Shakira en el Kindergarten
Entre los sonidos nihilistas y oscuros de «Another Brick On The Wall» de Pink Floyd, que se disparaban desde las columnas de sonido, el staff de instrumentos fue trepando a escena. Luego, las luces y Shakira como un ventarrón dando su golpe de gracia con «¿Dónde estás corazón?», y la respuesta del kindergarten en plan casi histérico de absoluta aprobación.
Mecánicas de la idolatría que se produce en los pequeños, en los púberes y en los adolescentes (el gran público que tomó por asalto las instalaciones del Velódromo Municipal), Shakira no debió esforzarse demasiado para capitalizar otro show en otro país (Uruguay) altamente exitoso.
La chica del pop colombiano no otorga ninguna novedad al univeso de la canción popular: música ligera, envolvente pero sin densidad de contenido (los textos son bastante pobres) que un proyecto de canción pretencioso como el de Shakira debería tentativamente expandir. Porque hay pretensiones en Shakira: la idea de vocera con textos que delinean un factible mensaje, pero que se derrumba en su escolaridad. Hay ambiciones que matan, desde luego, aunque a la colombiana esta receta o modo de hacer canción popular le ha otorgado resultados superlativos ya que, donde actúa, la incondicionalidad de los auditorios posee prácticamente un perfil fundamentalista. La misma situación se vivió a full en su concierto del Velódromo Municipal: fanatismo.
Para un proyecto menor como es evidentemente el de Shakira, los impactos de su propuesta son demasiado generosos. Podría decirse a su favor que posee una voz privilegaida que no utiliza de la forma más adecuada. Canta prácticament todo su repertorio casi al tope, sin rebajes ni matices, algo que debió hacer cuando abordó el clásico «Alfonsina y el mar» para una versión más que digna.
El Velódromo Municipal, no obstante los reparos anotados, fue un espacio celebratorio. Vinchas y remeras con la inscripción de Shakira, coros y saltos hasta la extenuación: el público respondió devocionalmente a esta muchacha que posee buenos desplazamientos escénicos, gran capacidad de entrega, aunque una sensualidad fría y desilusionante. Con Shakira, ni fu ni fa, aunque hay que respetar la voluntad de ese público enfebrecido, torrencial que evidentemente le brindó mayor temperatura a un concierto con claros altibajos, aunque cabe reconocer que la banda tuvo una performance muy cuidada y de decidida destreza interpretativa. Que todo operó en escena de forma profesionalísima es algo inobjetable; que la colombiana sabe que ante su primer fraseo el púlbico va a desparramarse también es inobjetable. Pero no deja de producir, pese a los spots, la danza árabe (correctísima) y su secuencia de alaridos (es una lástima que no trabaje en su verdadero potencial esa voz tan atractiva), un espectáculo de contenidos descartables. Shakira posee todos los elementos para alcanzar una posición de mayor valía. Pero aparentemente parece demasiado cómoda donde está a sus 23 años: millonaria por sus conciertos a pleno, por los royalties de sus discos, no parece que su asunto vaya a cambiar demasiado de sintonía. Light, demasiado light su concierto. Fue –su concierto– como beberse esas cervezas de bajísima densidad alcohólica.
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