Marco Maggi en Nueva York: dibujante

Desconocido en su propio país, Marco Maggi (montevideano del 58) es una de las más gratificantes revelaciones de la actual III Bienal del Mercosur, Porto Alegre. Radicado en New Paltz, a cien kilómetros de Nueva York, está incorporado a los más exigentes circuitos artísticos desde la costa este a la costa oeste, con ramificaciones europeas. Los elogios recibidos de importantes revistas y periódicos estadounidenses, firmados por críticos de notoriedad, contribuyeron a consolidar su prestigio por una obra de originalísima inventiva en las ideas y en la técnica, que renueva el acto de dibujar y el soporte.

Marco Maggi pasó unas semanas en la casa de su padre (el escritor Carlos Maggi) en las toscas y la entrevista tuvo lugar en un bar de montevideo, un alto en la recorrida por galerías céntricas, que completó por escrito en el citado balneario.

–¿Cómo fue tu formación y tu actividad en Montevideo?

–En Montevideo no tuve formación académica vinculada a las artes visuales. Tampoco corrí el menor riesgo de ser autodidacta: mi casa estuvo siempre llena de parientes y amigos con gran vocación de maestros.

Empecé a dibujar antes de saber escribir. Creo que sigo dibujando por la misma razón. Iba a la escuela 189 y le mostraba mis dibujos a Carlos Carvalho.

A los trece años, Ruben Yáñez me publicó unos dibujos en un suplemento del diario El Popular. Al año siguiente trabajé en discódromo, en Radio Sarandí. Dibujar por radio era imposible pero colaboraba con Ruben Castillo buscando información divertida para el programa, pastillas curiosas que llamamos, datódromos. Un día Ruben me pidió que dibujara 300 tarjetas de fin año para amigos y avisadores del programa. En esos días, nos fuimos con mis padres a la casa del Tola Invernizzi en Piriápolis. Llevé más 100 tarjetas que tenía terminadas. El entusiasmo y la generosidad del Tola derivaron el material a un vecino entrañable: Eduardo González Lanuza, poeta español que escribía sobre artes visuales en la nación de Buenos Aires. González Lanuza me pidió prestadas 20 tarjetas y un mes después me dijo : «Tenés una exposición individual el año que viene en la galería Van Riel». Era una preciosa galería en la calle Florida cerca de Corrientes. La experiencia fue inolvidable y traumática: la inauguración fue el 27 de junio de 1973. Tenia 15 años y mis padres se quedaron en Montevideo con una doble tristeza : golpe de estado y muerte de Paco Espínola. González Lanuza en Buenos Aires hizo todo para compensar un día tan desastroso. Con los resultados de la muestra me financié mi primer viaje a Europa.

Poco tiempo después participé en una exposición en Montevideo, en Cinemateca Pocitos, con Eduardo Fornasari, Horacio Gómez, Nelson Romero, Jorge Satut, Enrique Weisz. Una conferencia tuya presentó la muestra y fue la primera vez que oí hablar de la obra de Teresa Vila. En 1978 inauguré una exhibición individual en la Alianza Cultural Uruguay-Estados Unidos (Jardines en una taza de té). En esa época y por más de 70 meses hice las carátulas negras del Club de Libro. En el 79 participé en una Muestra de Grabado y Dibujo en el Palacio de Cristal en Madrid. En el 80, una muestra individual en la Galería Noctar en Bruselas (Construir y demoler).

–¿Qué te motivó a ir a Nueva York ?

–Entre 1980 y 1994 logré dispersarme con entusiasmo: trabajé en una empresa de construcción, colaboré en la separata cultural de Jaque, fundé y fundí una barraca histórica y materialista. En 1994, me fui a Europa sin fecha de regreso. En ese viaje empecé a dibujar muchas horas por día. Viajamos a Nueva York y Sylvia (Sylvia Meyer, soy su marido) proyectaba hacer la música de una obra dirigida por Mariana Wainstein. El escenógrafo previsto era Rimer Cardillo. Nos reunimos con Mariana, Rimer y Sylvia en Manhattan. Leí revistas y ellos hablaron de teatro. Al irnos Rimer me invitó a ir a su casa al otro día a las seis de la mañana. No pregunté el motivo pero me levanté temprano. Después me enteré que Ana Tiscornia y Liliana Porter le habían mostrado dos dibujos míos, que me habían pedido en una cena previa para una exposición de artistas uruguayos en Nueva York (Una mirada desde el sur). Con Rimer fuimos y volvimos en el día a New Paltz, un pueblito universitario a 100 kilómetros de Manhattan, rodeado de manzanos, montañas, lagos. Los ciervos cruzan la calle principal y hay 10.000 estudiantes que contrastan con tanta tranquilidad. Cardillo dirige en New Paltz el departamento de grabado del campus de la universidad de Nueva York para artes visuales y disciplinas vinculadas al teatro, el cine, la televisión y el periodismo.

Volviendo del pueblito, Rimer me invitó a hacer un master en su departamento. Un día antes de volver a Montevideo, Cardillo me contó que había hablado con la decana de la universidad y que yo estaba admitido en el programa. Volví a Uruguay a principios de octubre y dejé de creer que tanta maravilla fuera posible. Antes de las fiestas, me llamó Rimer para reclamarme los papeles de inscripción y recordarme que el 23 de enero empezaban las clases y que no podía fallarle. Llegué a New Paltz el 22 de enero de 1996. Dos años después me gradué con un master en Bellas Artes focalizado en grabado. Rimer no sólo fue el responsable del milagro sino que es un maestro y un amigo extraordinario. Ana Tiscornia y Liliana Porter siguen ayudándome a ser feliz todas las semanas.

–¿Que hacés o a qué te dedicás en Nueva York?

–Después de graduarme trabajé un semestre como técnico en el departamento de grabado. En noviembre del 98 hice mi primera exposición individual en Manhattan, en la galería 123 Watts, en Tribeca. A partir de ese momento dibujo entre 12 y 16 horas diarias 6 días por semana.

Mariana Wainstein jugó un papel fundamental en esta operación acelerada. No sólo me presentó a Rimer Cardillo en 1995, sino que en agosto de 1998 llevó a mi casa de New Paltz a la directora de la Galería Watts.

La exposición se organizó en 90 días y se llamó «Techtonic». Fue la primera vez que Kim Levin visitó la Galeria (crítica del Village Voice y actual presidenta de la asociación internacional de críticos de arte, AICA). No conozco personalmente a Levin pero fue determinante: ella recomendó mi trabajo durante 14 semanas en la cartelera de su semanario y finalmente me incluyó en su short list. Con ese apoyo, la galería decidió extender la muestra 45 días y los coleccionistas decidieron comprar. En febrero del 99 empecé a trabajar con una galería grande de San Francisco (Hosfelt Gallery). Ese año participé con Hosfelt en la feria de Chicago, dos exposiciones colectivas en San Francisco y una en Los Angeles (Mark Moore Gallery). En octubre del 99 inauguré en la Galería Hosfelt (2.000 metros cuadrados en South Market), mi primera exposición individual en el oeste. La muestra se llamó «From freezer to microwave» (Del freezer al microondas).

La segunda palabra de ese título marcó el resto de esta historia: junto a la directora de la Galería Watts (Josee Bienvenu) contactamos en diferentes ciudades dibujantes que tuvieran que ver con la «microonda». Ferias y bienales permitieron crear un grupo que incluye artistas europeos, asiáticos, africanos y latinoamericanos. Después de mi segunda exposición en Watts (Pencil monologues, noviembre 2000 / febrero 2001, Nueva York) tomé contacto con Barbara Mc Adam, editora de la revista Art News. En mayo de este año Barbara publicó en su revista un largo artículo llamado «The micro wave» comentando la obra de ocho artistas incluidos en este movimiento. Un grupo
de artistas que responden en forma lenta, manual y diminuta a un mundo acelerado y espectacular. Un momento histórico que no se entiende, genera una grafía ilegible. Trabajos vinculados a las disfunciones de la información y la muerte del lenguaje como medio eficiente para dar acceso a las mayorías. Acceso a los temas que definen nuestro futuro. El mundo parece indiscutible porque los temas a los que tenemos acceso no presentan mayor alternativa. En cambio los temas determinantes permanecen encriptados, códigos que sólo conocen los expertos. La genética no se entiende pero determinará el futuro de la especie y nuestra salud personal. La robótica y la nanotecnología definirán el mercado del conocimiento, el trabajo, el negocio y el ocio. Hechos recientes confirman a escala planetaria el riesgo de estar distraídos.

En mayo de este año inauguré mi primera exposición individual en un museo norteamericano y el título se refiere al pequeño umbral que separa las artes visuales de la ceguera: Global myopia. Actualmente tres museos de universidades de California (Los Angeles, Fullerton y Long Beach) presentan hasta fin de año una exposición basada en el micro wave y el artículo de Barbara Mc Adam en Art News. Participo de esa exposición que se llama «by hand» y en un simposio que se pregunta por qué resurge el dibujo ahora (Why drawing now?).

En estos 2 años, además de las galerías de Nueva York y San Francisco, me representan una galería de Boston (Miller & Block), Filadelfia (Gallery Joe) y una galería en París (Anne de Villepoix). En 2000 participé con Watts en la sección Cutting Edge de la feria madrileña de Arco, con la Galería Holly Solomon en la edición 2001 de las ferias de Armory al sur y norte de Manhattan. Participé en muestras de nuevo dibujo en el Fuller Museum (Massachusetts), Columbus Museum (Ohio), California Contemporary Art Museum (San José de California).

–¿Tenés vinculaciones con uruguayos en Nueva York?

–No tengo vida social en Nueva York. Vivo a 100 kilómetros de Manhattan y visitamos la ciudad una vez por semana. Viajes con demasiados objetivos que generalmente incluyen pasar por la galería, comprar materiales, ver exposiciones y espectáculos. Estas excursiones casi siempre las festejamos reuniéndonos con Tiscornia y Porter (es la argentina más uruguaya que conozco). A Rimer lo veo muy seguido en su casa de New Paltz. Mariana Wainstein y Alvaro Malmierca se volvieron a Uruguay (Alvaro fue cónsul uruguayo en Nueva York hasta hace tres años).

–¿Cómo padeciste el atentado a las torres?

–El 4 de setiembre inauguré una exhibición individual en la galería Hosfelt de San Francisco (Bitnik). Trabajé seis meses para esa muestra y volví a Nueva York muy feliz el 10 de setiembre. Todo había salido perfecto y aterrizamos a la una de la mañana en un vuelo de American Airlines a bordo de un Boeing 767. A las nueve de la mañana del 11 recibí una llamada de Las Toscas (donde vive mi padre) y me enteré del atentado. Uno de los aviones fue un American 767 con destino a San Francisco. Sylvia salía para Montevideo el 12 de setiembre para terminar la música de Lulú, obra dirigida por Taco Larreta y actualmente en cartel en el Teatro Victoria. Ella terminó llegando a Montevideo el 16 de setiembre. Me quedé en New Paltz para trabajar para la III Bienal del Mercosur. Una semana después seguía colgado de la televisión y la radio. No podía dibujar una línea. Finalmente logré que la organización de la Bienal me autorizara a cambiar el pasaje del 11 de octubre con destino a Porto Alegre por uno para el 22 de setiembre hacia Montevideo. Aquí terminé el envío a la bienal y confirmé con mayor perspectiva que el atentado terrorista más siniestro de la historia será atentando contra la libertad en nombre de la seguridad. Las consecuencias políticas del atentado en Estados Unidos son un viaje acelerado al autoritarismo y este giro tendrá desastrosas consecuencias sociales y culturales. *

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