García Lorca por dos
La empresa no es fácil, porque en su teatro nada está dicho directamente y con palabras sino a través de la acción dramática misma. En parte porque como autor confiaba a sus personajes y a sus obras la explicación y desarrollo, que se menoscabarían con una revelación directa, seguramente esquemática. En parte porque escribía en una España represiva y salvajemente patriarcal, donde un espíritu tan ilustrado como el de Luis Buñuel solía animar, cada tanto, actos de patoterismo antihomosexual en los baños públicos. Y, además, donde unas cuantas voces, desde la prensa, juzgaron a «Yerma» como una obra inmoral y repugnante, no sin deslizar algunas insinuaciones, pretendidamente descalificadoras, sobre la identidad sexual del autor. Hemos dado cuenta en estas páginas de tres graves fracasos en obras de García Lorca. Dos («La casa de Bernarda Alba» y «Yerma») fueron puestas en escenas nacionales; el tercero, y posiblemente el peor, fue la obra, que se atribuyó al poeta pero que no es de su autoría, «El ángel», que pertenece a Virginia Lago y Daniel Marcove.
Paradójicamente, las obras que comentamos aquí, a cargo de «Teatro Abierto de Montevideo» y de «Teatro Paratodos», estuvieron mucho más cerca de las intenciones del autor y de su arte que las tres que las antecedieron.
Tanto Luis Miceli Couret, director de «Mariana Pineda» como Mary Vázquez, directora de «Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín», empezaron por el principio, desentrañar el sentido de la obra, que en ninguno de los dos casos es ni muy claro ni muy diáfano; y en líneas generales acertaron.
En «Mariana Pineda» fue muy claro lo que el autor nos dice sobre las traiciones de nuestro propio corazón, y en «Amor de don Perlimplín…» fue muy evidente también que Vázquez comprendió a la perfección el tema de la fantasía y la ilusión en el amor: de todo aquello que sobreescribimos en los seres queridos y que luego, al acercarnos a ellos, leemos como si fuera una declaración espontánea de sus almas, cuando encontramos sólo nuestra escritura y nuestro reflejo. Un mérito más de «Mariana Pineda» fue el reencuentro con el adecuado decir del verso castellano, que luego de ver «Yerma» creímos a punto de perderse en nuestro medio y un mérito de ambas obras fue que protegieron, conservaron y dijeron la punzante poesía del autor y sus noches encantadas «de menta y lapislázuli».
Todo es simple en ambas obras. Ni los escenógrafos ni los vestuaristas competirán, gracias a Dios, por el premio a lo mejor del año en su categoría: el teatro no es, contra lo que parece, mujeres hermosas en bellos trajes contra una bora de arte plástico. En la escenografía de «Mariana Pineda» hay una sugestión poética, entre encaje y telaraña, que separa la escena de los espectadores; no podemos asegurar, a falta de todo punto de comparación, que la presencia del gracioso artefacto sea mejor que su ausencia.
Encontramos un mejor ritmo en «Amor de don Perlimplín…», sin desconocer la ventaja que supone, sobre «Mariana Pineda», de tener que tratar con menos personajes. En la actuación, que fue unánimemente correcta, destacamos, como siempre, la labor de Stella Cunha, aquí como Belisa. *
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