo en el que se desarrollan los eventos, hasta un dramático y desesperanzador desenlace.
El relato transcurre en un ambiente sórdido y deprimido, donde la justicia es ejercida de manera arbitraria. Ello sugiere reflexionar en torno a la interrogante que se planteaba Juvenal, el famoso poeta satírico romano allá por el siglo I antes de Cristo, en una de sus célebres Sátiras: «Quis custodiet ipsos custodes.» (¿Quién custodia a los custodios?).
La mayoría de los personajes que se mueven en este mundo umbrío y corrupto son seres que ya han perdido su esperanza, criaturas que velan sueños perdidos y que ya no poseen –en general–más que la memoria de lo que fueron y el pesar de lo que ahora son.
Cada escena, tratada con una meticulosidad y un detallismo típicos de Welles y absolutamente inusuales para la época, nos sumerge cada vez más en el clima de ese desolado territorio, más específicamente la frontera entre México y Estados Unidos, y en su decadencia.
El realizador apela a tomas amplias que muestran muros arañados por la humedad, o solitarios paisajes plagados de desechos. Cada detalle es testimonialmente relevante y cada toma está construida con el cuidado y la minuciosidad de un óleo, a veces en pinceladas sutiles y apenas visibles, aunque el genial Welles apela también a trazos gruesos para convocar y atrapar la atención del espectador.
El relato comienza con un misterioso asesinato ocurrido pasando apenas la frontera entre México y Estados Unidos, del lado americano. Un juez mexicano llamado Vargas e interpretado por el magistral Charlton Heston, y un renombrado pero decadente policía, encarnado por el propio Welles, se abocan a la investigación del homicidio, cada uno por su lado. Las antagónicas visiones de la justicia que ambos profesaban no tardarán en chocar, en una clara muestra de conflicto dramático que Welles supo tratar con singular maestría en muchas de sus obras.
Hank Quinlan, el oscuro investigador que personifica magistralmente Welles, es un claro ejemplo de los desbordes del poder ocurridos cuando alguien se sitúa más allá de los límites que impone el marco legal del derecho de un país, para erigirse él mismo en infalible juez y jurado.
La oposición entre dos perspectivas totalmente disímiles, la visión idealista acerca de la justicia de Vargas, que reconoce los derechos tanto de inocentes como de culpables, y aquella más expeditiva y poco honesta de Quinlan, nos plantea un serio dilema moral, que es uno de los principales ejes de la narración: cuando se trata de hacer justicia ¿el fin justifica los medios?
En Sed de mal, Welles hace gala –una vez más– de un acendrado pesimismo en su despiadado análisis de la conducta humana, desmenuza los mecanismos del poder y la corrupción, al tiempo que nos deleita con tenebrosos climas magistralmente logrados y sugerentes escenas de finísima calidad estética.
Demuestra, a cada momento, el maravilloso don que siempre caracterizó todas sus realizaciones: el de retratar –como pocos– los aspectos más sórdidos del complejo entramado de la condición humana.
Orson Welles: la historia de un incomprendido
Orson Welles nació en Wisconsin, en el año 1915. Fue un niño prodigio, que pronto se rebeló contra la educación formal de su tiempo, para comenzar su carrera de actor profesional a la edad de 16 años.
A los 18 años ya era un aclamado actor en el experimental Gate Theatre en Irlanda.
A los 19 años, el futuro genio concretó su debut en Broadway, encarnando a Tybalt en una adaptación de Romeo y Julieta.
Años después, recorrería todo Estados Unidos con la compañía teatral de la actriz Katharine Cornell. Una serie de colaboraciones con el director y productor John Houseman lo llevaron a participar en el Proyecto Teatral Federal de Nueva York.
En 1936, con tan sólo 21 años, debutó en la dirección teatral con una innovadora adaptación de Macbeth, interpretada íntegramente por actores negros.
En 1937, el joven Welles fundó su propio grupo, llamado Mercury Theatre, el cual produjo revolucionarias obras de teatro tanto para la radio como para el arte escénico. Ese mismo año, el inquieto artista pudo saborear el éxito con su producción de Julio César, la cual rescribió y situó en la Italia fascista contemporánea.
Pronto, Welles estuvo dirigiendo a los actores del Mercury en dramas radiofónicos semanales de una hora de duración para la CBS. Aquí demostró, una vez más, su mágica capacidad para explotar las potencialidades de cada medio de expresión, llevándolo mucho más allá de lo imaginable. De esta manera, usufructuó la intimidad de la radio para llegar con más eficacia narrativa al público.
Pero fue principalmente la retransmisión en Halloween en 1938 de La guerra de los mundos de H.G. We
lls, lo que lo lanzó a la fama en forma definitiva.
La narración fue tan realista, los boletines de noticias confeccionados y los testimonios de testigos oculares eran tan auténticos en su información del aterrizaje de los hostiles Marcianos en Nueva Jersey, que la retransmisión provocó un estado de pánico colectivo entre los ingenuos radioyentes de la época, tan influidos desde el cine, el cómic y la literatura por historias de ciencia ficción de similar tenor.
Esta fama repentina llevó a la compañía RKO a presentar a Welles en Hollywood para producir, dirigir, escribir y actuar en dos películas por 225.000 dólares, más el total control creativo y un porcentaje en los beneficios.
Esta fue la más fabulosa oferta propuesta por un estudio de Hollywood a un cineasta novato.
Luego del fracaso de varios proyectos, entre ellos una versión de Corazón de Tinieblas de Joseph Conrad, novela adaptada más tarde en Apocalypse Now, el joven Welles –que por entonces contaba con apenas 25 años– hizo el que se considera el más impresionante debut en la historia del cine.
Inicialmente llamado American y luego retitulado Ciudadano Kane, el primer filme de Welles era un arrojado, tempestuoso tour de force, que narraba una misma historia desde distintos ángulos. Este audaz alegato contra la corrupción, instauró una estética y una forma de narrar completamente nuevas en Hollywood.
Entre los elementos innovadores que Welles exhibió en Ciudadano Kane, podemos destacar: la composición en profundidad, el uso extremo del foco profundo para conectar figuras distantes en el espacio, la, por aquel entonces, compleja puesta en escena, en la cual el plano se saturaba barrocamente de acción y detalle, las tomas de ángulo bajo que revelaban los techos y hacían parecer a los personajes, especialmente a Kane, a un mismo tiempo dominantes y atrapados, los planos largos, una cámara en constante y fluido movimiento, que expandía la acción más allá del plano e incrementaba la importancia del espacio fuera de plano, el uso creativo del sonido como un mecanismo de transición y, por ultimo, el exquisito manejo de metáforas visuales.
Aunque bien recibida por los críticos, Ciudadano Kane debió enfrentar diversos problemas de distribución y exhibición, logrando magros resultados en materia de taquilla.
Su segunda película para la RKO, El cuarto mandamiento, era un filme más convencional, pero que empero utilizaba muchas de las mismas técnicas que Welles había desarrollado para Ciudadano Kane.
En ausencia de Welles, quien se encontraba filmando un semidocumental en Sudamérica, el estudio editó el filme, cercenando 43 minutos del mismo. Aun en su versión mutilada, El cuarto mandamiento permanece como un oscuro y despiadado análisis de la naturaleza de la riqueza.
La película fue un absoluto fracaso a nivel comercial. Ello constituyó un duro revés, del cual la reputación de Welles no terminaría nunca de recuperarse.
Como resultado de este fracaso, tanto Welles como los demás integrantes del Mercury Theatre fueron despedidos de la RKO.
En 1946 se dirigió a sí mismo en El extraño, filme que no exhibe en absoluto su característica impronta.
En 1948, el célebre realizador recobra su habitual y genial estilo narrativo en La dama de Sanghai, un clásico del cine negro.
Su siguiente obra fue la primera de una impresionante trilogía shakespeariana, una estrambótica y asfixiante versión de Macbeth (1948). La película, a pesar de todo, no fue exitosa y fue infravalorada en el Festival Internacional de Venecia.
Welles retornó cuatro años después, con una impactante versión de Otelo (1952), con la cual se alzó con el Gran Premio del Festival de Cannes.
La película final de la trilogía fue Campanadas a medianoche (1966), recopilación de 5 obras del célebre dramaturgo de habla inglesa. Después del estrepitoso fracaso de Macbeth, Welles empezó un autoimpuesto exilio artístico de casi un decenio.
El filme que siguió a su versión de Otelo fue Mr Arkadin, estrenado en 1955. Esta creación fue atendible dentro de su filmografía, pero adolecía de una narrativa tediosa e interpretaciones discutibles.
Afortunadamente para sus admiradores, Welles retornó a Hollywood para actuar y dirigir Sed de mal en 1958, una absoluta obra maestra del cine negro. Su adaptación de la novela homónima de Kafka El proceso, en 1963, muestra una descarnada visión de una sociedad completamente desprovista de sentido moral.
En 1968 dirigió Una historia inmortal, que pocos recuerdan.
Su último filme completo, Fraude, en 1978, es un entretenido collage de metraje documental y actuado, que investiga la línea que separa la realidad de la ilusión.
Además de su profusa carrera directriz, actuó en numerosas películas bajo la égida de otros directores. Entre ellas se destacan: Alma rebelde (1944), El tercer hombre (1949), Moby Dick (1956), Impulso criminal (1959) y El viaje de los malditos (1976).
En el momento en que lo sorprendió la muerte estaba rodando La otra cara del viento. El proyecto, que Welles empezó a filmar en los setenta, permaneció inacabado.
Como un fragmento inédito, fue un triste e irónico fin para un cineasta indomeñable que fijó los estándares de la narrativa moderna en el cine, y el hombre que fue, en palabras del también genial realizador Martin Scorsese, «responsable de inspirar a más gente a ser directores que ningún otro en la historia del cine». *
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