Un tejado apenas tibio
Un drama de calidad, a menudo por encima de traducciones cada vez más insuficientes, hace una diferencia abismal con el común de las obras que se exhiben hoy, y la elección de tales obras no puede quedar sin un merecido aplauso.
En segundo lugar, la presencia de niños en «La gata en el tejado de zinc caliente» –tal como lo indica Williams– con su efecto vivificante sobre el cuadro social que sirve de fondo a toda obra, es una felicidad adicional que, por contraste, hace aun más incomprensible el sistemático infanticidio de nuestros modernos Herodes de la adaptación, que (¿acto fallido?) eliminan invariablemente a los niños, como en «Casa de muñecas» de Ibsen.
Lamentamos terminar aquí el recuento de puntos a favor. La concepción de la puesta en escena es superficial; cabe la atenuante, es cierto, de las dificultades de la obra de Williams, que van más allá de la imposible reproducción de la atmósfera y hábitos de lenguaje del Sur de los EEUU. El autor, luego de dar indicaciones contradictorias sobre lo que realmente ocurrió entre Skipper y Brick, describe sus propósitos en esta florida oración: «El pájaro que espero atrapar en la red de esta pieza no es la solución del problema psicológico de un hombre. Trato de captar la verdadera índole de la experiencia de un grupo de personas, esa interacción nebulosa, ondulante, evanescente –¡intensamente cargada!– en la nube de tormenta de una crisis general».
Nada muy claro; pero el director, para definir la obra, hacerla comprensible y compartible, debe optar por algún género de idea rectora, por algún hilo conductor que conduzca sin vacilar a algún fin. Sin duda, la obra es, también, «nebulosa» y «evanescente», y los dos terceros actos que escribió Williams, el segundo a solicitud del director Elia Kazan para su versión escénica, lo demuestran, y permiten entrever el sentido de las curiosas palabras de Williams en la «Nota de explicación» que sigue a «La gata en el tejado de zinc caliente» y que puede verse en la página 106 de la edición de Penguin Books, 1976: «Algún día, si el tiempo lo permite, me gustaría escribir una pieza acerca de la influencia, sus peligros y sus méritos, de un poderoso y muy imaginativo director sobre el desarrollo de una pieza, antes y durante su producción».
Creemos que Williams, que trata aquí casi abiertamente el tema de la homosexualidad, imaginó un complemento escénico para unas inquietudes que no habían llegado a cuajar del todo en su obra; el nudo del asunto podría estar en que Brick y Skipper han tenido, si bien no físicamente, relaciones sexuales, no sólo por su intensa amistad sino aun en forma vicaria, a través de la mujer (Maggie) que han compartido, y que han compartido precisamente porque fueron sospechados de homosexualidad.
Algo hay que decir, además, con fuerza y claridad, sobre los dos legados paralelos, el legado moral (o la presencia), de un hombre muerto (Skipper) y el legado material de un hombre vivo que se muere (Big Daddy), paralelismo que quizás se cifre en el poema de Emily Dickinson que obsesionó a Williams («Morí por la belleza…») y que el autor trató de escenificar, también, en «La noche de la iguana». Esta sería, tal vez, la «interacción nebulosa, ondulante, evanescente» y por supuesto, sobre todo en el Sur, «intensamente cargada».
Esta indefinición priva a la obra de su posible peso, de su fuerza dramática, de su considerable capacidad para conmover. Por momentos sentimos que presenciábamos una lectura escénica de la obra, o quizás un ensayo muy adelantado: todos los actores dijeron sus partes con corrección, pero no llegaba a verse el acabado final, el toque magistral por el que todas las notas sueltas llegan a oírse al unísono. La escenografía alejó la acción de los espectadores, y con ello conspiró contra la comunicación silenciosa a que Williams aspiraba. Finalmente, la distribución de los papeles fue hecha como para contrariar las aptitudes y condiciones naturales de los intérpretes: ninguno de los personajes principales, a cargo de Nadina González Miranda, Sergio Lazzo, Dumas Lerena y María Azambuya, parece encarnado por un actor que medianamente se parezca, físicamente, en forma natural a los requerimientos del texto, y no vimos ninguna composición que lograra poner de pie al personaje, rotundamente vivo, sobre las tablas. *
LA GATA SOBRE EL TEJADO DE ZINC CALIENTE, de Tennessee Williams, por El Galpón. Con Nadina González Miranda, Sergio Lazzo, Angeles Vázquez, Dante Alfonso, María Azambuya, Dumas Lerena, Arturo Fleitas, Melisa Artucio, Paula Fernández Andión, Micaela Fernández y Martín Fernández. Escenografía de Osvaldo Reyno, vestuario de Nelson Mancebo, luces de Luis Fourcade, ambientación sonora de Fernando Condon, dirección general de Carlos Aguilera. En El Galpón, sala 1.
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