Diálogos Iberoamericanos

III Simposio Internacional en Valencia

Nelson Di Maggio

Participaron alrededor de 60 invitados procedentes de Argentina, Brasil, Costa Rica, Cuba, Chile, España, Estados Unidos, Italia, México, Paraguay, Puerto Rico, Uruguay y Venezuela. La ausencia de otros países, particularmente de Portugal, fue notoria y así lo reconocieron los organizadores al final de la reunión. Quizá se estableció un delicado desfasaje entre la propuesta temática de contemporaneidad indudable y los asistentes, pues si bien todos eran especialistas (directores de museos, críticos de arte, curadores, periodistas, artistas) algunos eran más especialistas que los demás. Algo que se hizo notar en las intervenciones y debates en las siete ponencias presentadas, predominando los discursos erráticos o, como alguien sentenció con humor en un comentario informal, lo confuso, difuso e impreciso desplazó a lo preciso, conciso y macizo. Es algo inevitable en estos encuentros internacionales para oradores donde no siempre se suelen ejercitar las virtudes de la síntesis y la claridad expositiva.

Fernando Castro señaló en la apertura, que estos Diálogos Iberoamericanos crearon un puente con América Latina con la que se tenía una «deuda sangrante» y supo ser un comentarista sagaz de las ponencias presentadas, aunque como moderador toleró demasías y divagaciones que dilataron innecesariamente las sesiones, mientras Kevin Power, corresponsable de la organización, se permitió desdeñar a buena parte de los invitados con un comportamiento poco cordial, inusual en un anfitrión.

«Levante», un diario local, tituló Una sopa boba a la instrumentación del Simposio y los discursos iniciales donde «privó lo light», «sin vitaminas ideológicas, ni estéticas,» en una evidente exageración y preconcepto político. En todo caso, son problemas de entrecasa de la familia valenciana.

Porque más allá de discrepancias que pudo suscitar el amplio espectro de invitados (lo menos, es más), de ausencias y presencias discutibles, de los ambiciosos proyectos a debatir y los magros resultados conceptuales, este III Diálogos Iberoamericanos permitió conocer y descubrir personalidades con ideas firmes, sólidas, inteligentes y sensibles, así como conductas éticas y humanas que son rara avis. Lo que justificaría ampliamente su realización. En ese sentido, las delegaciones mexicana y cubana, y en su conjunto, fueron las que conquistaron mayor simpatía.

Pero hubo más. A la permanente disponibilidad de Consuelo Císcar, alma mater de la cultura valenciana, hay que agregar la infalible coordinación de Amador Griñó, un hombre atento a la totalidad como al detalle, con humor, solidaridad, cultura. Un cicerone ideal que supo atender a los numerosos visitantes con la misma buena disposición y solucionar los menores aspectos de un complejo engranaje administrativo. Alcanzó la elusiva perfección, junto con un equipo de colaboradores bien entrenados (Ramón, Angela, Jorge), en un operativo a menudo de difícil resolución. Cuando, por escasas horas tuvo que atender compromisos sorpresivos, su ausencia se notó. Muchas instituciones, incluso del exterior, deben estar atentas a su habilidad para moverse como un pez en el agua entre la diversidad de invitados y salir airoso en la demanda.

Alrededor del simposio, que transcurrió en el hermoso museo, se habilitaron exposiciones de interés. En primer lugar la de Joan de Juanes (c. 1500-1579), un sólido pintor renacentista español, parcialmente bien montada, pues si en el espacio central se solucionó admirablemente, en la sala interior pareció dominar un toque kitsch con variedad de colores en los muros.

Al lado, una muestra sobria del escritor Max Aub que firmó sus trabajos pictóricos con el nombre Jusep Torres Campalans, referidos a su residencia en diversas ciudades (París, México, Madrid). El resto de la colección permanente necesita una lectura museológica más actual pues contiene obras de excepcional interés.

Para contemplar el arte actual, se invitó al italiano Maurizio Plessi a exponer en El Almudín, una de sus videoinstalaciones. En el hermoso espacio del siglo XVI destinado a almacenar trigo, la obra sencilla y eficaz, aunque con resonancias de Bill Viola, funcionó muy bien. Se concretaron, también, visitas al museo de Castellón, a la reciclada biblioteca, a la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Santiago Calatrava, todavía en construcción, pero con la inminente finalización de L’Hemisferic, el planetario en forma de ojo que abre y cierra el párpado en un alarde de ingeniería y gracia poética. De la misma manera que el Museo de las Ciencias, en el cual se pudo experimentar el fantástico espacio interior.

El arquitecto inglés Sir Norman Foster realizó el Palacio de los Congresos, bautizado popularmente «la lenteja», por su forma y la desproporción con los edificios cercanos.

Pero el IVAM y el recién inaugurado Museo del Siglo XIX, con la colección personal de la baronesa Thyssen Bornemisza, serán motivo de próximos artículos.

(Segunda de una serie de notas sobre una visita a la ciudad de Valencia).

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