HOMENAJE A CHINA ZORRILLA ORGANIZADO POR BERGARA LEUMANN; EL ARTE DE JULIO BOCCA Y ABUNDANTE TEATRO

Las fascinantes noches de Buenos Aires

En lo puramente artístico, disfrutamos de la perfección de Julio Bocca en ballet, del buen teatro en Hombre y superhombre, de Bernard Shaw, en el San Martín y de la refulgente realización artística de El fulgor argentino, que, como un eco lejano al infalible bailarín, sucede todos los viernes, multitudinariamente, en La Boca, sin contar el epílogo renovador de la noche del sábado a cargo de Aníbal Pachano y su espectáculo Smoke, en el café Molière de San Telmo.

 

El homenaje a China Zorrilla en «La Botica del Angel»

El homenaje a China estaba fijado para el 23 de noviembre a las 19 horas, pero La Nación anunció esa mañana, posiblemente por una confusión con el día, que era a las 23. Enterado, el dueño de casa, Bergara Leumann, comentó sin pestañear: «Mientras empezamos, irán llegando» e inició, casi de inmediato, las distintas fases del homenaje, que implicaba un recorrido por la «Botica del Angel», ahora en Luis Sáenz Peña 541, algo semejante a lo que deben ser las visitas guiadas que se hacen allí regularmente. Así, Bergara Leumann inauguró dentro de «La botica del Angel» el teatro «China Zorrilla», muy cercano al teatro «Margarita Xirgu»; recordó a nuestra gran vestuarista fallecida, Guma Zorrilla, se descubrieron los lugares que le corresponden a José Luis Zorrilla, el escultor, padre de China y al poeta Juan Zorrilla de San Martín.

Bergara Leumann fue una de las figuras emblemáticas de los años 60, cuando los «happenings» de su amiga Marta Minujin y la aparición y auge del Instituto Di Tella. Fue ocasionalmente animador de televisión y se nos dice que actuó en el filme Calígula, cosa que hacen creíble no sólo su volumen sino su porte, por lo menos senatorial, si no derechamente imperial. Desde el anterior emplazamiento de «La botica del Angel» en la calle Lima al 600, Bergara Leumann desarrolló, entre su propia personalidad y su proyección ideal, entre la realidad y el sueño, entre el hombre y el ángel, una imagen de ícono cultural underground que nadie se atrevió a impugnar o a disputarle. Vestido de negro con camisa blanca, casi siempre sentado, pero moviéndose cuando es necesario con sorprendente presteza, ataviado con sus écharpes de gasas de colores vivos y un sombrero que cubre permanentemente guedejas blancas como el armiño, transparente e impávido, Bergara Leumann parece uno de esos ángeles ensimismados que suelen adornar los pórticos de las catedrales góticas; y como ellos muy poco parecería que ha tenido que hacer para ubicarse donde está, salvo la grave empresa de existir.

La «Botica del Angel» se encuentra hoy en lo que fue una iglesia protestante del barrio de Montserrat; y algo de su exterior diferencia al edificio, hoy más que nunca, de las casas comunes. Su interior, no obstante, es un verdadero templo, posiblemente un templo sin dioses, o con dioses optativos o aleatorios; un lugar donde hay de todo como en la botica de la insignia, porque es mitad botica y mitad sueño, con su acumulación kitsch de hileras de sillas, imágenes, esculturas, nichos, inscripciones, trajes, cuadros, carteles, fotografías y música, todo ello decorado como por el delirio de un confitero que fuera además un brujo e inmerso en una luz azul líquida donde, como del fondo de una pecera, emerge Bergara Leumann y nos muestra con aire ausente y elegante, en un hilo de voz, un sombrero que fue de Victoria Ocampo, que aún podría ser realmente de Victoria Ocampo o parecerlo, que quizás fuera un ex voto de una capilla disidente, o benévolamente luciferina o una versión apócrifa del Cielo; o bien nos muestra la reja que retuvo los ímpetus de Camila O’Gorman, que está en el espacio de María Luisa Bemberg, reja quizás verdadera o quizás, lo que sería mucho mejor, inventada en todas sus piezas. Recuerdos de un pasado ilusorio, mejor que el real, que Bergara Leumann se complace en revivir, a contrapelo de la vida cotidiana, pero también, como ella, asiduamente y día por día, como un mundo al revés paciente, luminoso y tan difícil y hasta tan peligroso como el mundo al derecho.

**** «Bocca, tango en el Maipo». Bocca debe ser la más sólida candidatura a la excelencia en la escena de Buenos Aires. Nada de lo que hace es menos que perfecto. Si se trata, como ahora, de tanto, el espectáculo «Bocca tango en el Maipo» es más tango que ninguno. Tiene música en vivo con seis instrumentos, tiene dos vocalistas (Guillermo Fernández y Viviana Gil), tiene una bailarina estelar (Cecilia Figaredo), una coreógrafa de excepción (Ana María Stekelman) y recorre la mejor música del dos por cuatro: Pracánico, Arolas, Discépolo, Stamponi, Canaro, Filiberto y Piazzolla. Por supuesto, está él, seguro, invasor, fáustico, triunfante. Entra en el escenario, siempre con un aire de conquista y posesión, y todo espectador sabe que lo más difícil va a salir bien. Bocca es tanguero, hace sentir al espíritu del tango, un espíritu del tango comprendido y hasta perdonado, al que llega a encarnar, pero con humor, como si fuera una fatalidad benévola, un tributo placentero que hubiera de pagar al sitio de su nacimiento, un aporte a un fondo de solidaridad. Todo está programado, armado y equilibrado: como las campanadas de un reloj, hay un momento para la canción, otro momento para danza de conjunto, otro momento para los solos del artista y sus dobles vueltas. Y para rematar, sin más música que alguna percusión, Julio Bocca, que ha bailado a una mesa, baila a una escalera común, o con una escalera, o a pesar de una escalera. De todas formas, la escalera, que es una escalera de mano corriente, está allí para no dejarlo hacer lo que de todos modos va a lograr, para crearle límites que, se sabe, ha de franquear sin esfuerzo aparente en su búsqueda del absoluto. Napoleón decía que la palabra «imposible» no existe en francés; no la encontramos en el diccionario personal de Bocca, como tampoco está el «Nec plus ultra» (No más allá) de los geógrafos timoratos anteriores a Colón. Julio Bocca cumple con todas las expectativas; pero siempre irá un poco más allá de lo que se espera de él, hará alguna figura más problemática, alguna secuencia más inesperada, dará cuatro pasos en las nubes. Con él siempre habrá renovados placeres y delicias.

*** «Hombre y superhombre» de Bernard Shaw es una comedia agradable y agridulce, donde al mismo tiempo se canta una loa a la mujer y se la presenta como manipuladora, astuta, taimada y, por supuesto, inmortal. Algo tan ambivalente y tan vivo como la insumergible Livia de «Yo Claudio» y «Claudio el Dios» de Robert Graves: la Diosa Blanca en acción sobre las tablas. La obra dura dos horas y media, sin intervalo; pero fueron las dos horas y media más felices y más divertidas que hayamos pasado en la butaca de un teatro en los últimos tiempos, y algo semejante debe sentir el público, que agota de jueves a domingo las 560 localidades de la sala Casacuberta del Teatro San Martín. Se supone que el teatro de Shaw, con su deuda con la quintaesencia del ibsenismo, es teatro de ideas, y lo vemos venerable y barbado, sentencioso y discretamente socialista, apenas atenuada su seriedad por las cartas de «Querido mentiroso» que, parece mentira, son las únicas noticias que nuestro público ha tenido de él en los últimos doce años, si exceptuamos la muy notable puesta en escena de «Cándida» (Mary Da Cuña, Pepe Vázquez, Mario Ferreira) en la que nuestro público fue lo único que fracasó. Para sorpresa de muchos, la obra parece escrita hoy, con personajes singulares, para el recuerdo. Tanto el irrespetuoso jovenzuelo socialista Jack Tanner (Pablo Rago) como su pupila aparentemente frágil Verónica Whitefield (Eleonora Wexler), como el tambi

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