Dispersando tres décadas

Entre colgar cuadros y hacer una exposición hay diferencias. Diferencias que se apoyan en la sabiduría para seleccionar y concentrarse en lo más significativo o representativo y evitar la repetición o el facilismo lineal, aunque sean de nivel expresivo. Renunciar o sacrificar lo obvio y quedarse con lo esencial. Apostar a la intensidad de una visión que ilumine una trayectoria con la claridad del sol al mediodía. No es lo que habitualmente sucede.

El bien diseñado catálogo, aunque con fotografías en parte mediocres, de Nelson Ramos. Tres décadas fundacionales, de la Editorial Doble Emme, título de la muestra que se divide entre el Museo Torres García y la Galería del Paseo, podría haber sido el guión curatorial. Ahí están concentradas, desde 1955, el transcurrir estético del artista, aunque es cierto que hay demasiados trabajos sin contribuir a la comprensión general. Como siempre, lo menos, es más.

Ese recorrido por tres décadas hay que entenderlo o asociarlo a las tres décadas de fundación de su taller de enseñanza (CEA) que ya tuvo, este año, triple oportunidad de manifestarse. Ahora le toca al maestro, aunque afirmó que no haría ninguna muestra unipersonal luego de la efectuada en Buquebús.

Pero son declaraciones que se las lleva el viento y carecen de importancia.

Lo que sí merece atención es la falta de rigor en esta visión de tres décadas, de un hilo conductor firme, algo extraño en Nelson Ramos. En vez de imponer la concentración en el museo, con trabajos más severamente seleccionados prefirió la dispersión en otra galería. El efecto secuencial queda anulado y el seguimiento de la metamorfosis creadora se debilita. Están demás los desnudos lineales de 1955 (una curiosidad para demostrar que fue capaz de ejercitar la figuración) y las obras de la misma década debieron limitarse a dos o tres, sin insistir en la repetición, para seguir el proceso que las impulsa (son de escaso interés y calidad) en desorden cronológico (lo mismo sucedió con la muestra de Amalia Nieto) hasta llegar a los años sesenta donde se consolida su inventiva. Son esos excelentes dibujos (recogen la tradición goyesca y del informalismo español, acaso del argentino Alberto Greco a la sazón en España) que marcan la fuerte impronta personal del artista. Así como en el mismo lugar debieron estar las pinturas de los años setenta y las series de Los Rasgados y Los Tapados. La separación no los beneficia ni los potencia.

En cambio el environnement (no un antecedente de una posible instalación) Dislocamiento, 1968, en versión 2001, junto con la cinética Gran cortina vertical, 1970, funcionan muy bien en su despojado montaje. Fue ese el criterio que debió predominar en esta mirada de tres décadas donde, al mismo tiempo, faltan elementos complementarios de otras obras que luego desembocarían en la producción de los últimos veinte años, una de las más notables del arte nacional y que cimentaron su justo prestigio y reconocimiento. Por otra parte, habría que repensar este tipo de exposiciones y contextualizarlas en el ámbito internacional y nacional en que surgen (autores, ideas plásticas y culturales) para que el receptor tenga una más amplia visión e inserte lo individual en el tejido social de una época. *

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