CLAUSURA DEL JAZZ TOUR 2001: MUCHO MEJOR DE LO ESPERADO

Un Marcus Miller con jazz-fusión maduro e inteligente

El concierto que brindó Marcus Miller con su quinteto el pasado domingo en el Radisson, demostró que –veinte años después de su salto a la fama junto a Miles Davis– el bajista y compositor negro ha ingresado a una etapa de madurez en la que sabe fusionar sus raíces jazzísticas con sus intereses por el funk electrónico.

También sabe equilibrar su espectáculo. Un variado repertorio que incluyó temas propios con obras de Charles Mingus, John Coltrane, Jaco Pastorius, Marvin Gaye, Billy Cobham y Lennon-McCartney, permitió que los espectadores que abarrotaron el Ballroom se retiraran totalmente satisfechos. No hubo despliegues circenses al estilo de lo que fue hace tres meses la exhibición de Courtney Pine. Tampoco se inundó la sala con la delirante parafernalia electrónica con la que John Scofield aturdió los oídos a decibeles insoportables el año pasado.

El domingo se pudo escuchar música de excelente nivel y aceptablemente variada, sin que elementos ajenos distrajeran la atención de lo que realmente importaba. Hubo funk rabioso («Burnin’ down the House», «Run for Cover»), atractivas melodías de Marcus («Tutu», «Cousin John», «Panther»), interesantes versiones jazzísticas («Pork Pie Hat», «Lonnie’s Lament», «Red Baron») y un final a todo vapor («People makes the world go round») que sirvió para que el público descargara su entusiasmo con palmas, gritos y silbidos de aprobación, y exigiera más de un bienvenido «bis». Pero fue evidente, de principio a fin, que los cinco músicos estaban concentrados en sus instrumentos y no estimulaban la participación de los espectadores. Un gritito por aquí, algún rápido ulular más allá, fueron la excepción en los vigorosos temas funk, cuyos rígidos ritmos se acentuaron con la «cuadrada» percusión del joven baterista Nisan Stewart y los machacones acordes del tecladista Leroy Taylor.

Pero cuando Miller atacó los temas de jazz y, en especial, el lírico «Amazing Grace» basado en el negro spiritual «Nobody knows the trouble I’ve seen», la sala apreció en silencio las improvisaciones del director, sus fenomenales recursos técnicos, su sentido rítmico, su fluidez melódica, su nítido fraseo y la impecable elección de las notas, emitidas con sentimiento y no descargándolas a mil por minuto como muchas veces ocurre. Sus intervenciones en clarinete bajo y en saxo soprano fueron muy atractivos.

Buenos colaboradores tuvo en Roger Byam y Michael «Patches» Stewart. El primero toca con igual habilidad los saxos tenor, soprano y la flauta, adecuándose sin dificultades al espíritu de cada tema. Armonizó agradablemente con la trompeta del segundo, cuyos solos penetrantes e incisivos contrastaron con las veces en las que usó sordina y su estilo se asemejó con más claridad al sosegado de Miles Davis. No quiero terminar sin hacer mención a los quince minutos iniciales del concierto, que estuvieron a cargo de la guitarra acústica de José Pedro Beledo. Fueron tres temas propios, breves y hermosos, que no tuvieron nada que ver con lo que vendría después. Pero la belleza de su sonido y el buen gusto del intérprete justificaron el merecido aplauso que recibió. *

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje