Los últimos estrenos
Los actores nunca ganaron menos que hoy, cuando ya resolvieron, a la zaga de los futbolistas y los músicos, que, definitivamente, son «profesionales» y que por lo tanto deben «vivir del teatro» mediante obras de éxito, ya que a las obras artísticas (aquí miradas sombrías y voces roncas) «No va naaadie».
Hay una sobreoferta de teatro argentino, a razón de una o dos obras cada fin de semana, que, por lo que se nos dice, se trata de contrarrestar con medidas proteccionistas, como si nuestro teatro fuera una industria antieconómica que no puede existir sin algún subsidio, directo o indirecto, en vez de reflexionar si no habrá algún defecto de calidad que hace que nuestros espectáculos no sean competitivos. Llegarán los premios «Florencio», aplausos y hasta gritos de las hinchadas, como si el teatro debiera forzosamente asemejarse al fútbol, algunas obras tendrán un público agregado por el rumor de los laureles, las más se extinguirán lánguidamente sobre las tablas después de unas pocas representaciones, para dar paso a otra producción de bajo costo.
Entre tanto, pasemos revista a los últimos estrenos.
* MOROCHOS DE ÃUYOR, de Héctor Giovine, es una mezcla de «Anclado en París» con «Rubias de New York». Un grupo de argentinos, varado casi en seco en la Gran Manzana, quiere volver a la inolvidable Buenos Aires. La obra parece improvisada a lo largo de un guión o esquema, porque ni una línea da la idea del trabajo de un escritor y ni una escena, si es que las hay, da la idea de un dramaturgo; es difícil decir si pasa algo en escena, fuera de la anunciada nostalgia. Calificada competidora para el premio a la peor obra del año (Teatro del Círculo).
** EL COCINERO, de y por Pablo Alarcón, que además toca la armónica. Es insuficiente como obra teatral y aceptable como café concert; pero se da en un teatro. Nadie le reprochará originalidad, y nada tiene más gracia que la del actor y autor, que por encima de alguna cortedad trasmite alguna simpatía; está muy lejos de la audacia y temple de esos domadores o toreros de públicos varios que son, por ejemplo, Carlos Perciavalle, Antonio Gasalla o Gerardo Romano (Teatro del Círculo).
* OJOS DE LUNA, de Laura Renzi, por Kata Kymbeè, paga un tributo excesivo a la ambición. El escenario, la sede del Museo de Antropología, condiciona excesivamente al argumento, la historia de Luna Escalante, una mujer rica, sumisa y malcasada, y desbarata el ritmo de las escenas con el pesado transporte de actores y público. La protagonista, dividida en cuatro intérpretes, no se define en ningún episodio: la narración se demora en flashbacks que tienden más a la vistosidad que a la significación. El argumento es confuso e inverosímil: no se ve qué pudo venderle el padre perverso al yerno pagador al que ella no amaba pero aceptó como marido; las desdichas matrimoniales, que parecen suceder en las azoteas, son tan confusas como el episodio de las tres velas en el piso y la escena del triunfo de Maracaná, donde, dicho sea de paso, la autora narra erróneamente el gol de Ghiggia. Sobreabundan frases de relleno y efectos puramente plásticos, como las estampas del baile del casamiento y en la escalera de caracol. En el Museo de Antropología, Avenida de las Instrucciones 948.
*** INESPECTACULO OLVIDABLE, por Toccata & Fuga, dirección de Luis Charamello, es toda una perla en el panorama teatral montevideano. Tienen música, canto, inventiva y humor que, ejemplarmente, suele recaer sobre ellos mismos; los distintos episodios convocan diferentes cantidades y calidades de inventiva, pero todos tienen frescura, levedad, gracia, originalidad, buen gusto y auténtica chispa. Para pasar un buen rato de diversión (Teatro Circular, sala 1). *
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