El viaje de Felicia: amores que castran
El filme llega con cierto retraso pero esto no importa demasiado ya que se trata de «Felicia’s Journey», una realización de Atom Egoyan, auténtico cineasta de culto al que vale la pena atender en sus planteos audiovisuales.
Por lo general, el cine de Egoyan no resulta un producto de consumo masivo. No es que se trate de un director que apele a dogmas estéticos experimentales ni promueva el repudio con imágenes chocantes. En realidad sus largometrajes resultan inquietantes y desacomodadores por ese clima de patético realismo que inunda la pantalla. En un largometraje anterior titulado El dulce porvenir – por ejemplo – el punto de partida estaba dado por el trágico accidente de un autobús escolar que posteriormente originaba la querella de cierto ambicioso abogado y terminaba descubriendo, sin querer, otro tipo de violencias domésticas.
Ese tipo de crueldad asordinada es la que, en parte, describe el cine de este creador que también ha plasmado otros importantes títulos como Exótica de restringida (y casi inexistente) circulación en los circuitos cinematográficos. Aquí, en El viaje de Felicia, dicha violencia también aparece como posible eje temático de una realidad ambigua donde muchas cosas impresionan lo que no son.
En principio la historia da cuenta de una joven irlandesa (Elaine Cassidy), embarazada por un novio que desaparece como por arte de magia para alistarse en el ejército británico. En esa búsqueda que emprende la muchacha para reencontrarse con el padre de su hijo, es que se topa con un amable gerente de empresa alimenticia (Bob Hoskins) quien – en realidad – puede ser un asesino serial de chicas abandonadas.
Pero el largometraje no se abandona exclusivamente en una receta de thriller con su correspondiente cuota de suspenso y sustos adrenalínicos. Detrás de esta fachada hay – además -, un cerrado universo que Egoyan describe con envidiable virtuosismo mientras recorre – fragmentariamente – el pasado de ese «respetable» ciudadano atormentado por una madre castradora. En ese recorrido, el espectador accederá, también, a la delirante rutina de este personaje que consiste en emitir viejos videos de un programa de arte culinario, (donde la progenitora lo tenía como torpe asistente), cuyas imágenes se contraponen con una suerte de macabro «reality show» confeccionado a partir de desesperadas mujeres al borde de una probable muerte, también grabadas por el propio «gourmet».
Con un estilo que rinde homenaje al maestro Hitchcock, desde luego, la intencionalidad de Egoyan – como decíamos – va más allá de enumerar una serie de episodios bien hilvanados hasta desembocar en un remate sorpresivo. En resumen, este talentoso realizador canadiense promueve un potencial sugerente que fusiona incluso facetas de corte místico donde inocencias y crueldades se confrontan sin plantear un específico juicio de valor.
En la ambigüedad – quizás – pueda establecerse la fascinación que produce El viaje de Felicia. Una obra que posee un intrigante nudo argumental, versionado muy libremente a partir de una novela de William Trevor, cierta cuota de sadismo bastante emparentado con el humor negro y una memorable actuación de Hoskins que, en su momento, obtuvo un más que justo reconocimiento por parte de la crítica especializada.
Esto, claro está, no garantiza una masiva afluencia, pero todo cinéfilo que se atreva al desafío no saldrá defraudado. Una pequeña y extraña joya de un cineasta que está elaborando una personalísima historia en la pantalla grande. *
El viaje de Felicia. (Canadá, 1999). Dirigida por Atom Egoyan sobre novela de William Trevor. Fotografía: Paul Sarossy; Edición: Susan Shipton. Con Bob Hoskins, Elaine Cassidy y Arsinée Kharjian.
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