PESE AL DEFICIENTE SONIDO, ABUELA COCA Y THE WAILERS ANIMARON UNA FRENETICA NOCHE EN LA ESTACION CENTRAL

El calor y el color del ritmo

El clima de fiesta comenzó desde temprano, ya al caer a tarde del viernes, en las inmediaciones de la vieja Estación Central de trenes. Los chicos versión rasta vernáculos fueron inflamando más tarde la noche con su desasosiego habitual en estas jornadas, en donde lo principal es producir esa colisión de la reunión y la complicidad de la correntada, de la masificación que procura producir intensidad. Y vaya si la hubo afuera y adentro del recinto donde la Abuela Coca festejó sus diez años de existencia como proyecto musical y, a la vez, junto a The Wailers, pura cepa jamaiquina, rendirle tributo al maestro Bob Marley, prócer del reggae, en el año en que se han cumplido dos décadas de su lamentable desaparición física.

Fue una celebración, ya dentro del largo corredor techado de la estación de trenes, que puede leerse como un noblísimo homenaje a la negritud, al lenguaje de la música negra que se desplegó inicialmente desde los febriles tambores de la comparsa Yambokenia confundiéndose a pura lonja y baile entre el multitudinario público. Candombe, murga, reggae, voceos de rapero: el calor del ritmo o el ritmo del calor –pidiéndole prestado un instante a Peter Gabriel el nombre de una de sus canciones más felices– tomando por asalto a todos en una inmensa lógica de placer que dio paso a una agitación persistente y permanente.

Hubo un correo comunicativo donde no faltó buena música y se quiere algo de chauvinismo, cuando uno de los miembros de Abuela Coca salió a enfrentar a la multitud con una camiseta de la selección nacional de fútbol y arengar a la tribu, la que en rigor no lo necesitaba, aunque el coro de ¡Uruguay, Uruguay! se dejó escuchar por varios minutos.

La puesta en escena, en cuanto a su producción y ejecución, tuvo sus méritos: el ritual de porte dionisíaco y de fiesta interminable se valió, en su nivel escenográfico, de antorchas y fogones, tres pantallas de video (una al fondo del escenario y dos a sus flancos), la sorpresiva marcha de una locomotora y por cierto todo el despliegue musical a full en principio de la Abuela Coca: el sonido les jugó una mala pasada (fue pésimo: una bola de sonido indescifrable al menos para quienes no estábamos cerca del escenario).

Aunque seguramente no fue su mejor concierto, de igual modo, los pibes sin calma ya estaban en fase casi de éxtasis y, aunque no se oía prácticamente nada, el jaque mate de la extensa velada la otorgó esta versión 2001 de The Wailers: los jamaiquinos, que lograron una mayor transparencia sonora, fueron obviamente la sensación de la noche. Acaso porque el ritmo y sus diversas coloraciones parece que se les dispara desde los huesos, para más tarde otorgarle carnalidad, finezas varias a nivel percusivo y a nivel de cuerdas y bronces, como para elevar la ceremonia a un natural desenfreno.

Fiesta de los sentidos, fiesta del cuerpo a cuerpo bajo el influjo de una exhibición musical –en particular la de The Wailers– que tuvo sus momentos más altos y más contundentes cuando los jamaiquinos, en su dignidad y hasta virtuosa posición interpretativa y en el respeto de practicar versiones de Marley («I Shot The Sheriff» fue sobrecogedora, por ejemplo, y fue el momento en que la apiñada multitud levantó vuelo para ya no tener punto de retorno en esa acuarela de desborde), colocaron al público en estado de gracia.

Era lo que se pretendía y se logró con creces: el temblor del ritmo, santo y seña de la más fecunda y auténtica cultura negra, penetró los cuerpos y, como que hacia el final del concierto, entre la sobredosis de alegría y hedonismo y la extenuación por la extensión de los conciertos, todos se llevaron a ese Marley incorporado en la sangre.

Difícil tarea la de analizar cuidadosamente el rendimiento de quienes estuvieron en el escenario cuando el sentido tribal en su mayor exposición gana la cancha y hay una sensación definitiva y definitoria de casa tomada.

La comunicatividad fue tan potente, tan de ida y vuelta, mientras que el sonido insistimos no era el más apropiado. Poco importó, pues todos estaban allí para rendirle homenaje a Bob Marley, a la cultura negra y la cultura rastafari y el agite fue tan avasallante que por solamente esa razón se trató de uno de los shows más importantes del año. Para la próxima habrá que mejorar la estructura sonora para que los artistas no estén tan desprotegidos. Fue de fiesta, pese a los disturbios finales con la policía.

Algo que no debería ocurrir, pero que sigue dándose en este tipo de veladas donde la seguridad tendría que ser solamente privada y nada pasaría, como se demostró en una modalidad que se venía empleando hace tiempo atrás y quedó desafortunadamente derogada.

De igual modo, y si hay que definir globalmente a la propuesta, podría decirse que las medidas de placer en la gente y en los artistas fueron equivalentes y, cuando eso ocurre, más allá de las diferencias notables entre el proyecto menor de los uruguayos y las aptitudes excelentes de los instrumentistas jamaiquinos, ninguna vale puede parar ese tren. Muy impresionante, sobre todo por la respuesta de piel de la gente. Que se repita. *

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