Luces bajas y encaje antiguo
Otra explicación no encontramos para esta exhumación, porque la pieza es un antigualla melodramática de segundo orden, una modesta máquina de suspenso que iba a ser superada ampliamente por los ingeniosos artefactos del primer Hitchcock.
En toda «La luz que agoniza» es imposible hallar un diálogo agudo, una réplica justa, una ventana abierta a la inteligencia o a la invención; y sus pretensiones de suspenso y estremecimientos están muy desmerecidas a partir del momento, que llega muy pronto, en que Ariel Caldarelli, en el papel del marido pérfido, empieza a hablar: con una simple lectura del programa de mano vemos que no hay a quién más poder culpar de los apagones misteriosos de la luz y de las pisadas en el misterioso altillo, ya que está reservado a Núbel Espino el papel del detective paradójico y gárrulo que abundó luego de Sherlock Holmes (que interpretó brillantemente Basil Rathbone) y su desventurada progenie, el insoportable Hércules Poirot con sus pequeñas células grises.
La versión de Alexis Salvia tiene varios defectos que se suman a los de la pieza en sí misma. Si el conflicto primario es fácil de comprender y se reduce al esquema «marido criminal trata de enloquecer a esposa ingenua, hacendosa y sometida», los antecedentes, la mal contada historia de la mujer muerta y sus rubíes ocultos no llegan a comprenderse del todo; en particular no queda claro por qué el duro Mannigham se casó, antes de que empiece la obra, con la heroína y la irrupción del ex policía Rough (Núbel Espino), contraría a todas las costumbres inglesas que nos han contado sobre discreción, prudencia y prudencia y no tiene ni preparación ni justificación ulterior. Así, desprovista de apoyos de credibilidad, la historia aparece artificial, inverosímil y difícilmente compartible.
La puesta en escena y la interpretación fueron correctas y convencionales. Ariel Caldarelli logró hacer odiar a su personaje y Cecilia Patrón, un tanto por demás contracturada y fruncida, no logró hacer amar al suyo; Núbel Espino irradió comunicación, pero curiosamente toda su luminosidad parecía no llegar ni siquiera hasta su protegida. Pero todas las luces de la obra están apagadas hace mucho tiempo. Así como la luz eléctrica sustituyó a la luz de gas, nuevos artefactos escénicos, no más valiosos pero sí más bochincheros, hicieron obsoletas estas luces menguantes. *
LA LUZ QUE AGONIZA, de Patrick Hamilton en versión y traducción de Alexis Savia. Con Cecilia Patrón, Ariel Caldarelli, Natalia Chiarelli, Chaty Peláez y Núbel Espino. Iluminación de Haydée Chocca, música de Carlos García, dirección general de Estela Mieres. Estreno del 26 de octubre en «El Sótano», del Carrasco Lawn Tennis, Eduardo J. Couture 6401, teléfono 600 43 12.
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