"RICARDO" DE ALBERTO RIVERO, EN PUERTO LUNA

Ser o no ser Alberto

Sus grandes tragedias lo han conmovido y por buenas razones, por su visión impar de la naturaleza humana y aún por ese breve espacio que rodea a sus héroes y que está asignado al deber ser que todavía no es, a la mera posibilidad, al crecimiento moral, hasta a la aventura: al futuro en suma.

Pero también Rivero ha sentido el impacto de Heiner Müller, que revisó con inteligencia y profundidad a clásicos y modernos, los sacudió, los trató irreverentemente pero con calidez y afecto y puso en sus obras todo el proceso de sus lecturas y de sus reacciones, con un lenguaje caótico sólo en las apariencias. «Máquina Hamlet», «Cuarteto», «Ayax», «Horacio»; pero también su magistral puesta en escena, como director del Berliner Ensemble, de «La resistible ascensión de Arturo Ui» de Bertolt Brecht.

No es, por cierto, el único caso de una revisión feliz de los clásicos: «Don Quijote de la Mancha» es una revisión y crítica por la parodia de los libros de caballería, «En busca del tiempo perdido» de Marcel Proust puede ser vista como una reelaboración y adecentamiento de la «Comedia Humana» de Balzac con el estilo de Ruskin y, ya en la zona de la pura farsa, se recordará que el «Ulises» de Joyce debe buena parte de su atuendo de gran espantapájaros de la literatura a sus insignificantes contactos con la Odisea.

Pero no basta quedarse dormido leyendo la Eneida, como Robert Lowell, para con eso construir un poema. Ricardo III es un personaje que ha fascinado a lectores y a espectadores por siglos (además de seducir a la viuda de su víctima, junto al ataúd) sin que su misterio haya sido descifrado.

Quizás Ricardo es más un jugador que un malvado: por momentos, con sus gambitos y sus sacrificios, sus audacias y su poder de cálculo, nos parece un siniestro ajedrecista que juega con vidas humanas en vez de piezas, una gran partida que, como buen héroe de Shakespeare, es contra el destino; quizás su equivalente sea mucho más Osama bin Laden que Hitler.

En esta relectura de Rivero no vemos, y lo lamentamos, ni exégesis ni verdadera reelaboración. La vinculación de Ricardo III con los gangsters o con Hitler (esta última ya ensayada por Sergio Blanco en su puesta en escena de la obra) es superficial: podemos escribir también, como Susan Söntag, del «General Macbeth», y por cierto que este héroe tiene mucho de los militares de hoy. Por eso cuando Ricardo ve televisión y saca un revólver, sentimos que la modernización podía no pasar de la superficie, y el resto de la obra confirmó nuestra interpretación.

Al reducir drásticamente a cuatro el número de personajes, Rivero, lo haya querido o no, redujo la estatura de los personajes de una tragedia multitudinaria, donde las masas tienen su papel, a una obra de cámara.

No menos discutible es su adaptación en cuanto a su transcripción de los versos del poeta: escribir «traviesos deportes» claramente no es lo mismo que «sporting tricks», y «hacer poesía sobre mi deformidad» degrada a «descants», que tiene mejor y más aguda equivalencia (y no exacta) con «variaciones musicales». En cuanto a la puesta en escena, los movimientos de los actores, de atrás para adelante y hacia los lados, no disimularon que aquello era una lectura, o un recitado, más que una acción dramática.

Al final se oye una frase reiterada que recuerda al «Yo soy Ofelia» de Müller: «Yo soy Ricardo», pero en un contexto y con un sentido muy distinto; y para concluir, también fuera de contexto, la oferta de canjear un reino por un caballo. Felizmente, sabemos desde hace tiempo, sin necesidad de este «Ricardo» y muy por encima de él, quién es Alberto (Rivero). *

 

RICARDO, de Alberto Rivero, sobre «La tragedia de Ricardo III» de Shakespeare, por Trenes y Lunas. Con Alberto Rivero, Gustavo Martínez, Soledad Gilmet y Myriam Campos. Vestuario de Estela Borreani, espacio escénico de Ante Cizmic, iluminación de José Ma. Papariello, selección musical de Alberto Rivero e Iván Solarich, puesta en escena y dirección general de Iván Solarich.

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