Un retrato humano de los compositores
El desencantado poeta de las clases bajas, el explorador de desconciertos y negrurismos, el cronista de soledades que Leigh ha sido en algunos de esos filmes previos, aparece ahora volcado a recrear un período en la vida de los célebres compositores británicos de operetas Gilbert y Sullivan.
En este nuevo opus de su producción, Leigh narra nuevas historias con los previsibles despliegues de escenografía, vestuario, música e ingenio de diálogo que corresponde esperar, pero que podrían ser también el de mucho cine «mainstream» que pretenda tener cierto nivel de inteligencia y un adecuado respaldo de valores de producción.
Esa es, sin embargo, solamente una de las caras de la moneda.
Leigh maneja, en esta oportunidad, claramente recursos de género, como la biografía cinematográfica y la ojeada entre bastidores de la preparación de un espectáculo musical. Pero, al mismo tiempo, los trasciende mediante algunas estrategias que pueden parecer contradictorias.
El director trata de ahondar el retrato humano de sus personajes, descubriendo rasgos de inseguridad y temor al fracaso en el aparentemente muy seguro de su mismo primer actor Richard Temple (interpretado por Timothu Spall), o trazando la crónica de los enfrentamientos entre el libretista Gilbert («alegremente repetitivo», ha dicho alguien) y el músico Sullivan, más preocupado por los aspectos creativos de su arte y temeroso de caer en la trampa de la fórmula exitosa.
Se ha especulado con que este último conflicto refleja acaso el del propio Leigh, por una parte un hombre de teatro y cine independiente y con cierta vocación antiestablishment, por otra un cineasta exitoso y premiado gracias a sus últimos filmes. A cierta altura de su carrera, el realizador bien pudo plantearse la disyuntiva de ser Sullivan y arriesgarse con una búsqueda creativa, o limitarse a ser Gilbert y disfrutar de los laureles.
Algunas de esas preocupaciones pueden resultar sorprendentes en medio de un filme que, en primera impresión, exhibe el formato ultraconservador de un musical de época, pero que al mismo tiempo, cuestiona desde dentro la mentalidad y los tiempos que ese musical alude.
La película evoca los tiempos de la reina Victoria, la represión sexual, el sacrificio del general Gordon en Khartoum en aras de la Razón de Estado (o de Imperio) y la irresponsabilidad de la aventura colonial. Ese comentario social nunca ocupa el primer plano, pero está siempre presente y algunos de sus alcances resuenan inequívocamente en quien contemple el filme con cierta perspectiva histórica.
En algún momento, Gilbert abandona el teatro y recorre las calles londinenses abarrotadas de pobres (la otra cara de la grandeza victoriana), y en el mundo del espectáculo hay la suficiente dosis de sugerencia homosexual como para recordar que el juicio a Oscar Wilde está a la vuelta de la esquina. *
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