Asomándose a otros mundos
ANDRES TORRON
La actriz argentina Graciela Duffau es conocida por los uruguayos principalmente por su labor en la televisión en ciclos como Alta comedia o Atreverse. El próximo fin de semana (del viernes 24, al domingo 26, en el Teatro del Círculo) estará en Montevideo, junto a Nora Cárpena, Norma Pons, Thelma Biral y Susana Campos con la obra Brujas de Santiago Moncada.
La obra, con dirección de Luis Agustoni, fue un enorme éxito en Argentina, donde ya va por su décima temporada.
Brujas junta a cinco mujeres amigas, que desde hace años no se veían. Lo hacen en esta ocasión y allí comienzan a surgir odios, reproches, rivalidades, seres muy distintos uno de otro pero también potencialidades y afectos que se disparan en ese encuentro donde cada una dice todo lo que tiene que decir.
La obra tuvo su versión montevideana (dirigida por Hugo Blandamuro) que fue también un gran éxito desde este lado del Plata.
—Sos una actriz principalmente de teatro, pero la gente te conoce más por la televisión…
–En diez años –Brujas se estrenó en noviembre de 1991– hemos pasado los dos millones de espectadores y las 2.600 funciones. Eso equivale a la emisión de una hora de televisión con buen rating. Es inevitable, no se puede competir. El teatro tiene eso de efímero, fugaz y al mismo tiempo irrepetible. La televisión es lo que más queda, sobretodo por su masividad.
–¿Te parece injusto que la gente te conozca más por la tele que por tu carrera teatral?
–Es lo lógico. Pero una cosa es que la gente te conozca y otra que aprecie o valore tu trabajo o tu trayectoria. Siempre, cuando he tenido alumnos, les digo que ser famoso es fácil, hacer una carrera actoral es muy diferente y es lo difícil. Cualquier desconocido puede tener sus quince minutos de fama. La fama es algo muy caprichoso.
—Tu has hecho programas como Alta Comedia o Atreverse. ¿Te parece que la televisión es capaz de trasmitir lo mismo que el teatro?
–La televisión es un medio formidable. Pero si le das un Stradivarius a un mono, no creo que logres demasiado. En manos de Isaac Stern o Yehudi Menuhim, conseguirás cosas maravillosas. Con la televisión sucede eso. Si se elige para mostrar la decadencia o la vulgaridad o la corrupción que significa filmar la intimidad, se vuelve un arma negativa. La televisión debe ser entretenimiento, la cultura debe ser entretenida también, pero hay una marcada tendencia a no utilizar a la gente competente en la televisión, no sólo actores sino a los músicos, a los directores, a los técnicos. Yo he visto a los camarógrafos sentirse estimulados y ensayar para un programa de ficción. No creo que ver a una chica afeitándose las piernas en la ducha pueda aportarle mucho a un camarógrafo.
–Hace diez años que estás haciendo brujas…
–Sí, con un año y medio de interrupción donde hice Ha llegado un inspector con dirección de Renán. También mientras hacía Brujas hice un espectáculo en trasnoche que se llamaba La loca de amor, basado en cuentos y poemas, donde al final tenía un invitado especial, que generalmente hacía algo que no era habitual en él. Estuvo Sandro leyendo poemas, Enrique Pinti que hizo un monologo de Cyrano de Bergerac…
—Lo que te quería preguntar es si el hacer la misma obra durante tanto tiempo le puede quitar creatividad al actor o al revés puede ser un aliciente para intentar hacer cosas nuevas?
–Ambas cosas. No es que te quite creatividad, pero si no se tiene una firmeza y una convicción absoluta, es muy fácil caer en el gran peligro que tiene el trabajo del actor que es la anticipación. Es decir, el actor sabe todo lo que va a pasar en la obra, el personaje, como uno en la vida, no sabe lo que va a suceder. El actor tiene que comportarse como el personaje «no sabiendo», recreando formas y poniendo a prueba su imaginación, su sensibilidad, su técnica y su formación para que Graciela deje de ser Graciela y aparezca ante el público el personaje. Tengo que convencer a la gente de esa realidad y convencerme a mí misma. Por supuesto que después de muchos años es cada vez más difícil y cada noche se hace más complicado. Porque lógicamente, a pesar de que uno pone todo su empeño hay veces donde, por ejemplo, la fatiga juega muy en contra. Uno descubre que está haciendo el personaje, pero hay algo que se ha desconectado, por cansancio o por la rutina. Es una lucha. Cuando te estás peinando frente a un espejo no estás totalmente pendiente de cada uno de tus movimientos. El actor no se puede permitir eso, tiene que estar consciente porque sino te vas mecanizando. Hay muchos actores que trabajan así y que incluso consideran que lo que salió bien en un ensayo es lo que hay que cristalizar y fijar haciéndolo tal cual siempre. A mí me parece que eso inevitablemente cae en que todo queda como una cosa muerta.
—¿Necesitás identificarte, a nivel humano con tus personajes, o podés encarnar personajes opuestos a tí?
–Siempre uno tiene que intentar un punto de conexión, sino no debe hacer el personaje. A mí me han ofrecido hacer personajes con los cuales no he podido conectar. Por ejemplo Harold Pinter me parece un gran autor, pero es un mundo al cual no encuentro cómo entrar. Como espectadora me encanta verlo, pero como actriz yo no encuentro la puerta, entonces prefiero no hacerlo, aunque la obra me parezca excelente. A veces la mano de un buen director puede dar la llave para entrar a ese personaje, pero sino es mejor no intentarlo.
No me importa tanto que el personaje sea muy opuesto o muy cercano a mí. Primero porque pienso que si yo tengo que interpretar, como me ha tocado a una asesina, el personaje puede estar muy lejos de mí, pero como el famoso ejemplo que daba Stanislavsky, uno mata con odio absoluto un mosquito cuando su zumbido te despierta. Un mosquito, no es un ser humano, pero de ahí uno puede empezar a comprender algo y a ampliarlo con una enorme lupa para llegar a interpretar, como me ha pasado a mí en el ciclo Atreverse, a una asesina.
Me provocaba una angustia horrorosa, porque cuando empezás a atisbar algo de esa manera de pensar, son razones y corazones tan oscuros que es terrible entrar en ese mundo. Yo he pasado semanas muy feas haciendo algunos personajes que llamo malignos, para la salud del actor. Es algo muy personal, hay gente a la que le da lo mismo hacer una drogadicta que un ama de casa, manejándose con las mismas pautas. Yo trato de asomarme a esos mundos. para trasmitírselo al espectador.
–¿Qué te parece que vio la gente en Brujas para que se mantuviera diez años en cartel?
–La obra se ha dado en muchos países y fue un fracaso. Yo podría darte casi tres respuestas. La más cierta es que no sé, no tengo una explicación. Otra es que ha dependido mucho de los colores y la energía de las actrices. Esa alquimia que se ha producido en el grupo.
La otra es una respuesta que me dio un amigo «hacé planes, si querés hacer reír a Dios». Yo hice mis planes para hacer Brujas tres meses. Lo hice siete años, nos despedimos, volvimos por otros tres meses y ya hace tres años que seguimos. Yo no hago más planes, me parece que hay alguien superior que es el que está decidiendo. *
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