ARTE

Irregular III Bienal del Mercosur

Al igual que Venecia, con sus dos consecutivas curadorías a cargo de Harald Szeemann, la bienal gaúcha vuelve a ser responsabilidad de Fabio Magalhaes. Pero mientras la primera obedecía a una planificación cuatrienal desplegada en dos partes, la segunda casi viene a refutar los criterios adoptados en la edición anterior. Y aunque no hay una temática expresa ni un título significativo (el de Arte por todos lados, es más un deseo que una realidad) lo que se insinúa en varios textos de un incompleto (todavía) catálogo es la afirmación de un retorno a la pintura mientras que en 1999 se apostó a los medios electrónicos y a las instalaciones.

Claro que la pretendida vuelta de lo pictórico es una ilusión sin ninguna comprobación fehaciente. Si alguna diferencia existe es el tamaño: del formato normal se pasó a un gigantismo excesivo que debilita la propia expresión. Es evidente en muchos artistas brasileños, algunos de los cuales ya fueron elegidos, con temeridad, para la bienal paulista del año próximo. En cuanto a la discutible presencia de pintores chinos (exceptuando el enorme talento de Wenda Gu que utiliza cabellos humanos, ya demostrado, y mejor, en la V Bienal de Lyon) y un israelí residente en Dinamarca, no son merecedores de un mayor crédito, salvo que la parodia grotesca y la mera habilidad manual puedan ser considerados elementos a tener en cuenta.

La III Bienal del Mercosur es diferente a las ediciones anteriores. La entrada es totalmente gratuita y no se restringe como antes a la Usina del Gasómetro, el sitio más popular, esta vez poco aprovechado. Los lugares de exposición cambiaron. Se tuvo la feliz e imaginativa idea de levantar numerosos contenedores, de hasta dos pisos (con ascensor, si se pide la llave), para albergar las obras contemporáneas, en general instalaciones y videos. Es la Ciudad de los Contenedores en el Parque Mauricio Sirovsky Sobrinho, al borde del sereno río Guaíba, en un área de sesenta mil metros cuadrados y suelo pedregoso. Pero todo tiene su aspecto negativo: es muy difícil y cansador caminar entre las piedras sueltas y peor aun entrar a los contenedores al caluroso mediodía riograndense. El mantenimiento de los trabajos, en esas condiciones climáticas, parece delicado y así los del uruguayo Enrique Aguerre no funcionaron la semana pasada.

Tres imponentes y barrocos edificios (Memorial, Museo de Arte y Centro Cultural Santander) en la Plaza de la Alfândega concentran las exposiciones históricas (el mexicano Diego Rivera, el noruego Edvard Munch, el brasileño Rafael França) y de pintores en su mayoría. No son muy concurridos, salvo por contingentes de escolares en visitas guiadas.

Son inevitables las comparaciones, la sal del juicio crítico. La primera bienal orientada por Frederico Morais quiso ser una mirada retrospectiva al arte latinoamericano con obras magistrales que desbordaron la capacidad organizativa y condujeron a una lectura confusa. La segunda, conducida por Fabio Magalhaes, encontró espacios sugestivos al borde del río Guaíba y la parte histórica se redujo considerablemente en calidad quedando una bien lograda muestra de Julio Le Parc, privilegiando el ciberarte y las instalaciones. Curiosamente, el mismo curador, con la fuerte intromisión de Jens Olesen, curador especial y coordinador general, vinculado a la bienal paulista, apostó al retorno de la pintura «como expresíón de resistencia», sin representantes convincentes o justificadores de la tesis. O, lo que es peor, apoyándose en una penosa revisión de Diego Rivera en su faz comercial y retratística, o en artistas chinos y dinamarqueses de segunda o tercera categoría, lejos de los huéspedes habituales en últimos encuentros internacionales similares. Estas muestras paralelas (o históricas) junto a la de pinturas y grabados, muy modestos del gran Edvard Munch, antecedente del expresionismo, constituyen una extraña y provinciana demostración de buscar un respaldo en estrellas de la modernidad, sin mayor sentido y, en especial, sin la calidad necesaria ni la elaboración conceptual precisa.

Con un presupuesto cada vez más reducido (cuatro millones de reales, alrededor de 10 millones de dólares) y con entrada gratuita (única bienal que así lo hace), es muy elogiable la persistencia y permanencia de un acontecimiento regional que, todavía, no acierta con el rumbo debido con la firmeza necesaria. Modificar las fechas de apertura y no tener los catálogos en tiempo y forma no son buenas señales para el exterior, a donde no se difunde, en especial los países limítrofes, las características de cada edición.

Tampoco en la propia ciudad de Porto Alegre se ve la propaganda callejera que despierte la atención de sus habitantes y unos tímidos afiches en los hoteles (para atraer a turistas cultos) no son suficientes elementos movilizadores. Son los eternos descuidos de la idiosincrasia brasileña (lo mismo pasa en San Pablo) que los distancia, sin razón, de los europeos. Intentar un cambio de actitud valdría la pena, así como renovar el elenco de curadores extranjeros.

El notable esfuerzo que realizan y la importancia de los resultados así lo exigen.

En la III Bienal del Mercosur participan Argentina (11 artistas), Brasil (68), Bolivia (7), Chile (11), Paraguay (11), Uruguay (11) y Perú (7) como país invitado. Además están las muestras paralelas de México, Noruega, China y Dinamarca a cargo de un curador especial. Un panorama desorientador, sin duda.

(Primera de una serie de notas sobre la III Bienal del Mercosur). *

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