El Beatle más uruguayo
DANIEL MARTINEZ SOTO
Comenzaba la entrada de la mística oriental. Es que más allá de lo que algunos supongan, a fines de los 60 para los uruguayos como para muchos occidentales también en aquellos días, la India era tan lejana como morir por hambre, o el Imperio Británico de ultramar, el Gandhi… no más. Algunos estudiosos, por supuesto, hablarían del tema. Pero en lo diario, entre los jóvenes, la ida de George Harrison yendo a iluminarse a los Himalayas era demasiado extraña aun para aquellos días de revolución.
George era muy uruguayo. En el apogeo del que sería el conjunto más conocido del planeta por décadas, George seguía siendo un buen muchacho del barrio. Las personalidades descollantes eran Paul y John, el bonito y el delirante, ambos geniales más allá de cualquier manía. Ringo la iba de feo, y el batero siempre está atrasado de la primera línea. Así que George, con esa cara de los de afuera son de palo, devino uno de los músicos que revolucionó el género en lo universal, pero en el Río de la Plata tenía además carisma propio.
A diferencia de entre los anglosajones, en Uruguay, George era tan delirantemente aplaudido como Paul el bonito. En el hemisferio norte John, por su poesía, y por contestatario del establishment era adorado. Aquí su ideario resultaba aún remoto para los más.
George hacía temblar los cimientos de cuanto cine montevideano pasara películas de la «beatlemanía» dominante, con quinceañeras que aullaban en un Uruguay dónde la minifalda era toda una novedad. Al cronista le parece que fue ayer. Era un Uruguay terriblemente violento por un lado y auspiciosamente benévolo por otro. Había gente que creía en la fuerza del Flower Power que avanzaba desde Europa y amenazaba directamente a Washington, donde los hippies iban a la cárcel antes que a batallar en Vietnam.
En Montevideo, la llegada del rocanrol apenas alcanzó a los diarios. Los Beatles fueron un fenómeno de masas y difusión tal, que no escapó nada. Pelo largo, la mini, los primeros jeans, contrabando desde Argentina, y ¡oh alucinación!: las parejas que bailaban separadas marcaban la microvisión uruguaya del fenómeno. Además, comparativamente con la ebullición política propia de aquellos días, el fenómeno dejó huellas en conductas y costumbres, que no en los libros de historia contemporánea.
De los fenómenos sociales más importantes en aquel cambio, la píldora anticonceptiva, acompañando la revolución sexual en los países desarrollados, derrocó el bastión de la virginidad entre las uruguayas. Cambio radical de actitud en algo que siempre había ocurrido, pero que los adolescentes habían decidido, además de hacerlo libremente, reconocerlo.
Así, por aquellos días George era idea. Había dejado gloria y fama para recogerse en un ashram de la India. Hablaba de menos bienes personales, de más amor entre todos. Las presiones juveniles contra las guerras en el mundo eran manifestación casi planetaria. Los derechos de las minorías, la igualdad de los sexos, la no violencia, parecían poder triunfar. Después, el establishment en el norte, las dictaduras en el sur, arrasaron aquella intención. Treinta años después, parece no haber quedado nada.
Pero queda. Porque los vencedores no conformaron las expectativas de la mayoría, de las generaciones nuevas, el mundo está en materia de pacificación, más violento que nunca.
Con la ida de George, la mitad de un mundo se ha ido. La mitad de Los Beatles está más allá de este mundo. A lo mejor tampoco quede mucho más que la mitad de nosotros mismos, de nuestras vidas. Pero con esa mitad, o con lo que quede, avanzaremos. Otros Georges, otros Beatles, otros pelilargos, otras chuchies, otros como nosotros, serán también la «nueva ola». *
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